13 septiembre, 2013

una mina inagotable de estrellas...



¡CREER!
He allí
toda la magia
de la vida
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Scalabrini Ortiz



Recuerdo una escena que todavía me conmueve - cuenta Magdalena Petraglia - Recuerdo al pequeño Fabricio jugando en el patio, solitario y retraído, comenzando a sentir las ausencias de Víctor, cada vez más frecuentes. 

Allí estaba el pequeño, en el pasto, jugando con una lupa y algunos fragmentos de espejo. Lo observaba, desde la habitación, lejana y callada. Estaba en su mundo, en su pequeño y maravilloso mundo de insectos y flores. En cierta forma, sospecho, era un recurso para mantenerse cerca de Víctor, un intento desesperado por llenar el vacío que al marcharse había dejado en su corazón de niño. 

Fabricio no comprendió su desaparición hasta muchos años después, ya siendo un adolescente.

Lo cierto es que estaba yo observando, observaba y pensaba en el futuro de Fabricio, como continuaría su educación, como lo acompañaría en su crecimiento sin Victor con nosotros. Yo podría brindarle todo el amor, el cariño y el afecto maternal, toda la inteligencia social. Pero también es cierto que el niño era demasiado inteligente, había sido muy estimulado por su padre, y había adoptado como vicio o virtud, todavía no se definirlo, algunas de las complejidades de Víctor que yo no podría estimular.

Allí estaba yo, en nuestra habitación, alternando la mirada entre las fotos de la mesita de luz y el patio, pensando en todas estas cosas cuando de pronto observé una sombra, que también observaba al pequeño desde atrás de uno de los árboles frutales. A pesar de su aspecto ancestral y monstruoso, eran sus rasgos: era Victor.

Hice un pequeño ruido, con los dedos, sabía que estaba atento a mis movimientos, se había convertido en una bestia y tenía todos sus sentidos. Me miró como suplicandome que lo dejara acercarse al niño. Sus ojos eran y serán mi debilidad, la bestia no había podido con ellos. Lo miré como suplicándote que se acercara. Le pedí prudencia y serenidad, no sabía como reaccionaría Fabricio. Nunca tuve miedo de lo que podría pasar, a pesar de las recomendaciones de Roberto, su amigo, sobre sus nociones de enajenación bestial en los metamorfos y sus teorías de comportamiento animal… Víctor sería siempre Victor, la bestia no tendría el poder de diezmar su corazón enorme. Llevada por esta certeza, lo inmutable de su bondad, con un gesto que él supo interpretar asentí que se aproximara.

El se acercó con el silencio y el sigilo de un depredador. Detuvo sus pasos a una distancia prudencial. Sospecho que estaba asustado, aterrado por la posible reacción del niño al verlo: su corazón que había sobrevivido a la bestia no toleraría el rechazo de su hijo. 

Estaba agitado, nervioso, por un momento creí que iba a dar media vuelta y se marcharía sin intentar interactuar con el niño.

De pronto Fabricio se dio vuelta. Se hizo un silencio proverbial. Fueron dos segundos de quietud, de inactividad, ambos se miraron, reconociéndose. Mi corazón, y el suyo también, se detuvo: ¿lo reconocería?.

El niño se levantó y ante la mirada estupefacta del monstruo, se acercó, tomó su mano y lo abrazó con la misma ternura de siempre, como si nunca se hubiese ido.

Victor buscó mi mirada, conmovido hasta su última fibra, con los ojos bestiales brillantes de lágrimas. Yo rompí en llanto, conmovida por el amor de ese niño, de nuestro hijo. Por Víctor.

Lo tomó de la mano, y sin mediar palabras lo llevó hasta el sitio en el que estaba jugando. Víctor se sentó torpemente en el pasto, intuyo que le preguntó a qué jugaba. El niño le fue mostrando los bichos que observaba, las flores y las lentes. Lo miraba con la admiración y el embeleso de siempre. Sus movimientos torpes y rústicos mutaron de repente, se volvieron suaves y armónicos, delicados y con una gracia maravillosa, eran los manos de Víctor al piano, me quedé helada, mi corazón hizo una pausa: ¿contra todo pronóstico, habría aprendido a controlar a la bestia?.

Tomó los fragmentos de espejo en sus manos, los miró un momento, como pensando. Los unió ágilmente y formó un triángulo, dejando la superficie opaca hacia afuera. Luego tomó un tubo, juntó unas piedritas, unos pétalos de flores, rompió con sus propias manos algunas bolitas de colores y las puso dentro del tubo.

Se puso de pie, era hora de partir. Abrazó al niño y antes de irse le dijo: 

- Fabri, te regalo una mina inagotable de estrellas, un babel de luceros, luciérnagas de cristal, guiños de mariposa, y en cada vuelta, toda la magia por descubrir, infinita, sin tiempo, inacabable… te quiero y te extraño.

Tomó las manos del niño y puso en ellas el tubo. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Esa fue una de las últimas veces que lo vimos.

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Caleidoscopio viene de la unión de 3 palabras griegas KALOS (bello), EIDOS (forma) y SCOPEO (observar).

Dr. Roberto Lambertucci