14 octubre, 2014

Botella al mar N°79

No dejes que te impidan galopar
ni los ladridos de los perros
ni la quijada de Caín.
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Esta boca es mía - Joaquín Sabina

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Lunes 14 de Octubre de 2013
Feriado largo en la gran ciudad

25 septiembre, 2014


El aprendizaje, la libertad y el amor tienen fuertes puntos en común, uno de ellos es que demandan un rol activo de la persona.

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22 de septiembre de 2014

Las miguitas de Lucía


Lucía niña, concebía el tiempo de una forma muy particular. Para ella, el tiempo, eran miguitas de pan. Migajas que guardaba y cuidaba celosamente.
Lucía niña juntaba miguitas por doquier y guardaba esos fragmentos de tiempo en una bolsa de papel que atesoraba entre sus manos niñas.
Más tarde, ya grande, descubrió Lucía que la vida no son miguitas y solo se dedicó a acumular vivencias que no podía poner en ninguna bolsita.

17 septiembre, 2014

Desenfocarse para ver

Para hacer una buena fotografía, solía bromear Tellería, baste con olvidarse del sujeto principal y con obsesionarse con toda una infinidad de detalles de encuadre, perspectiva, enfoque y desenfoque, significantes primarios y secundarios, de profundidad, entre otros... estimaciones y consideraciones que nadie se detiene a ver jamás.
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Del libro Desenfocados de Carlos Alberto Tellería
17 septimbre de 2013
CABA

11 septiembre, 2014

la antesala del horror



Son las 16:15, bajas del subte, estación Ángel Gallardo. Subis la escalera y el sol te acaricia el rostro, cerras los ojos y te dispones al disfrute… pero hay una vocecita en el fondo, como un eco remoto y molesto justo ahí, cerquita del lóbulo temporal. El sol sabe a despedida y lejos de reconfortarte te inquieta. Qué me pasa? suelo disfrutar el sol. Solo basta con cerrar los ojos y levantar la cabeza un poquito, como si uno quisiera oler algún aroma celestial. Pero el artilugio parece haber perdido eficacia. Caminas con el sol de adorno, pero un adorno lejano que no te afecta. Algo grave sucede. 

16:20 hs. Llego y toco el timbre. 
- Una puerta con rejas cerrada con llave desde adentro, de verdad? frunzo el el ceño y te me digo que no es la mejor carta de presentación para un dentista. 
- Alguien ha querido escaparse, claro que si - Te me digo sonriendo… pero lo pienso dos segundos y la risita se me va...

- Quien es?

Para responder pienso en la voz que adjudicaría a Zeus, a un olímpico, tal vez Hércules u Odiseo. Pretendo poner voz de hombre seguro y poderoso, pongo empeño, intente ante todo no delatarme y que no tiemble la voz, intento fingir una emoción no afectada y sonar natural, y sin darme cuenta hago un gestito pelotudo con la mano derecha, como levantándola y saludando alegre:

- Tengo un turnito 

No te la puedo creer, puse voz de eunuco!!!!! turnito????? detesto los diminutivos… que me pasa???? Mantenete sereno, seguro, supremo… a quien quiero engañar: estoy aterrado.

Se escucha la voz nuevamente:

- Apellido

- Mar...asesn basen trajen (intento que no me entienda)
- Ahí te abro
- Que lo parió!!!!

Se hace un silencio de ultratumba. Y empiezo a sentirme helado.

Se abre la primer puerta y aparece una mujer joven. 

- Hola, cómo estás - digo forzando una sonrisa… y otra vez el gestito pelotudo con la mano. 

- Y si - me digo - como era predecible… la puerta del infierno es de madera tallada y las recepcionistas parecen azafatas… A quien esperaba, a Caronte???? Lo se lo se, es como un canto de sirenas, un engaño. Ya estoy adentro. La puerta se cierra y me creo ver una inscripción latina harto conocida, repito en voz baja:

"Por mi se va a la ciudad del llanto; 
por mi se va al dolor eterno; 
por mi se va a la raza condenada. 
La justicia animo a mi sublime arquitecto, 
me hizo la divina potestad, 
la suprema sabiduria y el primer amor. 
Antes de mi no hubo nada creado, 
a excepcion de lo inmortal, 
y yo, duro eternamente. 
Oh! Vosotros que entrais, abandonad toda esperanza " 

Vuelvo a mirar y decepcionado descubro que no es latín, sino apenas una propaganda de una reconocida marca de cepillo de dientes.
Igual lo se: ya no hay salida.

1, 2, 3, 4, 5 escalones de altura convencional. Entro a la sala de espera. Sala de espera, hijos de puta, "sala del que desespera" sería más exacto

- Carnet? - me dice sin despegar la mirada del monitor cuyo fondo de pantalla es una foto vertical de la misma puerta con rejas cerradas desde adentro que acabo de atravesar. 

- Qué clase de narcicismo infernal es este, de eso se trata, no? de doblegarme psicológicamente. Un deja vu. Ya entré, no es necesario que me recuerdes casi con burla mi error. Empiezo a agitarme. Estoy hiperventilando. Le doy el carnet de la obra social sin emitir palabra.

- Le voy haciendo la ficha de primera vez, ya viene el dr. 

- Que tarde, no voy a ser tolerante con la espera, pero no hay problema, que tarde, que tarde puedo volver otro día o nunca… que tarde, no hay problema - Me digo para mi mismo.

Sonrío artificialmente y me resigno al gestito.

Son las 16:24 y me desplomo sobre una silla.

Miro a mi alrededor, estoy solo. Solo con la sierpe que finge escribir y llenar una fichita.
Me mira. Sonrío artificialmente y otra vez el gestito.

Hay cuatro sillas, sobre un lado, de a pares, separadas por 2 metros. Dos pantallas rectangulares, de esas que alumbran desde abajo, de luz blanca aunque cálida. Al frente de las cuatro sillas, un sillón antiguo de madera. Al fondo, una chimenea sobre la que hay… me están jodiendo, no? un Buda y velas aromáticas? Qué clase de mosntruo es éste tipo. Budismo Zen??? si necesita tantos elementos externos que transmitan paz, la conclusión es clara: es un violento, es "la bestia"…

Sigo agitado. Miro nervioso a los lados. 
- No hay salida. No hay salida - Me repito
Sonrío y el gestito - La harpía vigila.

Miro a los lados, busco alivio en alguna parte pero en su lugar me encuentro con una puerta entreabierta. Parece una película de terror. Una puerta entreabierta y tras ella no está el cadalso, que sería preferible, sino el silloncito con los elementos de tortura preparados. Creo desmayarme. Una puerta entreabierta, como una invitación, como una provocación: es la antesala del horror. No hay dudas.

Quito la mirada con urgencia, busco alivio, y caigo en qué… en una propaganda de Corega!!!!. Detesto Corega, la palabra, como suena, su estética gramatical y su metáfora. Me he roto los dedos intentando despegar prótesis antes del VNI…

Respiro hondo, y el Satori???

Me hago pequeño, me reduzco a nada, el cuarto crece enormemente, inabarcable. Entonces escucho el ruido agudísimo del torno. Qué serán? 30.000 o 50.000 RPM?... Me pregunto, en un intento de distraerme, a cuanto gira el aparatito endemoniado. Tantas vueltas y tan rápidas me dan vértigo, lo imagino girar y girar, al rojo vivo, impactándose casi sin aviso y con inusitada, aunque comedida, violencia sobre las raíces nerviosas expuestas de algún premolar o molar que agoniza... junto hombre al que pertenece. 

Palidezco, me siento nauseoso, siento el estómago vacío. Estoy helado, hago una crisis de ausencia.













Al recobrar la conexión con el medio, pienso en el espectáculo que estoy dando. Verme desde afuera debe ser como una comedia, cuando menos, bochornosa

- Está bien señor? - Pregunta Bárbara, la secretaria

Harpía, sierpe cómo me preguntas si estoy bien? no escuchás, acaso? qué, sos complice, no??? si... sos complice… a mi no me engañas, estoy acorralado... ya me engañaste… y me decís señor? de cual de los círculos o semicírculos del infierno te saliste, monstruo! Estoy preso, preso de una paranoia que me agita, con la mirada inquieta y nerviosa, solo atino a asentir con un movimiento afirmativo de cabeza. 

Esto como vaticinio de lo que vendrá. 

16:28 hs. El “Dr.” se digna a bajar... parece un tipo normal… pero no me engaña, qué esperaba? al diablo a cara descubierta? soy tan ingenuo a veces!!!!!! - Me digo aterrado

Le doy la mano. Supero el horror y lo miro a los ojos, le aprieto fuerte la mano, para demostrarle mi poder… yo también soy “dr" pienso satisfecho... Pero el tipo sonríe ameno. Estoy perdido, el tipo está tranquilo, es un profesional del tormento. Sabe que estoy jugado, expuesto, peor que desnudo, eso le da poder, mucho poder. Estoy aterrado.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 6, 8, 9, 10, 11, 12 escalones y entro a la Salamanca. 

- Sentate, por qué venís?

Debo estar bajo la influencia de algún hechizo, me siento sin preguntar o chillar.

- Hace mucho que no voy al dentista, quiero tener uno de cabecera para seguirme semestral o anualmente.

Qué dije? yo dije eso? eso salió de mi? ya se que es mi boca, mi voz… pero me refiero algo más profundo: yo pienso y creo eso? estoy poseído, no hay duda: mi alma ya no me pertenece. Mi alma por un solo bono de Dosuba. 

Estoy indefenso, con los ojos bien abiertos, casi tan abiertos como la boca. El monstruo comienza el ritual. Se pone los guantes, una cofia y un barbijo bajo el que esconde sus rasgos infernales, sus gestos. Solo sus ojos pueden verse. Pero eso basta, es más que suficiente, todos los infiernos se conjugan en esa mirada. Con una mano dirige hacia mi una luz blanca que me ciega. 


Es el final. Lo se.


No veo nada, me duelen los maseteros y la articulación temporomandibular de tener la boca tan abierta. Salivo como un perro hambriento. Mirá mis dientes desde adentro, con un espejo, busca puntos débiles, encías frágiles, raíces expuestas a las que pinchar. De pronto escucho el ruido, pero esta vez estoy ahí. No son los dientes ni las encías ni los nervios de otro, sino las mías y muy mío va a ser el dolor que se viene. Vulnerable, me siento muy vulnerable. Pone un aspirador en mi boca, va a correr sangre… mi sangre. Alcanzo a ver como un gancho de 2 cm, algo así como un anzuelo. Que vibra, lo veo vibrar muy rápido lo escucho vibrar muy rápido. Y el ruido, el ruido es un tormento. Se acerca, el sonido se acerca. De pronto siento como impacta sobre mis incisivos inferiores, mi incisivo inferior izquierdo y torcido al que tanta ternura le tengo. Vibra, ultrasónico, sobre el esmalte. Baja y toca esa partecita de diente justo antes de la encía, justo esa partecita que duele como un puñal. Vibra sobre ella y una corriente, como un relámpago me recorre desde mi incisivo inferior izquierdo hasta el dedo gordo del pie derecho. Sabe que sufro, lo leo en sus ojos. Parece disfrutarlo, estoy indefenso. Otra vez el relámpago y el dolor. Siento gusto a sangre. Estoy sangrando y el aspirador no alcanza. Trago mi propia sangre, se me revuelve aún más el estómago. Me percato que se me estan cayendo las lágrimas. Lloro de un ojo, que lo parió. Me llora el ojo derecho. El estímulo doloroso es tan intenso que sin darme cuenta mi ojo derecho llora, de forma refleja y silenciosa deja caer sus lágrimas en una protesta anónima, nunca anodina, de la que nadie más que yo se percata. 

- Enjuagate - me dice

Estoy temblando como una hoja. Tomo un poco de agua, me hago buches y escupo sangre. 


16:35 hs. Estoy de regreso.

16 agosto, 2014

soles que no queman

fuegos que no queman

chispas que no encienden
soles de invierno
que solo conmueven
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Adolfo Lescano

10 agosto, 2014

Lexikon 80



Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda. Desde aquí, desde mi habitación, puedo escuchar sus respiraciones irregulares y graves, están dormidos. Una lamparita de las viejas, de 40 watts ilumina tímidamente el ambiente, con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando, tampoco tomé tanto. Me veo como un adolescente, parezco de 15 o 16 años. La visión me perturba. Cierro los ojos y en esa oscuridad ficticia vuelvo a ser el que soy. Tomo coraje. Ahora veo mis manos en la máquina de escribir. De nuevo la oscuridad. Se escucha el ruido de las teclas y el carrete, siento el dolor de haber estado escribiendo horas. Me froto los nudillos de los dedos, me friego la cara. La visión se hace permanente y se extiende hasta mis emociones: soy un adolescente, tendré apenas 15 o 16 años. Hay una pila de hojas. Tachadas, desprolijas algunas de ellas. Las volteó una por una para ver qué escribo. Confirmo mi sospecha. Estoy de pie. Mareado. Una bruma nubla mis ojos irritados, pero percibo nítidamente. Mara duerme en el living. Siento un ruido, que intento seguir. Allí está, sentada. Me siento frente a la computadora. No me está mirando, sus ojos se fijan detrás de mi, justo sobre mis hombros. Un escalofrío me recorre de norte a sur, pero no tengo miedo. Me pongo de pie nuevamente, me siento ágil, pero todavía el alcohol entorpece mi caminar. Sigo el ruido de vuelta a la habitación. Alguien está escribiendo en la Olivetti. - Esto se pone bueno, Hernán... es un buen texto. No se quien es, pero por su tono seguro y sus rasgos comprendo que es el cronista. No se qué decirle, pero las palabras se articulan por mi y pesar de mi: - Sobre qué trata, Lambertucci?. Yo dije Lambertucci?, jamás había escuchado ese apellido o visto a aquel personaje. - Vení, sentate. Me siento a su lado. - Te cuento la trama, el texto trata de un joven estudiante de medicina, que está estudiando en La Plata y que vuelve a su tierra natal luego de mucho tiempo. Ejerce la escritura como pasatiempo mas que como profesión, ha dado con una estética modesta en algunos de sus textos breves. En su casa se reencuentra con la vieja máquina de escribir en la que escribió su primer texto. Inducido a una especie de ensueño por las similitudes se reencuentra con sus fantasmas o ficciones y vuelve a escribir. - Qué escribe? - Te leo: Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda.Una lamparita de las viejas, de 40 watts, ilumina tímidamente el ambiente con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando, tampoco tomé tanto. Soy un adulto, algo relleno y bien plantado, parezco de 45 o 50 años. La visión me perturba. Cierro los ojos y en esa oscuridad ficticia vuelvo a ser el que soy. Tomo coraje. Ahora veo mis manos en la máquina de escribir. De nuevo la oscuridad. Se escucha el ruido de las teclas y el carrete, mis manos duelen, están cansadas. Me froto los nudillos de los dedos, me friego la cara. La visión se hace permanente y se extiende hasta mis emociones: soy un adulto, tendré ya 45 o 50 años. Hay una pila de hojas. Tachadas, desprolijas algunas de ellas. Las volteo una por una para ver qué escribo. Confirmo mi sospecha. Estoy de pie. Mareado. La presbicia empieza a nublar mis ojos, pero percibo nítidamente. Siento un ruido que intento seguir. Me siento frente a la computadora. Me pongo de pie nuevamente, me siento cansado un poco por los años y otro poco por el alcohol, nunca lo toleré bien, pero decide ignorarme o fingir que lo hace. Sigo el ruido de vuelta a la habitación. Alguien está escribiendo en la Olivetti. Es un hombre que me parece remotamente familiar. Está concentrado, parece no percibirme o tal vez lo hace. No deja de escribir. No se quien es, pero pero me siento a su lado y, como puedo, leo lo que escribe: Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda. Desde aquí, desde mi habitación, puedo escuchar sus respiraciones irregulares y graves, están dormidos. Una lamparita de las viejas, de 40 watts ilumina tímidamente el ambiente, con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando…

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Trenque Lauquen
26 de Julio de 2014

03 agosto, 2014

Lucía llora

Lucía lloraba con todos los ojos. 
Usted insinuará la comisura la labial derecha, y no sin cierto escepticismo resignado y con ese tono de voz que sugiere un chiste... si, con ese tono con el que se plantean los temas más serios y controversiales, preguntará: 
- Y con cuantos ojos quiere que llore, hombre?... llora con dos.
Y en su pregunta hay un dejo de la ingenuidad más intelectual.
Lo cierto es que Lucía lloraba, 
y lo hacía con todos los ojos.
No con dos, ni con cuatro ni con cinco ni con cien, sino con todos. 
Uno la veía llorar y en esas lágrimas parecían aglomerarse, 
apresurados, 
todos los hombres con sus respectivos pares de ojos.
Con los ojos de todos los hombres 
de todos los tiempos 
de todos los lugares del mundo,
llora Lucía. 
Te lloré todo un río, dicen por ahí,
sin embargo todos los ríos y sus cuencas
confluyen en el en el llanto de Lucía...
y sus mares también.
Llora con todas sus mayúsculas y sus minúsculas, 
tal vez llore con todas las letras del alfabeto,
con todos los idiomas
con todos los libros, con todos los textos. 
Puedo asegurarle que Lucía Llora. 
Ver llorar a alguien te entristece, pero ver Llorar a Lucía  era como un drama, desgarrador y universal.
Así.
Tan grandes eran sus ojos.

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Adolfo Lescano

20 julio, 2014

Si todavía combato, combatiré un poco por ti.

Capitulo VI
Por esta razón, amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego. A veces tengo necesidad de gustar por adelantado el calor prometido, y descansar, más allá de mi mismo, en esa cita que será la nuestra.

¡Estoy tan cansado de polémicas, de exclusividades, de fanatismos! En tu casa puedo entrar sin vestirme con un uniforme, sin someterme a la recitación de un Corán, sin renunciar a nada de mi patria interior. Junto a ti no tengo ya que disculparme, no tengo que defenderme, no tengo que probar nada. Como en Tournus, hallo la paz. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbre, de amores particulares. Si difiero de ti, lejos de menoscabarte, te engrandezco. Me interrogas como se interroga al viajero.

Yo, que como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti. Tengo necesidad de ir allí donde soy puro. Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho, necesariamente, indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas. Te estoy agradecido por que me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si recibo a un amigo en mi mesa, le ruego que se siente, si renguea, pero no le pido que baile.

Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar. 
[...]
Si todavía combato, combatiré un poco por ti. Tengo necesidad de ti para creer mejor en el advenimiento de esa sonrisa. Tengo necesidad de ayudarte a vivir (...)

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Carta a un rehén - Exupery (quien más?)

14 julio, 2014

la corola de ivorio

[...]
Como la flor que uno huele
sin cortar
y conserva para siempre.

Como ese abrazo
latente
de algodón o nieve.

Como la caricia del rayito de sol
del primer otoño
que durante toda la vida se lleva.
que uno lleva para siempre.

Recuerdos que no son
otros que si:
siempre estuvieron aquí.
[...]

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Magdalena Petraglia, es una gran lectora de poesía. Culta, refinada y elegante en cada gesto, hasta el más sutil. Hermosa. He visto sus manos mientras sostienen un libro. Son del color de la nieve, las supongo suaves, apenas surcadas por minúsculas y delicadas venas que insinúan un azul muy tenue. Una mujer de minuciosa memoria y de gran inteligencia. Pero era su corazón, bondadoso y lleno de amor, lo que destacaba por encima de todo. Siempre sentí una profunda ternura y admiración por Magdalena.
Recuerdo una tarde en la que me fue leyendo fragmentos de poesía de su querido Baldomero, referentes a la medicina. Guiado por su voz, fui descubriendo la dulzura y la cotidiana naturaleza de su poesía. Un niño, eso es. Sin embargo, qué profunda su metáfora y qué compacta.  Hoy me pregunto si la ternura con la recuerdo esas letras no tiene que ver exclusivamente con su voz.
Mis intentos previos de escribir poesía redundaron en fracasos irremediables y contundentes. La belleza de los versos era al menos cuestionable, la métrica era kilométrica y cada verso ocupaba casi todo el renglón. Una vez recurrí al artilugio de suprimir el espacio que separa los distintos párrafos y descubrí, no sin tedio, que había escrito un cuento maravilloso. Por eso me volqué a la prosa. 
Sin embargo, sentí el deseo de escribir poesía nuevamente. Ensayé unos versos simples en una servilleta, que leí a Magdalena. Como es propio de una dama, fue piadosa y sonrió. 
Yo no soy tan optimista.

Roberto Lambertucci
12/07/14


12 julio, 2014

La otra ficción

Hombre soy; 
nada humano 
me es ajeno

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Terencio


Con los años llegué a creer que Hernán Vellmount, Fabricio Nogueira (el coleccionista de insectos), Adolfo Lescano, Luciano Fortunato, Carlos Alberto Tellería (el fotógrado), Julieta Perez Mendizabal, Laura y Elizabeth Arcamone, Theodore Brodsky, el hombre excepcional, Alberto Spagnolo, Víctor Manuel Nogueira (el padre de Fabricio), Magdalena Petraglia (la mujer de Víctor Manuel), El ingeniero Ignacio Mozetic, Pilar Almagro Diaz, Bárbara Simini, Tony Kotzarew, Elsa Tori de Rolón, Luis Antonio Bonifacio, Helena Gonzalez Roffo y tantos otros que no recuerdo y otros tantos que aún no conozco no eran más que una ficción. Mi ficción más bella. Una exageración divergente, una reducción al absurdo de nimiedades de una psicología única y de una persona íntegra que se condensaban en personajes ficticios.
No era así, que ingenuo he sido.
En la madurez de mi vida, comprendí cuán errado estaba: soy yo, soy su refinada y más compleja ficción. La convergencia no de una, ni de diez, ni  de cien, sino de diez mil existencias dispares y contradictorias, algunas incompatibles, en una misma psiquis. Soy esa quimera, absurda y siempre incompleta. No soy nada pero a veces, contadas, lo soy todo. Soy el cronista, el Dr. Roberto Lambertucci. 

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Roberto Lambertucci

26 junio, 2014

Dos docenas y media

Corren y juegan en ese pequeño patio. La tarde ya está perfilada y el sol brinda su última y más suave caricia. 
Parecen ajenos a todo, sin preocupaciones, inmersos en su mundo maravilloso. 
El duraznillo esta plagado de flores y las abejas se adivinan por el zumbido persistente y algo lejano.
Apenas una brisa despeina sus ya despeinadas cabelleras. Se escuchan rumores próximos que trepan y saltan los tapiales que unen patios adyacentes. Son voces.
De pronto interrumpen su juego. Algo sucede. Se cruzan sus miradas y en un movimiento coordinado y sincronizado, como respondiendo a un llamado que nadie atiende o escucha, se trepan a la casilla del gas. Imaginen el esfuerzo ciclópeo de dos pequeños de manos mulliditas y tiernas. Casi 2 metros de bella hazaña. 

Estoy allí. No pueden verme. Ni siquiera me sospechan. 

Apenas los techos se elevan por encima de sus miradas, desde allí arriba todo lo observan. El movimiento en el gallinero del patio vecino, las plantas de mandarinas, alguien arregla un tanque de agua dos patios por medio… todo está al alcance de sus ojos. 
La ardua tarea de observar parece detenerse. Se sientan como chinitos. 

Se lo que viene.

Uno de ellos saca dos naranjas. Las ablandan con las manitos regordetas y con tierra bajo las uñas. Las hacen rodar, apretándolas contra el techo que les hace de piso. Una vez cumplido el período de ablandamiento y alcanzada la consistencia deseada, de un tarascón dibujan un orificio en uno de los polos de la fruta. Arrancan con los dientes el ombligo que luego escupen. El jugo se desliza en sus bocas, abundante y dulce, y es como un bálsamo que refresca sus almas y sus juegos.
Algo sucede. Se termina el jugo. Se ilumina el rostro de uno de ellos. Salta de la casilla y corre dentro de la casa. 

Pasa por al lado mío. Me veo tentado a interrumpir su paso y abrazarlo con fuerza. Lo dejo seguir su camino.

El abuelo hizo la tarea y ha dejado las compras del día bien a la vista y al alcance. Se asoma sonriente. Con esfuerzo atraviesa la puerta de tejido, que detrás suyo se cierra sonando a aluminio destartalado. Entre sus manitos, trastabillando y con solemne seriedad, trae una bolsa enorme. Con gran esfuerzo suben el tesoro. Ya instalado y con gesto cómplice abre la bolsa. Con un ademán de mano ostenta el motín: dos docenas y media de naranjas de jugo. Una a una las van chupando, exprimen con sus manitas hasta la última gota de jugo. Así los encuentra el anochecer, así despiden el día…

Estoy allí. Lo de siempre. Sin embargo algo sucede, hay una anomalía. Algo inesperado y único. El pequeño mira hacia donde estoy. Una mezcla de temor y emoción me congelan: me está mirando fijamente. Sonríe. Rompo en llanto. En sus ojos puedo...

- Hey! Hernán!
- Disculpame, estaba en cualquier cosa - Se sonroja
- Me di cuenta… por qué se chupan?
- Cómo? - confundido, parece no entender lo que Julieta sugiere… se sonroja aún más
- Dos segundos antes, me dijiste que no se comen… que se chupan…

La cara de Vellmount oscilaba entre el desconcierto y la suspicacia, sin decidirse.

- Hace dos minutos al pasar por la verdulería comenté en voz alta que tenía ganas de comerme una naranja… y con una sonrisa, no se si tierna o degenerada, me dijiste: se chupan!... Atiné a pegarte un bollo, pero intuyendo mis intenciones te defendiste diciendo que las naranjas se chupan, no se comen… 

Hizo una pausa y casi rogando, agregó:

- Querés explicarme?
- Mañas nomás - Respondió Hernán - no me hagas caso, Juli.

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No es la magnitud de las cosas la que define nuestros gustos y nuestra persona toda. Las cosas son apenas una circunstancia prescindible, pero que se vuelven imprescindibles por una situación conexa a las mismas: la intensidad del sentimiento vivido. Una naranja poco significa, pero se convierte en algo indispensable si su jugo nos llenó de alegría una tarde ya remota. Nos definen las cosas que nos llenaron de felicidad o tristeza, pequeñas o grandes… esto último es irrelevante. Algunas mañas tienen su razón de ser, que las hace maravillosas y nuestras... aunque no se sepa.

Roberto Lambertucci

05 mayo, 2014

teoría y práctica de la pesca con mosca...


Allí lo observo, parece ajeno al agua helada del río 
Algunos sauces descansan sus hojas sobre el agua agitada y juguetona.
Allí lo veo y no deja de sorprenderme el universo que esconde dentro suyo.
Vellmount detestaba la pesca y sin embargo allí está. También es cierto que Vellmount odiaba los partidos de football.  A decir verdad Vellmount también odiaba las carreras de Tc 2000, la caza, la fórmula 1, el tenis, los superclásicos y sentía un tedio proverbial con las películas, las series y los video juegos... entre otros muchos.
Pero eso es tema aparte. Nos ocupa la pesca.
Vellmount detestaba la pesca, pero solía ejercerla con asidua y desconcertante frecuencia.
Aún siendo catalogado como deporte, Hernán sostenía que la pesca reúne más características de un arte o de una ciencia, que de un deporte propiamente dicho. 
Vellmount, en uno de sus textos laberínticos, describe algunas de las características de la pesca. Aquí, a forma de resumen, hago mención de algunas de esas características, que a mi entender son dignas de ser mencionadas. Aquí vamos: paciencia para esperar el pique, concentración para mantenerse enfocado en la boya o el señuelo, entereza mental para sobrellevar, sin destruir la caña y revolear el mediomundo, las jornadas interminables sin éxito que contrastan con el pique asiduo del que está a dos pasos nuestro, tacto finísimo para interpretar cambios ínfimos de tensión en la tanza , delicadeza, gracia y armonía en los movimientos combinada con la capacidad de reaccionar de forma explosiva y breve ante el pique, suavidad para desplazarse por el agua casi sin hacer ruido, manejo multivariable que permita un riguroso análisis del viento, la temperatura, la luz solar, las corrientes de agua, la sombra y las profundidades, un marco teórico adusto que incluya la flora y la fauna regional, conocer los peces y sus gustos alimentarios, una noción espacial privilegiada que permita dirigir, de un solo golpe de mano, la línea hacia el lugar que se desea, autocontrol porque siempre y en todo se requiere, entre otras virtudes, fortaleza física para soportar las agujas del frío en las manos y el rostro y la austeridad del terreno y del clima. Estos son apenas un recuento somero, a modo meramente informativo. 
Me tildará de demente, quizás no se equivoque, pero en ninguna de las anteriores se encuentra el fundamento de esa anomalía tan cierta en Hernán. 
Todos tenemos alguna contradicción, dirá usted. No... Vellmount se rige por la más rigurosa lógica ... Dirá también que es una lógica muy particular, espiralada, cuando no enroscada y recalcitrante y tan propia, pero tan propia que resulta extraña, incluso ilógica e inentendible, para terceros.
Usted verá, Vellmount solía salir de pesca, no por lo antes dicho, como ya le he dicho. Vellmount atesoraba la soledad del pescador, principalmente del pescador con mosca. Solía buscar un río alejado, con un paisaje que fuese un deleite, se ponía los pantalones de pesca y se metía, se internaba, poco a poco hasta que el agua le llegara justo a la cintura. Así, en ese acto de contenido más metafórico que real, se alejaba, y en un gesto casi taoista se desprendía de todo y de todos. 
Lo cierto es que Vellmount, como todos, fingía... pero fingía pescar. La verdad es que nunca había pescado un solo pez, le parecía aberrante el lastimar a un pobre bicho solo por diversión u ocio y dudaba con rigurosidad de la integridad afectivoemocional de los que alcanzaban el zenit del estímulo sexual comtemplando un surubí. Fingía pescar, solo llevaba la caña, el riel y la tanza con una pequeña plomada brillante y colorida. Era un pretexto para los otros y para sí. 

- Nunca se está lo suficientemente solo - decía, con una cara en la que se entremezclaban una sonrisa de serenidad y con pizcas, ciertas, de mesurada preocupación.

Dr. Roberto Lambertucci
4 de Mayo de 2014


24 abril, 2014

"Y que pequeños nos verán, 
los que no volaron nunca"
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LOVG

24/11/13, CABA

19 abril, 2014

el espejo del alma

LA INTERPRETACION DEL HORROR 
La tiniebla es un espejo sombrío 
donde el condenado ve sus delitos; 
en todas partes su remordimiento se 
yergue; a lo largo del lúgubre camino, 
cada cual ve su crimen (y lo demás es quimera);
el mismo espectro 
hace decir a Nerón: «Madre mía», 
y gritar: «Hermano», a Caín.
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LIBRO DEL CIELO Y DEL INFIERNO (1960) 
JORGE LUIS BORGES y ADOLFO BIOY CASARES


Hoy, entre interrupciones e intromisiones, tuve el gusto de hablar con cierta persona de agudo intelecto. De esos tipos para los que la medicina es apenas uno de los aspectos relevantes de su joven vida, que la ejercen con creatividad, iniciativa y con el noble interés de quien se resiste a sucumbir bajo el peso de las absurdas y decadentes jerarquías. La literatura, lógicamente, también ocupa parte de su tiempo.
Entre charla y charla, entre risa y risa, llegamos a Wilde. O mejor dicho, llegamos al retrato de Dorian Gray. En broma le dije que la condena de Dorian, era su condena y la mía propia.
Me quedé helado cuando respondió, sincero y convencido:

- Lo leí de muy muy chico, trataba de un espejo... no?

Esa certeza, ese convencimiento en su recuerdo me dejó helado. He reflexionado una y mil veces, sobre ese libro terrible. Luego de años comprendí que la tragedia más dramática no es el final del propio libro, no es lo que está escrito en sus páginas. Sino, y lo digo con el pesar de la experiencia, la certeza final, lo que el lector descubre con el paso de los años. La tragedia de Dorian no es particular, por desgracia es más universal de lo que pensamos. Y muchas veces es también nuestra propia tragedia. La pintura de Basilio, que bien podría considerarse un espejo, el espejo de uno mismo, retrata nuestra propia imagen y la monstruosidad de nuestra decadencia. 

Esa mente genial y joven, bajo las influencias erosivas del tiempo y su paso, había rescatado en la memoria el concepto fundamental del libro: el espejo del alma.

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Dr. Roberto Lambertucci
CABA



25 marzo, 2014

tal vez quiera caminar


Concurrí con rigurosa regularidad a cada atardecer. Sin entenderlo, bella ironía, regresaba una y otra vez a su memoria.
Busqué una piedra donde sentarme.
Suspiré con reiterada insistencia ante el paisaje que parecía despedirse, desplegándose con una humilde belleza.
La temperatura empezaba a bajar, lo notaba en la palidez de mis manos que dolían un poco. Las froté y las metí en el bolsillo, acurrucándome como para protegerme del frío.
Como en una confidencia, apenas con un hilo de voz susurré algo que se fue diluyendo en la brisa.
El agua parece quebrarse y cruje en la inmediata lejanía.
La noche se hace presente con un arcoiris de sonidos y silencios. Me entretengo pensando que, frágil y celosa del día, quiere hacer alarde ante mi… como si pudiera pasar desapercibida. Esa ficción, esa escena de celos entre el día y la noche me halaga, me llena de un cálido sosiego. 

- Está muy lejos? 

Preguntó una voz que pareció salir de la nada. Cuando giré, un poco asustado no puedo negarlo, vi a un hombre de imponente presencia, que a unos metros de mí parecía hipnotizado, con la mirada perdida en el metálico reflejo de la luna en el lago.

Me sorprendió que hasta sus pasos parecían denotar seguridad y elocuencia.

- He notado que la extraña, sin embargo no debe acrecentar su sufrimiento espiritual con cuotas de sufrimiento físico, la postura que está adoptando no es la mejor para su espalda… puede extrañarla, si eso quiere, sentado de una forma más ergonómica - Dijo con cierto brillo en unos ojos que parecían a medio abrir y con una sonrisa que mezclaba la agudeza de un sabio y la picardía cómplice de un niño

Debo decir que al principio me sorprendió, sin embargo estoy familiarizado con los caminos de la deducción, la lógica y la probabilidad, por lo cual no dejé que me intimidara.

Era claro que se trataba de una persona observadora en extremo. El caminar en la noche, seguramente también había observado el atardecer, por la costa de un lago sugerían un temperamento nostálgico, además de tratarse un hombre valiente y decidido. El hecho de que se haya acercado a mi, su curioso interés, y la forma amena con la que me había hablado, su incitación al diálogo, me sugerían que era un humanista, un filántropo. Se llega al humanismo por diversos caminos. Los hombres de extrema sensibilidad y agudeza suelen volcarse por esa curiosa naturaleza a una religión, estadísticamente y por estos lados, el sujeto era o había sido cristiano. Pero sucede que estos mismos sujetos, tan agudos, traspasan de un solo golpe de vista el maquillaje feliz de la realidad y desengañándose precozmente transitan el sendero del escepticismo religioso y humano. Posteriormente, ya agnósticos, desengañados y sin esperanza ni expectativa alguna, por un vuelco del alma que a veces entiendo y otras no, muchas veces se vuelven humanistas enérgicos. Arriesgué que ese había sido el camino que había transitado y que lo llevó a su humanismo. También es frecuente que estas personas, que se identifican con el género humano y se acercan a una religión se inclinen por profesiones que se vinculen profundamente con lo humano. Por otro lado el tipo está regido por una rigurosidad y curiosidad en sus gestos, sus palabras y movimientos que es propia de una ciencia exacta, tal vez física. Había hablado de mi columna y seguramente había observado que antes de sentarme me frote la espalda que cada tanto duele por esa maldita hernia de disco. Cuando se combina lo anterior en un solo individuo la medicina es, estadisticamente, una profesión tentadora que conjuga esos dos hemisferios. Sin embargo era un hombre libre, si algo lo caracterizaba era la libertad, por lo cual seguramente había pensado en estudiar medicina pero había desistido comprendiendo que a mayor jerarquía mayor responsabilidad y mayores grilletes: el tipo era una especie de autodidacta.
Es cierto que el lenguaje corporal habla mucho, también es cierto que muchas veces ese lenguaje está menos influenciado por nuestra voluntad y es más espontáneo, sin doblez y sin engaños… sin embargo la interpretación de estos símbolos está sesgada por nuestra experiencia personal. En cierta forma leemos en otro con mayor facilidad lo que hemos vivido o experimentado nosotros mimos: el tipo había sufrido por amor o desamor. Habiendo pensado esto, ensayé una respuesta: 

- La extraño. Ahora dígame, la conoció en una de las misiones o en la facultad, antes de abandonar la carrera de medicina?

El sujeto pareció sorprendido. Se rió y se acercó jovialmente:

- Cómo está, mi nombre es Hernán... - Se presentó y extendió la mano amistosamente

Estreché su mano:

- Alejandro, un gusto.

Permaneció allí, de pie, sus ojos se dirigían todavía hacia el lago. Sin embargo al mirar su rostro no cabía la menor duda: sus ojos miraban hacia adentro, estaba sumido en profundos, tal vez tempestuosos, pensamientos. A pesar de esta certeza, cada detalle que conformaba su semblante parecía calmo, como tejidos con el hilo de una armonía muy suave. Cada rasgo parecía refinado. No estoy diciendo que sus rasgos eran estrictamente finos, ni siquiera puedo decir si su belleza era cierta. Pero algo tenían sus rasgos, que insisto: parecían refinados, como si dieran testimonio de una naturaleza distinta…

- Tal vez quiera caminar? - me invitó con un gesto, señalando un muelle que se divisaba a lo lejos.

Esa fue la primera vez que lo vi, había conocido a Vellmount.

20 marzo, 2014

Heterocromia...


- Comprenderá mi sorpresa, Hernán, cuando un buen día desperté y las perspectivas habían cambiado radicalmente, creí que todo era un mal sueño...

- Se refiere a que percibía las cosas de otro modo, con otra conciencia, quizás más primitiva? -Preguntó Vellmount

Hizo un silencio, y respondió:

- No se trata de percepciones, mi amigo. Tampoco es una burda metáfora de un cambio de paradigma intelectual o emocional, no me refiero a eso, a una iluminación o satori… lisa y llanamente, con la misma conciencia, veía las cosas desde abajo. Percibía lo que percibía, no había distorsiones: la altura de mis ojos estaba más de un metro por debajo de lo habitual.

- Sorprendente, entonces es una metamorfosis parcial, conserva intacta sus funciones cerebrales superiores, la conciencia, la memoria siguen siendo humana - Comentó Nogueira

Hizo una pausa, como si reflexionara, y con una mueca de ironía, agregó:

- Metamorfosis parcial, te suena Lambertucci?

Como si algo desgarrase desde dentro el alma de Lambertucci, este afirmó con un gesto que denotaba un gran pesar… no emitió una sola palabra.
Víctor sacudió la cabeza y sonrió.

- Continuemos - dijo Vellmount
- Usted dirá - suspiró Ignacio Mozetic
- Conserva su conciencia, es correcto? - Preguntó Lambertucci
- Así es
- No entiendo, entonces qué pasa con la somatognosia? Preguntó Víctor

Ante la mirada desconcertada de Vellmount y Mozetic, Lambertucci aclaró:

- Víctor se refiere a la percepción de la imagen corporal que cada individuo tiene: usted se sentía un perro o todavía se creía humano?

- Cuando confirmé que no estaba soñando, primero pensé que la cuestión era ajena a mi. Sin embargo, cada movimiento torpe, cada gesto frustro, cada segundo que pasaba confirmaba que, innegablemente, no era el mismo. Poco a poco fui invadido por profundo desconcierto, como si mi antigua conciencia chocara violentamente con eso en lo que me había convertido…

- Las metamorfosis han de ser procesos de indicible sufrimiento - Comentó Vellmount

Lambertucci, nuevamente desgarrado, miró a Víctor quien a pesar de percibir sobre su espalda la mirada de Roberto, pretendió ignorarla y preguntó:

- En cuanto tiempo, aproximadamente, logró adaptarse y convivir con armonía a su nueva condición

Hernán notó la evasiva.

- No lo he logrado -dijo Mozetic y agrego:
- Estoy condenado a las tensiones de una existencia al menos dual… Han leído a Hesse?
- Abraxas! - Exclamó Víctor
- Exacto - sonrió Ignacio
- Creame que no está solo, Mozetic…
- Les agradezco, pero en verdad dudo que puedan ser capaces de comprender en carne propia lo que me sucede - Murmuró con pesar Ignacio

Víctor se acercó, estaba conmovido, puso una mano en el hombro de Mozetic.
Lambertucci abrió los ojos como si hubiese visto al propio diablo, se lo notaba inquieto. Nogueira percibió su nerviosismo, dirigió una mirada y con un guiño algo provocador dijo:

- Los metamorfos, por su condición única y excepcional, padecen el horror de sentirse aislados, sumergidos en una soledad absoluta que sumada a la oscuridad del proceso que han de transitar torna su existencia miserable e insoportable…

Lambertucci, estaba agitado, no quitaba la vista de Víctor, se frotaba las manos nervioso, ensayaba sutiles gestos como si intentara comunicarse con su amigo.

- Soy testigo de otros casos como el suyo - Dijo como quien no quiere la cosa

Mozetic levantó la cabeza, y en su gesto se leída una mezcla de curiosidad, alivio y decepción:

- Otros? Cuénteme por favor!

- Le bastará con saber que no es el único… eso aleja el sentimiento de soledad, mi amigo… su dolor llega a otras islas, no pasa desapercibido… Pronto se sentirá parte de una conciencia mayor, que trasciende al ser…
- Dios? - Preguntó Mozetic
- Llámelo como guste, pero tenga la certeza que no está solo, de hecho…

Lambertucci intuyendo la intención de Víctor, interrumpió:

- Solo puede convertirse en perro, Sr. Mozetic?

Vellmount notó nuevamente la actitud de Lambertucci, empezaba a relacionar acontecimientos y una hipótesis empezaba a tejerse en su mente.

- En realidad puedo convertirme en muchas cosas, pero el perro ha predominado…

Hizo una pausa, y agregó a modo de broma:

- Cada tanto cambio la raza, incluso a veces tengo un ojo de cada color!

Rieron.

- Por qué un perro? por qué pudiendo ser cualquier otro animal prodigioso, incluso mitológico uno elegiría transformarse en un perro de barrio? - Preguntó Vellmount
- Mis transformaciones no son completamente voluntarias…
- Pero por qué el perro? Insistió Hernán
- Miré, hace mucho tiempo que leí un libro de Bioy Casares…
- Bioy o Casares? - Bromeó Víctor
- Dormir al sol… siempre he disfrutado el descanso de los perros al sol, el sosiego de la tibia modorra sin la menor objeción de conciencia… intuyo que tiene que ver con eso. Estoy muy cansado, saben?

Entonces Víctor, con tono severo preguntó:

- Lo considera un don o una maldición?
- Verá, es una pregunta difícil de responder...
- Lo se

Estaba anocheciendo, Víctor se había quitado los anteojos y frotaba sus ojos. Lambertucci supo que era hora de partir:

- Muy enriquecedoras sus palabras, Sr. Mozetic… pero debemos partir.
- Me gustaría verlos en otra ocasión, si es posible...
- No dude que volveremos a encontrarnos, Mozetic… no lo dude - Dijo Víctor ya saliendo de la casa del Ingeniero.

Caminaban en silencio, la noche caía como un manto homogéneo sobre la ciudad, Víctor se había adelantado.
Hernán se acercó a Lambertucci y lo tomó de la mano. Lo miró a los ojos exigiendo respuestas.

Lambertucci comprendió:

- No es el momento, Hernán... no es el momento.

Secamente soltó la mano de Vellmount y apuró el paso hasta ponerse a la par de su amigo.

14 marzo, 2014

no existe tal tesoro


Tempranamente comprendí que ni al principio ni al fin existe tal tesoro. Por que al fin y al cabo, quien lo necesita?
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Hernán Vellmount

17 febrero, 2014

ojos que no pueden ver


Luego de recorrer gran parte de la villa, prestos a volvernos a la pequeña cabaña, no sin cierta frustración, Tellería se detuvo como hipnotizado frente a lo que mis ojos no veían sino un montón de oscuridad.

No pregunté ni cuestioné, pues conozco como funciona el sentido estético y de composición de Tellería. 

Antes de que gire, me senté cómodamente al borde del abismo y forcé el gesto para darle a entender que me entretenía mirando el cielo estrellado. La prisa es perjudicial para el proceso creativo. 

No quería que se apure, Carlitos es tan noble y considerado, que es capaz de sacrificar una foto si nota la menor incomodidad en quien lo acompaña. Por eso suele caminar solo.

Estuvo largo rato, en una posición verdaderamente incómoda, por no decir imposible, adaptando las patas del trípode para compensar la pendiente aguda sobre la que se encontraba.

Un viento helado se burlaba del abrigo y silbaba juguetón entre las ramas de los árboles que se sacudían no sin cierto frenesí.

Como pudo compuso el paisaje, a ciegas.

Hizo varias fotos, con exposiciones prolongadas y entre ellas se acercaba y se sentaba a mi lado. Me indicaba con las manos detalles de la escena que yo apenas podía observar o imaginar. El tiempo de exposición para la forma deseada de las nubes y las estrellas, las colas de zorro enmarcando la escena y la obturación como para transmitir el movimiento del viento, la profundidad de campo y otras tantas que no recuerdo.

Tras cada foto controlaba los detalles y el enfoque.

Luego de un buen rato, se acercó y seguimos caminando, charlando de temas al azar.

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Texto irrelevante perteneciente a Hernán Vellmount, extraído de una de las bitácoras de viaje del fulano. Al parecer pretender ser una metáfora de algo más profundo, de la subjetividad y la tolerancia tal vez. El escritor utiliza esta viñeta fotográfica para graficar las diferencias interpersonales en cuanto a la interpretación de una misma situación. El sentido estético, como el ético dibujan el paisaje que vemos, la escena, frente a la que algunos se detienen y ven una cosa, donde otros ven algo completamente distinto y otros muchos siguen de largo porque no ven absolutamente nada. 

No ve quien quiere, sino quien puede. "Están pintados con colores que tus antiguos ojos no están acostumbrados a ver..." Sugiere Borges en la utopía de un hombre que está cansado.

Por otro lado, la conducta de Vellmount evoca la tolerancia, no ve nada pero comprendiendo el funcionamiento de sentido estético y el gusto por la fotografía de Tellería, decide quedarse y esperar, respetando algo que está fuera del alcance de sus sentidos o en lo que sus sentidos no ven sino absurdo y mera oscuridad.

Dr. Roberto Lambertucci

14 febrero, 2014

A Valentín

En mi particular funciona al revés. El fantasma del tiempo es mi tormento permanente. Lo excepcional es la atemporalidad. 

En mi consolidada humanidad intento el disfrute, vamos, como cualquiera, incluso me atrevo y vulnero mis propios límites tanto físicos, intelectuales como emocionales... sin embargo siempre hay una sombra que opaca la el brillo de la felicidad, una mancha que arruina no solo el presente, sino que en su naturaleza bestial, como si no le bastara el momento actual, se acentúa ferozmente y con violencia en el recuerdo y se vislumbra en cualquier proyecto, por banal que sea... la noción temporal me acosa

Sin embargo hay un solo momento en el que me vuelvo inmortal, pues pierdo la noción del tiempo y es en el abrazo sincero con ella.

Lo he hecho todo y he sido todos, casi siempre triste y sombrío nociones de las que no puedo independizarme, sobre todo la temporal...sólo cuando la abrazo no soy nadie más que yo y tengo nada más que eso, un esbozo de sonrisa que no se si llega a convertirse en movimiento, ese calorcito emocional y sosiego intelectual que, sospecho, se debe asemejar a la felicidad y que nos hace decir “aquí me quiero quedar”.

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Hernán Vellmount
14 de Febrero de 2014
Trenque Lauquen

05 febrero, 2014

Botella al mar N° 719

Sé que no soy el indicado
para hablarte de soñar,
no hay nada que agregar,
sólo despierta.
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Alejandro Filio

11 enero, 2014

azar



Gira, gira la ruleta
Nunca, nunca por azar.


Un hombre se aburre mientras espera el subte en estación Pueyrredón, siente la extraña e irrefrenable necesidad de husmear un tacho de basura.

Gira, gira la ruleta
Buscamos donde sabemos
que hemos de encontrar.

No se sorprende al visualizar la billetera. Estira la mano y la toma.

Gira, gira la ruleta.
Del acto realizado a la intuición confirmada
se traslada la sorpresa racional.


Al abrirla encuentra lo que pensaba encontrar:
- No hay prodigio tal - Se convence así mismo, muy racional.

Gira, gira la ruleta
Nunca, nunca por azar.


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Este es un texto brevísimo que pertenece a Hernán Vellmount, fue encontrado por azar entre un pila de papeles viejos. Nuevamente las obsesiones de un Hernán, que no para de repetirse, se descubren en el texto. 

02 enero, 2014

64 cuadras


A veces imagino la vida como un viaje muy particular. Transito por una cuerda endeble, en bicicleta, definido por un equilibrio más bien lábil e incierto, poco nítido. Por momentos, la soledad parece abrumarnos, pero tarde o temprano descubrimos en una complicidad, en una mano, en una caminata de 64 cuadras o en un guiño que no estamos, ni estaremos solos

Es mi única certeza. Tal vez no se necesite más.

Feliz viaje. 2014

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Carlos Alberto Tellería
1 de enero de 2014
El arte de la invisibilidad