26 junio, 2014

Dos docenas y media

Corren y juegan en ese pequeño patio. La tarde ya está perfilada y el sol brinda su última y más suave caricia. 
Parecen ajenos a todo, sin preocupaciones, inmersos en su mundo maravilloso. 
El duraznillo esta plagado de flores y las abejas se adivinan por el zumbido persistente y algo lejano.
Apenas una brisa despeina sus ya despeinadas cabelleras. Se escuchan rumores próximos que trepan y saltan los tapiales que unen patios adyacentes. Son voces.
De pronto interrumpen su juego. Algo sucede. Se cruzan sus miradas y en un movimiento coordinado y sincronizado, como respondiendo a un llamado que nadie atiende o escucha, se trepan a la casilla del gas. Imaginen el esfuerzo ciclópeo de dos pequeños de manos mulliditas y tiernas. Casi 2 metros de bella hazaña. 

Estoy allí. No pueden verme. Ni siquiera me sospechan. 

Apenas los techos se elevan por encima de sus miradas, desde allí arriba todo lo observan. El movimiento en el gallinero del patio vecino, las plantas de mandarinas, alguien arregla un tanque de agua dos patios por medio… todo está al alcance de sus ojos. 
La ardua tarea de observar parece detenerse. Se sientan como chinitos. 

Se lo que viene.

Uno de ellos saca dos naranjas. Las ablandan con las manitos regordetas y con tierra bajo las uñas. Las hacen rodar, apretándolas contra el techo que les hace de piso. Una vez cumplido el período de ablandamiento y alcanzada la consistencia deseada, de un tarascón dibujan un orificio en uno de los polos de la fruta. Arrancan con los dientes el ombligo que luego escupen. El jugo se desliza en sus bocas, abundante y dulce, y es como un bálsamo que refresca sus almas y sus juegos.
Algo sucede. Se termina el jugo. Se ilumina el rostro de uno de ellos. Salta de la casilla y corre dentro de la casa. 

Pasa por al lado mío. Me veo tentado a interrumpir su paso y abrazarlo con fuerza. Lo dejo seguir su camino.

El abuelo hizo la tarea y ha dejado las compras del día bien a la vista y al alcance. Se asoma sonriente. Con esfuerzo atraviesa la puerta de tejido, que detrás suyo se cierra sonando a aluminio destartalado. Entre sus manitos, trastabillando y con solemne seriedad, trae una bolsa enorme. Con gran esfuerzo suben el tesoro. Ya instalado y con gesto cómplice abre la bolsa. Con un ademán de mano ostenta el motín: dos docenas y media de naranjas de jugo. Una a una las van chupando, exprimen con sus manitas hasta la última gota de jugo. Así los encuentra el anochecer, así despiden el día…

Estoy allí. Lo de siempre. Sin embargo algo sucede, hay una anomalía. Algo inesperado y único. El pequeño mira hacia donde estoy. Una mezcla de temor y emoción me congelan: me está mirando fijamente. Sonríe. Rompo en llanto. En sus ojos puedo...

- Hey! Hernán!
- Disculpame, estaba en cualquier cosa - Se sonroja
- Me di cuenta… por qué se chupan?
- Cómo? - confundido, parece no entender lo que Julieta sugiere… se sonroja aún más
- Dos segundos antes, me dijiste que no se comen… que se chupan…

La cara de Vellmount oscilaba entre el desconcierto y la suspicacia, sin decidirse.

- Hace dos minutos al pasar por la verdulería comenté en voz alta que tenía ganas de comerme una naranja… y con una sonrisa, no se si tierna o degenerada, me dijiste: se chupan!... Atiné a pegarte un bollo, pero intuyendo mis intenciones te defendiste diciendo que las naranjas se chupan, no se comen… 

Hizo una pausa y casi rogando, agregó:

- Querés explicarme?
- Mañas nomás - Respondió Hernán - no me hagas caso, Juli.

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No es la magnitud de las cosas la que define nuestros gustos y nuestra persona toda. Las cosas son apenas una circunstancia prescindible, pero que se vuelven imprescindibles por una situación conexa a las mismas: la intensidad del sentimiento vivido. Una naranja poco significa, pero se convierte en algo indispensable si su jugo nos llenó de alegría una tarde ya remota. Nos definen las cosas que nos llenaron de felicidad o tristeza, pequeñas o grandes… esto último es irrelevante. Algunas mañas tienen su razón de ser, que las hace maravillosas y nuestras... aunque no se sepa.

Roberto Lambertucci