17 mayo, 2013

Algo sobre las expediciones polares...


XI

- Durante el invierno de 1939, que fue muy duro, mi grupo acampó en Orconte, pueblo de los alrededores de Saint-Dizier. Allí vivía yo en una granja de paredes de adobe. Por la noche la temperatura descendía lo suficiente como para transformar en hielo el agua de mi rústica palangana, y, evidentemente, el primer acto que cumplía antes de vestirme era encender el fuego. Pero este gesto me exigía abandonar el lecho en donde tenía calor y en donde me amodorraba con delicia.
Nada me parecía más maravilloso que aquella simple cama monástica, en aquel cuarto vacío y helado. Allí gustaba la beatitud del descanso después de las duras jornadas, allí gustaba la seguridad, nada me amenazaba. Durante el día mi cuerpo se ofrecía a los rigores de la altura y a los proyectiles desgarrantes. Durante el día, mi cuerpo podía trocarse en nido de sufrimientos y ser injustamente deshecho. Durante el día, el cuerpo no me pertenecía, no me pertenecía más. Podían quitarle miembros, podían sacarle sangre. Pues es también un hecho de guerra el que el cuerpo se transforme en almacén de accesorios que ya no nos pertenecen. Viene el ujier y reclama los ojos, y le cedemos el don de ver.
Viene el ujier y reclama las piernas, y le cedemos el don de caminar. Viene el ujier, con su antorcha, y nos reclama toda la carne del rostro, y nosotros, que le hemos cedido en tributo el don de sonreír y de mostrar nuestra amistad a los hombres, no somos ya sino monstruos.
En consecuencia, este cuerpo que durante el día podía revelarse como mi enemigo y hacerme daño, este cuerpo que podía trocarse en fábrica de lamentos, resulta que seguía siendo mi amigo, obediente y fraternal, bien apelotonado bajo las sábanas en mi duermevela, sin confiar a mi conciencia otra cosa que su placer de vivir, su ronroneo dichoso. Pero tenía que sacarlo del lecho, lavarlo en el agua helada, afeitarlo y vestirlo, para ofrecerlo, con toda corrección, al estallido de la fragua. Y este abandono del lecho se asemejaba a la separación de los brazos maternos,
del seno materno, a todo lo que a lo largo de la infancia mima, acaricia, protege el cuerpo de un niño.
Entonces, después de pesar bien mi decisión, de madurarla y retardarla, saltaba de golpe, con los dientes apretados, hasta la chimenea, en la que derrumbaba una pila de leña que rociaba previamente de nafta.
Luego, una vez que ésta ardía, volvía —después de una exitosa segunda travesía de mi habitación— a hundirme en mi lecho, donde reencontraba mi lindo calorcito y en donde, metido bajo las colchas y el edredón, asomando sólo el ojo izquierdo, vigilaba mi chimenea. Al comienzo casi no prendía, luego iluminaba el techo con rápidos relámpagos y más tarde el fuego comenzaba a instalarse dentro de la chimenea como si una fiesta se organizase. Comenzaba a crepitar, a roncar, a cantar. Era alegre como un banquete de bodas campesinas, cuando la gente comienza a beber, a acalorarse, a darse codazos. O bien me parecía que ese mi fuego bienhechor me protegía como un perro ovejero activo, fiel y diligente, que cumplía cabalmente su misión. Al contemplarlo sentía un sordo júbilo. Y, una vez que la fiesta estaba en su plenitud, con aquella danza de sombras en el techo y aquella cálida música dorada, y en los rincones se levantaban ya construcciones de brasas, una vez que mi habitación se había impregnado de aquel mágico olor a humo y a resina, entonces abandonaba yo de un salto a un amigo por el otro, corría de mi lecho a mi fuego, iba hacia el más generoso, y no sé muy bien si me asaba allí el vientre o me calentaba el corazón. Entre dos tentaciones había cedido cobardemente a la más fuerte, a la más rutilante, a aquella que, con su fanfarria y sus relámpagos hacía mejor su propaganda.
Así, por tres veces, primero para encender mi fuego, acostarme y volver a recoger la cosecha de llamas, por tres veces, castañeteándome los dientes, atravesé las estepas desiertas y heladas de mi habitación y supe algo de las expediciones polares. Había andado a través del desierto hacia una escala de bienaventuranza, que danza ante mí, para mí, su danza de perro ovejero.
Esta historia parece insignificante, y sin embargo era una gran aventura. Mi habitación me mostraba en transparencia lo que jamás hubiera podido descubrir allí si hubiese visitado alguna vez la granja en calidad de turista. Sólo me hubiera entregado entonces su vacío banal apenas poblado con una cama, una palangana y una triste chimenea.
Hubiese bostezado allí unos minutos. ¿Cómo hubiese yo podido distinguir sus tres provincias, sus tres civilizaciones, la del sueño, la del fuego, la del desierto? ¿Cómo hubiese podido presentir la aventura del cuerpo, que es al principio un cuerpo de niño colgado del seno materno, acogido y protegido; luego un cuerpo de soldado, hecho para sufrir; luego un cuerpo de hombre enriquecido por la alegría de la civilización del fuego, el polo de la tribu? El fuego honra al huésped y a sus camaradas. Si visitan a su amigo participan de su festín, arriman sus sillas a la de él, y, al hablar de los problemas del día, de las inquietudes y los quehaceres fastidiosos, dicen mientras se frotan las manos y cargan la pipa: “¡Pese a todo un fuego es agradable!”


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Piloto de Guerra - Antoine de Saint Exupery

08 mayo, 2013

una libertad mucho más grande


Camino al Gólgota, el Cristo se encuentra con su madre, es la cuarta estación.
Momento de intensa humanidad.
Se miran con una calma conmovedora, una calma que sólo puede surgir de un alma integra.
Sus mejillas brillan. Está llorando. Son lágrimas de madre. Un llanto calmo. Así lo imagino.
Aprieta los dientes, como tomando coraje y mira por primera vez al hijo de hombre, llagado y humillado.
Reconoce a su hijo en los ojos. Su pequeño: es madre por sobre todo. Un huracán arrasa su alma, reniega en silencio, reprocha en silencio, quizás proteste por esa elección... pero en medio hay una libertad mucho más grande que su apego: se mantiene inmóvil...
El Cristo busca sus ojos: es hijo sobre todo.
Ella encuentra sus ojos. Hace de tripas corazón y en un acto majestuoso de amor, respeto y libertad... ella asiente y acompaña.


A empujones lo obligan a seguir: hay un destino que cumplir.
Se miran en silencio por un instante, por unos pasos...
Ahora retoma el caminar, con la fe y la convicción renovada: no está solo en su camino a la Cruz.



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El texto pertenece al libro El camino a la Cruz de Hernán Vellmount. El muy anacoreta, siempre se fastidiaba de las representación del Via Crucis... Sobre todo en la cuarta estación. Donde suele representarse a una María fuera de sí, con un llanto espamentoso y cinematográfico, que invita más a comer pochoclo que a la piedad y la reflexión. Solía decirnos, ya dando media vuelta:



- Es un llanto calmo, muchachos, esto es una porquería sensacionalista... vamos a tomar un vino.



Y nosotros asentíamos.



Roberto Lambertucci

02 mayo, 2013


Lo cierto es que Fabricio sentía una fascinación particular por las metamorfosis. Por las inmensas y, principalmente, por las minúsculas. Quizás influencia de su padre, quizás rareza propia... quien sabe.
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Del libro Otras metamorfosis de Hernán Vellmount