04 agosto, 2013

Diego A. Marino

Diego A. Marino

Intuí nuevamente que la belleza absoluta es una especie de castigo temible, una carga casi horrorosa, casi imposible de soportar, que lleva consigo la tragedia hermosa de la perfección condenada a una existencia fugaz de apenas unos cuantas horas o días.

Recuerdo que la primera vez que vi una rosa china, en el patio de casa, casi conmovido por el rojo intenso me quedé helado cuando mi madre dijo, detrás mío, que solo viviría un día. Esa fue la primera vez en la que tuve contacto con ese concepto: la belleza extrema como carga insoportable.

El viernes volvía de la facultad con el paso algo apesadumbrado. Entendiendo que por la forma en la que las nubes estaban iluminadas solo quedaba a lo sumo 30-45 minutos de luz solar. Esa certeza aumentó el tedio porque no llegaría a tiempo para salir en bicicleta. Luego de unos cuantos pasos arrastrados y habiendo descartado la actividad física nuevamente, opté por focalizarme en los eventos próximos, principalmente en la delicada reunión de esa noche.

Fue así que en entre paso y paso, mientras imaginaba las alternativas de la reunión y el tema a charlar, percibí un movimiento cerca de uno de mis pies. Cuando bajé la mirada descubrí con sorpresa que una mariposa, tal vez la más bella que haya visto de tan cerca. Estaba en la calle, sobre el asfalto helado. Con sus alas coloridas abiertas de par en par. Acerqué lentamente la mano, pensando que se iba a volar inmediatamente. Pero no fue así, solo movió mágicamente sus alas maravillosas, pero lentamente, como si fueran una carga, y se trepó a mi dedo.

No podía volar ya que apenas podía mover torpemente sus enormes alas. Apenas podía cargar ese peso.

Ahí recordé que la belleza extrema puede ser una carga intolerable. Y pronto supe que estaba muriendo aplastada por ese peso.

Decidí llevarla conmigo. Fue así que caminé hasta la fotocopiadora unas 10 cuadras con la mariposa en la mano.

Fui buscando una latita o una botella para poder guardarla en la mochilla sin dañarla. Pero no pude encontrar ni una. 

Ya en la fotocopiadora esperé las imágenes de una tomografía encefalocraneana normal, los dibujos de la correlación neuroanatómica, y el informe de la OMS, del ministerio de salud de Argentina y de México del viernes 8 de mayo sobre la gripe porcina con esa carga preciosa en mis manos.

El chico que hacía las fotocopias y otra persona que esperaba miraron mi mano y a la mariposa que en vano intentaba ocultar y en sus rostros se dibujó una pregunta que jamás vio la voz.

Fue así que llegué a casa. Casi no tenía tiempo y tampoco luz, por lo que supe que debería relegar las fotos.

La puse en la meseta del helecho serrucho, con la idea de que se mantenga fresca cerca en la tierra. Movido por cierta culpa, puse cerca una cuchara de té con miel diluida en agua y otra solo con agua… Tal vez necesitaba algo dulce.

El sábado estuve todo el día en el hospital, al llegar a la noche estaba moviendo sus alas torpemente, con una dificultad aun mayor, en el mismo lugar. Volví a relegar las fotos por la falta de luz.

Hoy domingo a la mañana apenas si movía sus alas bellas, ya no relegaría las fotos. Con la delicadeza y con el nudo en el garganta de quien acaricia a alguien que está por morir, la tomé en mis manos y me dispuse a retratarla.

Su belleza no quedaría en el silencio de una muerte anónima, tal vez destrozada por la rueda de algún auto indolente o por un pie imprudente. No lo permitiría.

Esta es una de las fotos que hice.

Esta fue la segunda vez en la volvía a rumiar ese concepto: lo efímero de la belleza extrema.
Luego de pensar un momento comprendí algo que me hizo esbozar una sonrisa.

Tuve la sensación intuición de que la osadía de ser bello es castigada con la fugacidad de la vida y que la osadía de ser inmortal se paga en ella misma también tiene su precio: su precio costo es la condena a la eternidad, una forma de horror

Comprendí que la perfección y la vida fugaz y la vida eterna son una especie de tormento o bien un castigo destinado a quien desafía las virtudes exclusivas elitistas de un Dios celoso y cristiano o bien son una forma de equilibrar las existencias de los seres.

Tanto la una como la otra llevan consigo una tragedia. La tragedia hermosa de la belleza inigualable e intolerable que en su fugacidad vive apenas unos días y muere aplastada bajo su peso específico y la tragedia terrible y bella de una vida eterna cargada de tormento de la que no hay ni habrá salida.

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10 de Mayo de 2009
Diego A. Marino
Hernán Vellmount

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Este texto fue publicado el 10 de Mayo de 2009, en la ciudad de La Plata. El texto original estaba firmado bajo el nombre de Diego A. Marino, sin embargo pertenece a Vellmount, como bien se entiende. Cuando le preguntaron a Hernán sobre este particular, respondió:

- Por supuesto que estaba al tanto de la situación, ese bastardo ha robado muchos de mis textos e ideas... incluso he visto por ahí muchas fotos de Tellería que llevan como pie una frase melindrosa ("los medios justifican los fines", por ejemplo) y la firma de este sujeto. Por años me obsesioné en dar con él, nunca pude. Las únicas referencias que encontré con respecto a él fueron falsas y solo me condujeron a callejones sin salida o lo que es peor, las que parecían pistas para dar luz a su paradero, generaban un millón de incógnitas nuevas y por resolver: de un laberinto tridimensional me transportaban a uno mucho más complejo y refinado. Nunca di con él, supe cuando renunciar a esa caza de brujas, brujas que jamás existieron ni existirán. 
Diego A. Marino no existe, ni existió. Es apenas una quimera, un delirio, una alucinación huérfana de padre y madre. 
Sin embargo debo confesar que aproveché este particular. Algunos de mis textos los he firmado con ese nombre de fantasía, un poco por juego y otro poco por necesidad. Necesidad de qué se preguntará usted. Ese sujeto, real o inexistente, ha leído cada texto y hemos sido cómplices en la lectura y la escritura, incluso me atrevo a decirlo, en algunos momentos de soledad extrema su fantasma me sostuvo la mano y me ayudó a seguir. Quise agradecerle su compañía tan cierta, pero jamas di con él, como ya dije. Es por eso que muchos de mis textos llevan su nombre. Cuales?, preguntará Ud... debo confesar que han sido tantos que lo he olvidado. Incluso al releer mis textos me es imposible decirlo con certeza. En mi obstinada búsqueda de complicidad me imaginé la personalidad de este sujeto, lo hice con tanto detalle y con tanto metódico afecto que terminé por empatizar con ella, con sus pensamientos y ocurrencias, y empecé a escribir textos fingiendo y jugando a ser Diego A. Marino. Al principio me era difícil no volcar mi propio estilo y pensamientos, pero la cosa fue mejorando. Para ver la perfección y eficacia del artilugio fui mostrando los textos a gente que suele leerme, a mis amigos y familiares y les preguntaba a quien correspondía el texto. Al principio no había dudas. Con el tiempo fueron dudando, y ya avanzado el proceso no dudaban y atribuían al sujeto cada una de mis palabras escritas bajo la máscara de su nombre. Este resultado me sorprendió. Seguí jugando un poquito y fui mas allá, me gusta la sorpresa y forzar algunos límites. El siguiente paso fue volcar parte de la personalidad y pensamientos de Marino en mis propios textos. El resultado siguió un camino similar al experimento anterior, aunque el resultado fue aterrador: eran incapaces de reconocer el autor de los textos, tantos los que llevaban mi firma como los que estaban firmados por el fulano. Tellería, frotándose la frente afirmó: 

- mmmm, la verdad que estos textos podrían ser tuyos, sin duda alguna, sin embargo luego de leer los libros que me mostraste, también podrían ser de Marino. Aunque lo cierto es que también podrían ser una colaboración de los dos. ¿Quien es Marino?
- Marino no existe - Ante la mirada confundida de Carlos, tomé los textos y me fui dando un portazo.

Usted dirá, pero no eran todos textos suyos?, y se preguntará acertadamente: qué problema hay entonces?. Lo cierto es que cuando comprendí que Marino era apenas una ficción y empecé a utilizar su nombre en mis textos y a escribir fingiendo ser Marino, sucedió algo inesperado: empecé a encontrar entres mis hojas y cuadernos textos firmados por mi y por Marino que claramente no me pertenecían. Un escalofrío se filtró por mis venas.
El artilugio fue tal, tan limpio, tan complejo y tan completo (el suyo y el mio) que hoy me resulta imposible decir qué texto me pertenece y cual es obra de este sujeto. 
Frente a este segundo misterio, los textos que recibía o encontraba entre mis cosas, retomé la búsqueda del fulano varios años después. Me sorprendí al encontrar infinidad de información, detallada y cabal... que rápidamente comprendí contradictoria. Al poco tiempo recordé lo que había sido parte de mi artilugio. Durante la primera búsqueda y por la misma razón por la que comencé a firmar mis libros como Diego A. Marino, se me ocurrió sembrar infinidad de información sobre este sujeto, información obviamente falsa, por si alguien se decidía a buscarlo.
Frente a este segundo fracaso abandoné definitivamente mi búsqueda, y preferí conservar el misterio y la complicidad.
Sospeché lo que vendría, y que usted ya estará sospechando. Intuí con una sonrisa que el sujeto había seguido el mismo proceso. Sospeché que el tipo, en un arrebato de creatividad, complicidad y sentido del humor habría sembrado infinidad de información falsa sobre mi persona, habría falseado datos, borrado otros, hasta convertirme en un fantasma, en una ficción. 
Celebré esta idea, que jamás confirmé, con un sonrisa: 

- La soledad ya no era un peso intolerable: tenía un cómplice

Hernán Vellmount
Diego A. Marino
CABA La Plata 4 de Agosto de 2013

02 agosto, 2013

atemporal

- solo he sido capaz de superar el horror del paso del tiempo entre los brazos de una mujer... 
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Hernán Vellmount