17 enero, 2013

La metamorfosis de Víctor, otros aspectos

dissomnia


Al despertar Gregorio Samsa una mañana,
tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama

convertido en un monstruoso insecto

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La metamorfosis - Franz Kafka



La metamorfosis ha de ser, necesariamente,
un proceso de indecible sufrimiento
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Hernán Vellmount



Las funciones más complejas y refinadas las fue perdiendo poco a poco desde el principio. De esta forma, este refinado ser (un srto. inglés, como lo describe Magdalena), harto instruido y especializado, un lector empedernido de intereses misceláneos, con una retórica tan rica, tan exuberante y tan fecunda como poco veces he visto, poco a poco fue involucionando, se fue volviendo básico, tosco, rústico. Avanzado el proceso apenas emitía sonidos guturales inentendibles, al parecer había creado un lenguaje propio o bien había despertado un atavismo de sonidos y símbolos.

En el desarrollo del cerebro humano el lenguaje, su simbolismo y los movimientos finos y precisos, principalmente de las manos (pulgar) y la cara, como aquellos necesarios para manejar una herramienta o transmitir una emoción, constituyen un hito fundamental.
No es de sorprender que junto con su lenguaje también se fueran modificando otras funciones propiamente antropoides: siguió la función motora.

Su pasión, la biología y las especies más pequeñas, le requería movimientos finísimos y precisos, suaves, armónicos pero a la vez firmes, principalmente en los apéndices superiores, en las manos.

No es de extrañar que fuera brillante en el piano. Sus manos eran alargadas, con dedos estilizados y largos, pálidas, como de marfil.

Era flaco y alto. Nunca había sentido atracción, lógicamente, por los deportes por lo cual su desarrollo muscular era, cuando menos, pobre

Sus movimientos, es de entender, fueron cambiando y también se volvieron toscos, bruscos. Fue perdiendo los refinados movimientos de sus manos. Sus músculos axiales y proximales, principalmente de los muslos y piernas, comenzaron a desarrollarse llamativamente. La bestia se estaba volviendo un predador.

Era miope, lo cual puede haber influido en su introversión, en su ocupación por las tareas manuales y próximas, incluso puede haber influido en la elección de su profesión, en su rechazo al deporte y otras actividades que requieren una buena visión lejana, entre otros.

Fue sorprendente el día en que abandonó los anteojos.
En un idioma arcaico me dijo:

- Veo sin anteojos, Lambertucci

Sin embargo los cambios en el sistema visual fueron más allá. La hipermetropía fue reemplazando, poco a poco a la miopía, y su agudeza visual fue aumentando de forma llamativa.

La luz comenzó a molestarle, se sentía a gusto en ambientes oscuros. Finalmente su visión cromática fue disminuyendo y su agudeza visual era mayor de noche que de día: se había vuelto nictálope.

En la última etapa de su metamorfosis las funciones básicas fueron diezmadas. Lo poco que quedaba de Víctor estaba siendo devorado por la bestia. Lo más llamativo fue el cambio en su ritmo sueño/vigilia: dormía de día y estaba completamente despierto por la noche. Primero intentó luchar contra estos hábitos, inclusó probó con sedantes e hipnóticos, sin éxito. Luego lo fue aceptando, incluso empezó a sentir cierta fascinación por la noche. El que había sido un ser de luz, de la claridad, de los límites netos, se había vuelto un ser de la oscuridad, de la bruma y de los bordes difusos.

Yo realicé enormes esfuerzos por restaurar su ciclo sueño/vigilia, con la ilusa esperanza de que deteniendo ese cambio recuperaría a mi amigo, frenaría su metamorfosis.

Una voraz transformación estaba teniendo lugar, ajena a todo lo externo, tan profunda que no era influida por los fármacos o las palabras, ni siquiera el amor de su familia pudo con frenarla.

En una de sus últimas frases, al menos de las que pude comprender, me dijo con cierto tono burlón:

- Por qué te sorprendés, Lambertucci, la dissomnia es una virtud de todo nictálope.

No puedo evitar sentir una enorme tristeza, ternura y horror al escribir este informe. Informe al que me negué pero que el propio Víctor, al comprender la naturaleza del proceso que empezaba a vivir, me pidió que escriba:

- Por la ciencia, Lambertucci, hacelo por la ciencia - me dijo casi suplicando

Yo me resistía férreamente.

- Dónde está el hombre de ciencia, Lambertucci... si no lo hacés por la biología y la medicina, hacelo por nuestra amistad, hacelo por mi...

- Es lo último que te pido - agregó no sin cierto cinismo

Y se quedó mirándome fijamente, como exigiéndome un respuesta afirmativa.

Sentí como si se quebrara mi alma, pero accedí. Se lo prometí.

Ni Víctor ni yo comprendíamos que los cambios que experimentaba su biología afectaran tanto a los seres que lo rodeaban.

Le prometí describir su metamorfosis, pero es un peso insoportable para mi alma. Basta por hoy, estoy muy triste.

Dr. Roberto Lambertucci


14 enero, 2013

Víctor Manuel Nogueira

Víctor Manuel Nogueira

Incluso los instintos requieren de una experiencia previa, que se transmite de generación en generación, de un individuo a otro aportándole cierta ventaja sobre el medio o a veces ciertos caprichos.
A veces con las pasiones o los gustos sucede algo similar.
El padre de Fabricio, Víctor Manuel Nogueira, era un naturalista innato.

Fue scout, en un grupo religioso que solía organizar campamentos en las inmediaciones de los lagos del sur argentino. Ahí se enamoró del Bolsón... y nos enamoramos.
Era un tipo noble, y por demás observador. Jamás mató un bicho.

Sus primeras descripciones de insectos, de su anatomía y biomecánica las realizó con trazos torpes entre los 4-5 años. Las primeras observaciones del comportamiento animal se remontan a su infancia tardía. A los 7-8 años estaba obsesionado con el comportamiento de las abejas y las hormigas.

Lamentablemente entró en la universidad y se deformó al doctorarse en biología. Se especializó, como se deduce, en comportamiento animal, en relaciones intra e interespecíficas y en ecosistemas.

Era un optimista ciego, cristiano ortodoxo si se quiere. Quizás por ese optimismo mal aplicado se decepcionó un millón de veces, volviéndose desconfiado y esquivo... finalmente escéptico con la raza humana.
La gran ciudad y su gente lo consumieron. El brío cientificista y la perversión de los valores humanos lo fueron desgastando, lo volvieron parco y retraído.

Finalmente las traiciones y las sinrazones lo hicieron alejarse, se recluyó en su casa de Palermo. Selló las ventanas y puso cerrojos en las puertas.
El aislamiento lo fue volviendo rústico en el trato y el lenguaje. Al final no podía comunicarme con él, creo que había ideado un lenguaje propio, que se basaba en sonidos guturales parecidos a los emitidos por los animales.

Fue descuidando su imagen personal, no se afeitaba ni se bañaba. Cuando lo cruzábamos por la casa, sólo salía del sótano por las noches, iba con la ropa raída, con desgarrados harapos. Era tan elegante, todo un señorito caballero inglés.

No solo cambió su voz, sus movimientos también cambiaron. Se volvieron lentos y medidos, armónicos, como ondulantes, pero por momentos se volvían rápidos, precisos, veloces... como un rayo.

A pesar de los cambios, su afecto por Fabricio se conservaba puro, y noble.
Cuando el niño se sentaba en su falda dejaba de ser una bestia y se convertía en el hombre maravilloso y tierno del que me enamoré.
Había decidido mostrarle la naturaleza, que ahora se estaba convirtiendo en su único mundo. También le mostraba cada uno de los seres vivos al pequeño “ Víctor”. Con cierta torpeza y rústico amor, día tras día en sus manos traía insectos, sapos, pájaros de todo tipo. Fabricio contemplaba esas porciones de naturaleza extasiado. Víctor se explayaba en descripciones, tan precisas y detalladas como ningún hombre podría hacer jamás. Le hablaba con pasión de su mundo, de sus nuevos amigos. Fabricio lo miraba con los ojos como soles, su admiración era absoluta.

Muchas noches, acampando en el patio de la casa, esas descripciones científicas eran su duermevela.
Fabri nunca sintió miedo, lo se.
No fue hasta el final de su metamorfosis, cuando totalmente fuera de si, se volvió violento. Una noche lo sorprendí acechando a cierto directivo corrupto de la facultad de ciencias biológicas, que había ensuciado un concurso por un cargo jerárquico:

- ¿Qué estás haciendo, Víctor? - le dije con firmeza y con la voz llena de amor.

Se dio vuelta con violencia. Sus ojos eran como una chispa encendida sacada del mismo infierno. Fue la primera vez que tuve miedo. Volvió a moverse y, como un rayo, emprendió la huida.

Yo di un paso torpe, mi pie se trabó con el cordón. Caí al piso y me golpeé la frente con un borde filoso, un banco tal vez.

Sintió el quejido y al volver yo lloraba desconsolada. Vio la sangre que rodaba por mi mejilla, vio mis lágrimas.

Hubo un quiebre.
Sus ojos recuperaron la ternura de antaño por un segundo. Pero inexorablemente volvió volvió el reptil y haciendo un chirrido de dolor se escurrió entre las sombras para siempre.


Se que se fue por amor. Para protegernos a Fabricio y a mi. Su amor, inmenso, ya no podía contener a la bestia.
Desapareció de todo y de todos. Para siempre.
Supongo que habrá migrado a algún parque nacional, quizás al sur de nuestro país... siempre tuvo esa esperanza.

Magdalena Petraglia, 
Madre de Fabricio y Sra. de Víctor Manuel Nogueira



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Relato recopilado por Lambertucci, quien era un íntimo amigo de Víctor Roberto sufrió mucho la partida de Víctor Compartían el gusto por la naturaleza y por los parques nacionales de Argentina, especialmente del sur. Se habían conocido en el mismo grupo religioso, el grupo de jóvenes San Ignacio de Loyola. Más temprano que tarde Lambertucci niño abandonó el grupo por diferencias irreconciliables con los directivos y coordinadores.

Siguieron una amistad activa. Luego Víctor conoció a Magdalena Petraglia, su primer novia y su mujer, la madre de su hijo Fabricio.

Un buen día, Magui se acercó y le anunció que se mudaban a las sierras, no sabían si a San Luis o Córdoba... pero la partida era inminente. El tono de su voz se quebraba por momentos. Más tarde Roberto comprendió que era un acto desesperado de aquella valiente mujer, que a duras penas podía con el “cambio” que Víctor estaba experimentando.

Al final se fueron a un pueblito cerca de Potrero de los Funes, La Carolina.
Víctor y Roberto extendieron la amistad unos años por medio de cartas y por vía telefónica pero las cosas se fueron complicando para Nogueira, sus cartas se volvieron primero incoherentes y luego eran apenas garabatos que Lambertucci no comprendía.
En cierta forma Roberto no deja de reprocharse la suerte de Víctor... En su interior late la duda de si la continuidad de su amistad hubiese torcido la suerte de su amigo de la infancia y de toda aquella familia. Tal vez sí o tal vez las cosas sucedieron porque Víctor así quiso que sucedan. Nunca lo sabrá, pobre Robertucci.
Se lo puede ver a Roberto, cuando visita un parque nacional, caminar solo en la oscuridad como esperando encontrarse con alguien, con su amigo. Pero hasta el momento además de dos vacas, un zorro y un gaucho descarado no hubo más encuentros.

Una mera situación

una mera situación...

Ni los fines de semana ni las vacaciones nos redimen, ya nadie se engaña (1). Ya no buscamos en el Tibet el satori que bien encontramos en el baño de un antro porteño. Quizás iluminarse cerca del Himalaya sea más top, uno no escucha con la misma atención al tipo que dice que se iluminó cerca de Nepal que al pobre diablo que se iluminó en las sierras de Tandil o en el antro porteño. 

Como es harto sabido, ni el retorno a un lugar ni la partida del mismo han de ser posibles.
Una meta no es tal sino que es el camino y ni el camino ha de ser nuestra única meta, sino el caminar: nuestras huellas, como dice el poeta.
Después de todo todo viaje es espacial (2), como dice Borges... La diferencia entre levantarme a prender la hornalla para el café y el viajar a la cuenca mediterránea es apenas cuantitativa.

Durante el año soy lo que soy y en las vacaciones... también... quizás acentuado y en otro lado. Sin embargo el paisaje es una mera situación, porque hombre soy y nada humano me es ajeno (3): llevo a toda la humanidad en mi.

Sin embargo para viajar, porque igual viajamos y viajo, y para la vida es bueno recordar: no basta con haber venido (4)

Roberto Lambertucci




(1) Una vieja se lo dijo a Vellmount en capilla del Monte, y Vellmount lo ha repetido una y otra vez
(2) Utopía de un hombre que está cansado, en el Libro de Arena - Jorge Luis Borges
(3) "Homo sum, humani nihil a me alienum puto" - Publio Terencio Africano
(4) El arte de escuchar - Erich Fromm