24 diciembre, 2013

El origen




De los miedos nacen los corajes;
y de las dudas, las certezas.

Los sueños anuncian otra realidad posible.
y los delirios, otra razón.
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Eduardo Galeano



Tellería llevaba varios días buscando una foto para estas fiestas, sin encontrarla. Revisaba una pila, pasando una tras otra. Suspira algo desalentado o sofocado por el calor de un departamento porteño a finales de diciembre.

Vellmount intuye el desasosiego de Carlos:

- No te preocupes, Carlitos, al igual que los autores y los libros, las fotos y los textos nos encuentran en el momento justo.

Se acomoda en el sillón, y agrega:

- Ni antes ni después, en el momento justo.

- Me olvido una y otra vez, Hernán - respondió haciendo un gesto que intentaba ser una afirmación.

Aquel día Caminó por Medrano soportando el sol del mediodía y antes de Corrientes se topa con una librería. Mira a través del cristal. Lo que ve lo intriga, por lo que se decide a entrar. 

Es recibido cordialmente:

- Hola, mi nombre es Andrea, puedo ayudarte en algo?

Todavía tímido, busca una excusa:

- Vuelo nocturno, de Exupery… lo tenés? 

- Mmmmm, me parece que no… espera que miro.

Tellería comenzaba a recorrer el lugar con la mirada, descubre un mundo diminuto e insospechado pero colmado de belleza y nostalgia.

- Solo tengo Correo Sur

- Puedo mirar un poco - Preguntó Tellería

- Por supuesto

Recorrió con calma cada rincón, cada detalle. Pidió permiso para hacer unas fotos. 

Un movimiento sutil, a un costado atrae mi atención. Vuelve la mirada y se sobresalta al vislumbrar una figura humana, algo distorsionada, como una proyección. Se parece a un niño. Sus ojos se abren de par en par, es Fabricio, el coleccionista de insectos, arrodillado entre libros y juguetes de madera.

Conmovido por el encuentro, se acerca con la prudencia y la ternura de quien tiene ante sí una naturaleza fugaz y frágil. Apenas un paso y ya no puede verlo. Sonríe a la nada, con una ternura cómplice y amiga.

Reflexiona un momento y continúa recorriendo el lugar. Libros nuevos, usados y juguetes artesanales se mezclan y se suceden. 

Tellería es abordado por una honda y dulce nostalgia. Sigue girando y haciendo fotos. De pronto se detiene, como hipnotizado, ante una biblioteca. Sus estantes están repletos de juguetes, aquí no hay libros. Observa un pequeño tapial con una frase que no era de bienvenida, sino una invitación, tal vez un bello desafío:

"Todo lo que puedas imaginar es real" 

Sonríe. Intuye una foto.

- Ese es el primer muñeco que hice, es el Dr. de corazones - dice una voz desde atrás

y señalando, agrega: 

- Lleva un corazón en la bolsita - sonríe

Sintió una honda inspiración. Recuerda la foto que había intuído.

Como lo había sospechado: esa frase en aquel lugar no era casual. Era el soporte fundamental que sostenía toda una filosofía de vida. Aquella frase y aquel muñeco eran el centro, el origen mismo del sueño de una hija y un padre al que supieron ir dando forma, que sigue creciendo y que hoy se llama El globo rojo. 

Saludó y salió inspirado, eran las vísperas de navidad. 

Caminó a paso rápido. 

Se detuvo de golpe, como espantado: había olvidado hacer la foto. 

Extrañado y sin entender por qué sacó la reflex de la mochila. La encuentra prendida. Le resulta extraño. 

Hay una foto demás en la serie, es la que aquí les traigo.


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Este texto pertenece al libro “Milagros de navidad”, de Hernán Vellmount. Como bien sabemos, Hernán era más bien escéptico y desconfiado. Pero lo cierto es que en el fondo seguía siendo un niño que deseaba creer. Creer en qué?, se preguntará el lector. Creer en lo que sea, pero creer. En los textos que dan forma a este libro, Vellmount, recopila lo que el mismo consideraba pequeños y módicos milagros de los que nutría su alma y su fe. Fe en qué, se preguntará nuevamente el lector. Fe en el hombre. Los manuscritos fueron traducidos y ordenados por quien les escribe. 
Con este texto cierro el 2013, mis amigos. Creo que la frase central es una forma hermosa de acompañar el espíritu de estas fiestas y el comienzo del nuevo año:

Todo lo que puedas imaginar es real

Esa es mi propuesta, los invito a que sigan convirtiendo sus sueños en una realidad tangible...

Roberto Lambertucci

28 noviembre, 2013

N° 95

tu tiempo 
es hoy
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Luis Alberto Spinetta

17 noviembre, 2013

claroscuro

Enraizada en el limbo mismo en el que se funde
la luz y su tiniebla, 
dicen que ahí se esconde la caricia.
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Adolfo Lescano

15 noviembre, 2013

efemérides 14112005: lo fiable de ojos y las manos

lo fiable de ojos y las manos

Ya madura la noche, se escucha Sur en la voz de Rivero junto a la orquesta de Troilo. El aire fresco y la oscuridad de la noche, enmarcadas en el anonimato más recóndito de un hogar porteño daban una entonación filosófica a la más trivial de las charlas. Es innegable cierta influencia sobre las percepciones y sensaciones.
Hablaban sobre temas diversos, aunque recurrentes: uno no hace más que repetirse, una y otra vez sus obsesiones vuelven y vuelven.
Miraban algunas fotos de Tellería.
Luciano, se había detenido en un álbum que agrupaba la colección que Carlos, sin mucho esmero, había titulado Manos.
Iban pasando las fotos, una a una.

Los efectos del alcohol son patentes en la frágil naturaleza de un Fabricio, que se tambalea como una hoja.

- Vellmount, escúcheme bien - Dice fortunato - no solo se puede sospechar una vida a través de las manos... si uno es metódico y minucioso puede intuir toda un alma.

Fabricio cabecea y finalmente se queda dormido.

- Si se me permite agregar algo - Interrumpió Brodsky, dirigiéndose a Vellmount - … si usted quiere conocer a los hombres debe esforzarse en sobreponerse a esa cáscara de hipocresía y apariencias con la que nos cubrimos y que conocemos como contrato social…

Se acerca Tellería que ha preparado cantidades industriales de café.
Se escucha la “última curda”.

Continua, Theodore:

- Como destaca Luciano, Usted debe esforzarse y sospechar el alma. Debe escapar al encanto de las palabras y los actos, que a veces son como un canto de sirena que lo distraen a uno del verdadero ser. Las palabras y los actos son falibles y pasibles de ser falseados sin mayor dificultad. Ellos mienten y sirven a una máscara obsecuente bajo la que el hombre se esconde, temeroso o vil: ni en la soledad de su cuarto es el hombre es quien dice ser pues pesa, muchas veces, la mirada inquisitiva de un Dios ominipresente y absurdo que adquiere las formas más diversas. Sin embargo los ojos y las manos tienen vedada la mentira, y el alma se filtra en cada mirada, en cada golpeteo de unos dedos contra la mesa.

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Dr. Roberto Lambertucci

14 noviembre, 2013

asumir el protagonismo...


Más allá de ser una declaración de amor, 
pretende ser también 
una declaración de principios, 
sólo asumiendo el protagonismo que nos corresponde
podremos cambiar las cosas
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Ismael Serrano
(Noviembre 2013 - Gran Rex)


En la introducción de la canción que da nombre al disco y a la gira, en el Cierre de gira de Todo comienza y acaba en tí, en el tetro Gran Rex el 13 de noviembre de 2'13 , haciendo referencia a la liberación de la activista de Greenpeace Argentina que, acusada de espionaje, fue presa por los servicios de inteligencia rusa.

07 noviembre, 2013

El emisario

El emisario

Un hombre se tambalea. Intenta dar un paso y sostenerse, apoyándose sobre una mesa. Se derrumba casi sin ruido. Con movimientos torpes, se da vuelta y como puede reposa la espalda sobre una pared mugrienta, gritó casi sin fuerzas:

- Cuando despertemos de este ensueño absurdo, que nubla nuestros ojos, y seamos capaces de comprender lo que está sucediendo, su macabro plan… será demasiado tarde…

Se hizo un silencio y luego el bar estalló en risas.
Se acercó un parroquiano, y esforzándose para ver entre las sombras, dice con voz burlona:

- Tome otro vaso, mi amigo… y cuéntenos de qué plan está hablando - Rié y mira a su alrededor buscando apoyo.
- Se cree gracioso, verdad?

El hombre desespera, se retuerce, suda: está enfermo. El parroquiano lo observa y percibe el horror en sus ojos vidriosos. Un escalofrío recorre su espalda. Ya no sonríe. Su piel está llagada, y cubierta de pústulas. Respira con dificultad, emitiendo un chirrido que primero es apenas molesto pero después se convierte en un tormento. Sus labios están quebrados, con costras oscuras. Su camisa empapada y rota, está salpicada con sangre. Su piel es pálida, casi amarilla, y está cubierta de un sudor que apesta infiernos.

- Está bien, amigo? - Pregunta asustado
- Las palomas y los reflejos en los espejos…

El parroquiano quiere acercarse.

- No sea imbécil, aléjese de mi…

Tose violentamente, se tapa la boca con las manos. Luego las pone a la altura de sus ojos, las mira: el horror y la desesperación se dibujan en su rostro. Está sangrando.
Al percibirlo, el parroquiano vuelve a estremecerse, ya no le resulta gracioso:

- Un médico por aquí… éste hombre está enfermo.

Llaman al SAME.

- Qué clase de imbécil es usted - tose - no estoy enfermo, estoy maldito…váyanse mientras haya tiempo, aléjense de mi.
- Qué dice, hombre? - camina hacia él
- Aléjese, hombre… no sea necio, esto es muy contagioso.

Ya a su lado, pone su mano en el hombro como dándole aliento.
El hombre se desgarra en llanto:

- Dios, no basta con padecer esta maldición… ahora tendré que cargar también con su muerte.
- Me está asustando, señor…
- Debe estarlo...
- Déjese de tonterías y dígame qué le pasa.

Se quiebra un cristal. Los fragmentos caen y rebotan sobre el piso mientras el tiempo parece congelarse.
El alma del hombre parece desgarrarse.



- Ya están aquí, es inútil… me han encontrado.
- Quienes? Qué está diciendo, hombre? - Abre los ojos, algo se mueve a sus espaldas.

Se corta la luz. Se escucha una brisa, luego todo es silencio. No hay risas, ni voces.








- Central? Otra falsa alarma… no encontramos a nadie en el lugar, volvemos a base. Cambio y fuera.

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El texto pertenece a un delirio de Hernán Vellmount titulado la conspiración de las palomas y los reflejos. El horror y lo bizarro se toman la mano, página tras página, y poco a poco el lector va sumergiéndose en una de las obsesiones que más atormentaban a Vellmount.

03 noviembre, 2013

Metal fundido

Metal fundido
Es sabido que Vellmount tenía sueños recurrentes. En uno de ellos se soñaba sentado al borde un río, con los ojos cerrados, una brisa fresca acariciaba su rostro y el sonido del agua, escurriéndose entre las piedras, es como una música dulce. Se escuchan algunos pájaros nocturnos, lejanos y anónimos. El sol se pone tras las montañas y una luz cálida, como una sonrisa, se refleja sobre la superficie de un río que parece metal fundido. Vellmount, se pone de pie y camina de regreso a una casita apenas iluminada. Algo le roza la pierna, es un border collie. Lo mira con monumental ternura y lo acaricia un largo tiempo. Cruje una puerta de madera, del interior salen dos perros: un boyero de Berna y un labrador marrón. Una silueta se dibuja en el umbral. Camina de regreso, mientras los perros corren a su alrededor haciéndole fiesta. Siente por primera vez una serena alegría que lo invade por completo, comienza a distinguir la paz en su mirada calma. Una revelación está por tener lugar, su cuerpo convulsiona febril, sus fibras se tensan, algunas lágrimas se precipitan sobre sus mejillas dormidas. Está a dos pasos, ya la luz delinea su rostro, escucha algunas palabras que no comprende pero que lo hacen sonreír, vislumbra unas facciones familiares... da un...




Entonces despierta en la soledad de su habitación. 



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Dr. Roberto Lambertucci
CABA

20 octubre, 2013

Los primeros indicios

primeros indicios...

Haciendo caso del pronóstico meteorológico, el cielo parece estallar. Los destellos definen una figura. Es la silueta de un hombre. Parece una caricatura hombre, algo desgarbada y desproporcionada.
Víctor está Inmóvil, como hipnotizado, con la mirada perdida en el cielo.
Magdalena se acerca, delicada y casi sin ruido. Acaricia la espalda de su marido:

- Los genios nunca duermen, lo se… pero tu insomnio comienza preocuparme… - Dice burlona y apoya su mejilla en el hombro de Víctor.


No hay respuesta.
Como un niño asustado, apenas atina a abrazarla. Se derrumba en sus brazos.

- Qué pasa, Victor? - Ha percibido su angustia

Estalla en llanto.

- Mi amor, qué pasa? 

Intuye el dolor de aquel hombre, a quien ama, siente como si se le cerrara la garganta, lo abraza fuerte y sin comprender rompe, también, en llanto.


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Una oscuridad sin nombre comenzaba a apoderarse de su alma, infiltraba silenciosa e indolente cada milímetro de Víctor. Para no preocupar a Magdalena, solía contarme sus cambios y su preocupación, sus teorías:

- Se que sos un hombre de ciencia, pero siento que algo está naciendo en mi, Lambertucci... - Hizo silencio...

- algo aterrador que se va adueñando poco a poco de mis funciones... poco a poco me va reemplazando.

- Me estás diciendo qué tenes cáncer?

- No entendés, Roberto, esto no es únicamente orgánico... Lo siento muy adentro mio: alguien o algo me está reemplazando.

Todos fuimos testigos de los pequeños cambios que iban teniendo lugar, sin embargo solíamos ignorarlos con racionalizaciones. Nos negábamos a aceptar lo que estaba sucediendo frente a nuestros ojos, como suele pasar. Pudimos convivir con ese engaño hasta que la transformación fue grosera y muy evidente.

14 octubre, 2013

Lejana utopía

Lejana utopía

Los cambios drásticos y trascendentales pocas veces son un acto deliberado, racional y gradual. Muchas veces responden a una necesidad extrema que parece empujar al ser, se ha tocado fondo y las únicas alternativas son el cambio y la adaptación del individuo a un nuevo equilibrio o la aniquilación (sea de un individuo, toda una especie, una sociedad o una ideología).

Una vez en curso, toda metamorfosis, sobre todo las más radicales, conllevan un hondo sufrimiento, siendo este físico pero sobre todo espiritual. El metamorfo suele replegarse, encapsularse, aislándose así del entorno, quedando frente a frente con ese mitológico espejo al que llaman infierno. Ingresa en la primera etapa.

No hay palabras para describir lo que sigue. Quienes han contemplado a un metamorfo en la primera parte del proceso no han tolerado el horror de esos ojos sin alma, abrazándose a la locura o al suicidio. 

Una vez iniciado el proceso ya no se detiene, se debe transitar etapas de oscuridad creciente. La duración es variable, pero siempre es el tiempo suficiente para diezmar toda estructura, toda emoción y todo concepto vigente en el individuo: la despersonalización es la regla.. Todo sucede vertiginosamente, pero la experiencia es otra. La atemporalidad del recluso convierte un segundo en una eternidad. 

Según antiguas descripciones, de cuestionable reputación, en el proceso el metamorfo es sometido a toda clase de impiedades y vejaciones, es degradado hasta un estado en el que su alma se vacía completamente, pierde toda identidad: fisiológicamente viven pero están muertos.

Ocho de cada diez metamorfos no toleran la primera mitad del proceso. 

Cuando ya no hay esperanzas ni ilusiones, abruptamente una luz diminuta se filtra entre los párpados de sus ojos cerrados y desgarra las tinieblas en las que se sumergía el muertovivo. De aquí en más, insospechadamente, el proceso se cambia drásticamente. Los músculos atrofiados esbozan fasciculaciones y pronto comenzarán a impartir movimiento sobre las articulaciones, a esta altura, anquilosadas, que crujen, ruidosas, recuperando gradualmente su arco de parábola. En ese despertar, no solo el cuerpo sale de ese letargo. Las características particularísimas van poblando, poco a poco, el alma del metamorfo. Tiene lugar una nueva individuación por medio la cual se restituye la identidad. Si la primera etapa era una emulación de la muerte, la segunda lo es de la vida: el individuo renace.

Pero todo este proceso no es estéril. El metamorfo no renace en un nivel espiritual igual al pre metamorfosis. No. Tanto infierno y tanta llama han forjado su alma, han erosionado egoísmos y miserias, dejando pulido el metal de la virtud. Es así que la metamorfosis, insospechadamente, es un mecanismo de desarrollo y perfeccionamiento espiritual preciado, por medio del cual el ser ha de alcanzar esa lejana utopía del hombre nuevo.

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Este texto pertenece a Hernán Vellmount, quien parece obsesionado con el particular, a saber: las metamorfosis. Una y otra vez se repite en textos similares, de mayor o menor complejidad, de mayor o menor elegancia literaria, en los cuales describe el  proceso de la metamorfosis. Muchos de estos textos, repetidos y reiterativos, forman parte del libro conocido como "otras metamorfosis", que algunos atribuyen a Vellmount, otros a Marino y que otros tantos refieren como una colaboración entre los fulanos. Personalmente he colaborado con algunos escritos lamentables que engordan y enferman al libro. 
Entre los textos recopilados, una de las metamorfosis más agraciadas es la metamorfosis N°239, conocida como metamorfosis tigre-abeja, un delirio de Vellmount en el que concluye que el tigre y la abeja son la misma cosa. Vaya locura. Recordemos:

"Cuando me di vuelta el fulano ya no estaba.
Cuando me di vuelta, la jaula estaba casi vacía, apenas ocupada por un zumbido prodigioso que se filtraba entre los barrotes que ya no contenían."
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Quizás una de las metamorfosis más dramáticas y crudas que se describen con detalle en el libro sea la de Víctor Manuel Nogueira, el padre de Fabricio y marido de Magdalena Petraglia:

"Una voraz transformación estaba teniendo lugar, ajena a todo lo externo, tan profunda que no era influida por los fármacos o las palabras, ni siquiera el amor de su familia pudo con frenarla"
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Nuestras obsesiones nos definen, más que cualquier otra cosa. 

Dr. Roberto Lambertucci

10 octubre, 2013

atávicos infiernos

atavicos infiernos
- Querés que vaya? - Sabés que podés contar conmigo, Laura, para lo que sea…
- Puedo pedirte algo, Hernán… una sola cosa?
- Lo que sea - Respondió seguro.
- Sabés rezar, Hernán?
Se hizo un silencio. Vellmount sintió que toda su vida pasaba por su cabeza, se apretujaba en el estrecho desfiladero de su garganta mientras se dirigía en dirección a un corazón que parecía agitado:
- Laura, no se si sea apropiado, no se si pueda...
- Por favor…

Por la noche Vellmount se sentó al borde de la cama, una luz tenue apenas se extendía más allá de la mesita de luz, se reflejaba en sus ojos e iluminaba sus manos y su rostro.
Estuvo sentado largo rato, parecía contrariado, como inmerso en atávicos infiernos.
Abrió el cajón, como con miedo. Revolvió con suavidad. Se quedó inmóvil un momento, observaba con plena atención. Retiró su mano: un rosario de madera se enroscaba entre su mano trémula.
Miró las cuentas, miró la cruz.


Alguien dice que lo vieron llorar. Otros que dormía profundamente, incluso soñaba. Sin embargo un murmullo se oyó esa noche, como un arrullo dulce que transmitía paz a quien lo escuchaba.

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06 octubre, 2013

aromas premonitorios...

Aromas premonitorios

Ayer vi a una mujer con un manojo de jazmines, esto me recuerdó a Hernán y una de sus listas:

1) En las apariciones, sean estas benéficas o maléficas, puede percibirse un aroma o mezcla de aromas premonitorio;

2) En las de orden benéfico, Vírgenes, Santos y locos el aroma a rosa suele anticipar la aparición;

3) En las de orden demoníaco (diablos, mandinga, sirenas, duendes, etc) el aroma a jazmín anticipa el encuentro;

4) Cuando se trata de una mujer hermosa, verdaderamente hermosa, el aroma puede ser el de la rosa o del jazmín... en algunos casos drámaticos una mezcla de los dos.

5) En las noches de octubre, en la Plata, el tilo embriaga los sentidos y uno sueña con santos, demonios y mujeres hermosas.

Apenas un destello

- Discusión -

- Vamos Hernán - Replicó Tellería - en qué cabeza cabe que el aroma del jazmín sea premonitorio de todo lo maligno… Uno huele la frescura de esa flor y lo último que se imagina es que a la vuelta de la esquina se va a encontrar con la luz mala. Uno espera un olor más infernal, por ejemplo aroma a coliflor con cierta reminiscencia al sulfato ferroso de los años escolares…

- Mi estimado tellería, abstraígase por un momento de todo prejuicio y tabú. Vacíese de todo contenido y de toda enseñanza y esté presto a la contemplación. No hablo de particulares, mi amigo… La vírgen, lucifer y la mujer hermosa más allá de los particulares son un milagro, un verdadero milagro. Y el aroma de la flor es premonitorio de los mismos.

- Creo entender lo que querés decir… pero un duende es un milagro, Hernán? Tu razonamiento se inclina, con cierto afecto, y amenaza con desbarrancarse…

- Amenaza con desbarrancar? Usted está sesgado por su entrañable afecto por Vellmount y eso lo hace, cuando menos, benéfico, subjetivo y un poco idiota, mi querido Carlos - Ironizó Fortunato, con una sombra de sorna en su comisura izquierda…

Hizo una pausa:



- Déjeme explicarle lo que Vellmount quiere decir. Usted y yo somos adultos serios. sin embargo vivimos buscando magia, algo que nos confirme “ese algo más” que intuimos. Usted mismo la anhela, lo he escuchado. Sin embargo nuestras desesperadas búsquedas, quizás erradas y desordenada, no lo niego, sólo nos devuelven decepciones y desengaños. El fantasma del fondo de casa no es sino una sábana, la luz que brilla en la noche no es un espectro que vaga buscando el perdón sino una lámpara que prende y apaga, la imagen en el tanque de agua no es la mismísima virgen sino una mera formación del moho ávido de humedad, las nubes no esconden mensajes, las estrellas que caen no cumplen los tres deseos e incluso las estrellas son la resaca feroz de un planeta o asteroide que explotó, no existe el príncipe azul y ella habla más de lo que uno tolera, las vacaciones son un horrible mito, no hay inmortalidad ni eterna juventud, se ha refutado el regreso y la partida… y por si fuera poco usted confirma, en el proceso de buscar, que el tiempo se pasa y que se está muriendo. ¿Quien puede tolerarlo? Hamlet, doblemente cobarde, postergó el suicidio por miedo al más allá. Pero nosotros creemos en la vida, somos fuertes, no como el melindroso príncipe, y por eso nos aferramos a la vida. Somos realistas, no lo niego, pero en el fondo seguimos buscando con una ingenuidad niña el milagro, aunque sea uno pequeñito. Y en esa no renuncia, anhelamos un destello de esa otra realidad que sospechamos. Y a este fin cualquier signo, por minúsculo que sea, es confirmatorio de todo lo demás. Va entendiendo? Una Virgen, el chupacabras o una mujer hermosa adquieren el carácter de milagro, ya que su sola existencia es confirmatoria de que Dios, la magia y los milagros no son solo un artilugio psicológico, juego o una prestidigitación y que nuestra vida no es esta mierda de papeleos y rutina que debemos tolerar. Una sola mujer hermosa es suficiente, por ella se confirma toda la belleza de la vida.

Se quedaron en silencio un buen rato.
Lescano, hizo un gesto, indicando con la mirada a una morocha en la barra.



Rieron y brindaron por tal confirmación.


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Roberto Lambertucci
6 de octubre de 2013
CABA

13 septiembre, 2013

una mina inagotable de estrellas...



¡CREER!
He allí
toda la magia
de la vida
--
Scalabrini Ortiz



Recuerdo una escena que todavía me conmueve - cuenta Magdalena Petraglia - Recuerdo al pequeño Fabricio jugando en el patio, solitario y retraído, comenzando a sentir las ausencias de Víctor, cada vez más frecuentes. 

Allí estaba el pequeño, en el pasto, jugando con una lupa y algunos fragmentos de espejo. Lo observaba, desde la habitación, lejana y callada. Estaba en su mundo, en su pequeño y maravilloso mundo de insectos y flores. En cierta forma, sospecho, era un recurso para mantenerse cerca de Víctor, un intento desesperado por llenar el vacío que al marcharse había dejado en su corazón de niño. 

Fabricio no comprendió su desaparición hasta muchos años después, ya siendo un adolescente.

Lo cierto es que estaba yo observando, observaba y pensaba en el futuro de Fabricio, como continuaría su educación, como lo acompañaría en su crecimiento sin Victor con nosotros. Yo podría brindarle todo el amor, el cariño y el afecto maternal, toda la inteligencia social. Pero también es cierto que el niño era demasiado inteligente, había sido muy estimulado por su padre, y había adoptado como vicio o virtud, todavía no se definirlo, algunas de las complejidades de Víctor que yo no podría estimular.

Allí estaba yo, en nuestra habitación, alternando la mirada entre las fotos de la mesita de luz y el patio, pensando en todas estas cosas cuando de pronto observé una sombra, que también observaba al pequeño desde atrás de uno de los árboles frutales. A pesar de su aspecto ancestral y monstruoso, eran sus rasgos: era Victor.

Hice un pequeño ruido, con los dedos, sabía que estaba atento a mis movimientos, se había convertido en una bestia y tenía todos sus sentidos. Me miró como suplicandome que lo dejara acercarse al niño. Sus ojos eran y serán mi debilidad, la bestia no había podido con ellos. Lo miré como suplicándote que se acercara. Le pedí prudencia y serenidad, no sabía como reaccionaría Fabricio. Nunca tuve miedo de lo que podría pasar, a pesar de las recomendaciones de Roberto, su amigo, sobre sus nociones de enajenación bestial en los metamorfos y sus teorías de comportamiento animal… Víctor sería siempre Victor, la bestia no tendría el poder de diezmar su corazón enorme. Llevada por esta certeza, lo inmutable de su bondad, con un gesto que él supo interpretar asentí que se aproximara.

El se acercó con el silencio y el sigilo de un depredador. Detuvo sus pasos a una distancia prudencial. Sospecho que estaba asustado, aterrado por la posible reacción del niño al verlo: su corazón que había sobrevivido a la bestia no toleraría el rechazo de su hijo. 

Estaba agitado, nervioso, por un momento creí que iba a dar media vuelta y se marcharía sin intentar interactuar con el niño.

De pronto Fabricio se dio vuelta. Se hizo un silencio proverbial. Fueron dos segundos de quietud, de inactividad, ambos se miraron, reconociéndose. Mi corazón, y el suyo también, se detuvo: ¿lo reconocería?.

El niño se levantó y ante la mirada estupefacta del monstruo, se acercó, tomó su mano y lo abrazó con la misma ternura de siempre, como si nunca se hubiese ido.

Victor buscó mi mirada, conmovido hasta su última fibra, con los ojos bestiales brillantes de lágrimas. Yo rompí en llanto, conmovida por el amor de ese niño, de nuestro hijo. Por Víctor.

Lo tomó de la mano, y sin mediar palabras lo llevó hasta el sitio en el que estaba jugando. Víctor se sentó torpemente en el pasto, intuyo que le preguntó a qué jugaba. El niño le fue mostrando los bichos que observaba, las flores y las lentes. Lo miraba con la admiración y el embeleso de siempre. Sus movimientos torpes y rústicos mutaron de repente, se volvieron suaves y armónicos, delicados y con una gracia maravillosa, eran los manos de Víctor al piano, me quedé helada, mi corazón hizo una pausa: ¿contra todo pronóstico, habría aprendido a controlar a la bestia?.

Tomó los fragmentos de espejo en sus manos, los miró un momento, como pensando. Los unió ágilmente y formó un triángulo, dejando la superficie opaca hacia afuera. Luego tomó un tubo, juntó unas piedritas, unos pétalos de flores, rompió con sus propias manos algunas bolitas de colores y las puso dentro del tubo.

Se puso de pie, era hora de partir. Abrazó al niño y antes de irse le dijo: 

- Fabri, te regalo una mina inagotable de estrellas, un babel de luceros, luciérnagas de cristal, guiños de mariposa, y en cada vuelta, toda la magia por descubrir, infinita, sin tiempo, inacabable… te quiero y te extraño.

Tomó las manos del niño y puso en ellas el tubo. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Esa fue una de las últimas veces que lo vimos.

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Caleidoscopio viene de la unión de 3 palabras griegas KALOS (bello), EIDOS (forma) y SCOPEO (observar).

Dr. Roberto Lambertucci

04 agosto, 2013

Diego A. Marino

Diego A. Marino

Intuí nuevamente que la belleza absoluta es una especie de castigo temible, una carga casi horrorosa, casi imposible de soportar, que lleva consigo la tragedia hermosa de la perfección condenada a una existencia fugaz de apenas unos cuantas horas o días.

Recuerdo que la primera vez que vi una rosa china, en el patio de casa, casi conmovido por el rojo intenso me quedé helado cuando mi madre dijo, detrás mío, que solo viviría un día. Esa fue la primera vez en la que tuve contacto con ese concepto: la belleza extrema como carga insoportable.

El viernes volvía de la facultad con el paso algo apesadumbrado. Entendiendo que por la forma en la que las nubes estaban iluminadas solo quedaba a lo sumo 30-45 minutos de luz solar. Esa certeza aumentó el tedio porque no llegaría a tiempo para salir en bicicleta. Luego de unos cuantos pasos arrastrados y habiendo descartado la actividad física nuevamente, opté por focalizarme en los eventos próximos, principalmente en la delicada reunión de esa noche.

Fue así que en entre paso y paso, mientras imaginaba las alternativas de la reunión y el tema a charlar, percibí un movimiento cerca de uno de mis pies. Cuando bajé la mirada descubrí con sorpresa que una mariposa, tal vez la más bella que haya visto de tan cerca. Estaba en la calle, sobre el asfalto helado. Con sus alas coloridas abiertas de par en par. Acerqué lentamente la mano, pensando que se iba a volar inmediatamente. Pero no fue así, solo movió mágicamente sus alas maravillosas, pero lentamente, como si fueran una carga, y se trepó a mi dedo.

No podía volar ya que apenas podía mover torpemente sus enormes alas. Apenas podía cargar ese peso.

Ahí recordé que la belleza extrema puede ser una carga intolerable. Y pronto supe que estaba muriendo aplastada por ese peso.

Decidí llevarla conmigo. Fue así que caminé hasta la fotocopiadora unas 10 cuadras con la mariposa en la mano.

Fui buscando una latita o una botella para poder guardarla en la mochilla sin dañarla. Pero no pude encontrar ni una. 

Ya en la fotocopiadora esperé las imágenes de una tomografía encefalocraneana normal, los dibujos de la correlación neuroanatómica, y el informe de la OMS, del ministerio de salud de Argentina y de México del viernes 8 de mayo sobre la gripe porcina con esa carga preciosa en mis manos.

El chico que hacía las fotocopias y otra persona que esperaba miraron mi mano y a la mariposa que en vano intentaba ocultar y en sus rostros se dibujó una pregunta que jamás vio la voz.

Fue así que llegué a casa. Casi no tenía tiempo y tampoco luz, por lo que supe que debería relegar las fotos.

La puse en la meseta del helecho serrucho, con la idea de que se mantenga fresca cerca en la tierra. Movido por cierta culpa, puse cerca una cuchara de té con miel diluida en agua y otra solo con agua… Tal vez necesitaba algo dulce.

El sábado estuve todo el día en el hospital, al llegar a la noche estaba moviendo sus alas torpemente, con una dificultad aun mayor, en el mismo lugar. Volví a relegar las fotos por la falta de luz.

Hoy domingo a la mañana apenas si movía sus alas bellas, ya no relegaría las fotos. Con la delicadeza y con el nudo en el garganta de quien acaricia a alguien que está por morir, la tomé en mis manos y me dispuse a retratarla.

Su belleza no quedaría en el silencio de una muerte anónima, tal vez destrozada por la rueda de algún auto indolente o por un pie imprudente. No lo permitiría.

Esta es una de las fotos que hice.

Esta fue la segunda vez en la volvía a rumiar ese concepto: lo efímero de la belleza extrema.
Luego de pensar un momento comprendí algo que me hizo esbozar una sonrisa.

Tuve la sensación intuición de que la osadía de ser bello es castigada con la fugacidad de la vida y que la osadía de ser inmortal se paga en ella misma también tiene su precio: su precio costo es la condena a la eternidad, una forma de horror

Comprendí que la perfección y la vida fugaz y la vida eterna son una especie de tormento o bien un castigo destinado a quien desafía las virtudes exclusivas elitistas de un Dios celoso y cristiano o bien son una forma de equilibrar las existencias de los seres.

Tanto la una como la otra llevan consigo una tragedia. La tragedia hermosa de la belleza inigualable e intolerable que en su fugacidad vive apenas unos días y muere aplastada bajo su peso específico y la tragedia terrible y bella de una vida eterna cargada de tormento de la que no hay ni habrá salida.

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10 de Mayo de 2009
Diego A. Marino
Hernán Vellmount

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Este texto fue publicado el 10 de Mayo de 2009, en la ciudad de La Plata. El texto original estaba firmado bajo el nombre de Diego A. Marino, sin embargo pertenece a Vellmount, como bien se entiende. Cuando le preguntaron a Hernán sobre este particular, respondió:

- Por supuesto que estaba al tanto de la situación, ese bastardo ha robado muchos de mis textos e ideas... incluso he visto por ahí muchas fotos de Tellería que llevan como pie una frase melindrosa ("los medios justifican los fines", por ejemplo) y la firma de este sujeto. Por años me obsesioné en dar con él, nunca pude. Las únicas referencias que encontré con respecto a él fueron falsas y solo me condujeron a callejones sin salida o lo que es peor, las que parecían pistas para dar luz a su paradero, generaban un millón de incógnitas nuevas y por resolver: de un laberinto tridimensional me transportaban a uno mucho más complejo y refinado. Nunca di con él, supe cuando renunciar a esa caza de brujas, brujas que jamás existieron ni existirán. 
Diego A. Marino no existe, ni existió. Es apenas una quimera, un delirio, una alucinación huérfana de padre y madre. 
Sin embargo debo confesar que aproveché este particular. Algunos de mis textos los he firmado con ese nombre de fantasía, un poco por juego y otro poco por necesidad. Necesidad de qué se preguntará usted. Ese sujeto, real o inexistente, ha leído cada texto y hemos sido cómplices en la lectura y la escritura, incluso me atrevo a decirlo, en algunos momentos de soledad extrema su fantasma me sostuvo la mano y me ayudó a seguir. Quise agradecerle su compañía tan cierta, pero jamas di con él, como ya dije. Es por eso que muchos de mis textos llevan su nombre. Cuales?, preguntará Ud... debo confesar que han sido tantos que lo he olvidado. Incluso al releer mis textos me es imposible decirlo con certeza. En mi obstinada búsqueda de complicidad me imaginé la personalidad de este sujeto, lo hice con tanto detalle y con tanto metódico afecto que terminé por empatizar con ella, con sus pensamientos y ocurrencias, y empecé a escribir textos fingiendo y jugando a ser Diego A. Marino. Al principio me era difícil no volcar mi propio estilo y pensamientos, pero la cosa fue mejorando. Para ver la perfección y eficacia del artilugio fui mostrando los textos a gente que suele leerme, a mis amigos y familiares y les preguntaba a quien correspondía el texto. Al principio no había dudas. Con el tiempo fueron dudando, y ya avanzado el proceso no dudaban y atribuían al sujeto cada una de mis palabras escritas bajo la máscara de su nombre. Este resultado me sorprendió. Seguí jugando un poquito y fui mas allá, me gusta la sorpresa y forzar algunos límites. El siguiente paso fue volcar parte de la personalidad y pensamientos de Marino en mis propios textos. El resultado siguió un camino similar al experimento anterior, aunque el resultado fue aterrador: eran incapaces de reconocer el autor de los textos, tantos los que llevaban mi firma como los que estaban firmados por el fulano. Tellería, frotándose la frente afirmó: 

- mmmm, la verdad que estos textos podrían ser tuyos, sin duda alguna, sin embargo luego de leer los libros que me mostraste, también podrían ser de Marino. Aunque lo cierto es que también podrían ser una colaboración de los dos. ¿Quien es Marino?
- Marino no existe - Ante la mirada confundida de Carlos, tomé los textos y me fui dando un portazo.

Usted dirá, pero no eran todos textos suyos?, y se preguntará acertadamente: qué problema hay entonces?. Lo cierto es que cuando comprendí que Marino era apenas una ficción y empecé a utilizar su nombre en mis textos y a escribir fingiendo ser Marino, sucedió algo inesperado: empecé a encontrar entres mis hojas y cuadernos textos firmados por mi y por Marino que claramente no me pertenecían. Un escalofrío se filtró por mis venas.
El artilugio fue tal, tan limpio, tan complejo y tan completo (el suyo y el mio) que hoy me resulta imposible decir qué texto me pertenece y cual es obra de este sujeto. 
Frente a este segundo misterio, los textos que recibía o encontraba entre mis cosas, retomé la búsqueda del fulano varios años después. Me sorprendí al encontrar infinidad de información, detallada y cabal... que rápidamente comprendí contradictoria. Al poco tiempo recordé lo que había sido parte de mi artilugio. Durante la primera búsqueda y por la misma razón por la que comencé a firmar mis libros como Diego A. Marino, se me ocurrió sembrar infinidad de información sobre este sujeto, información obviamente falsa, por si alguien se decidía a buscarlo.
Frente a este segundo fracaso abandoné definitivamente mi búsqueda, y preferí conservar el misterio y la complicidad.
Sospeché lo que vendría, y que usted ya estará sospechando. Intuí con una sonrisa que el sujeto había seguido el mismo proceso. Sospeché que el tipo, en un arrebato de creatividad, complicidad y sentido del humor habría sembrado infinidad de información falsa sobre mi persona, habría falseado datos, borrado otros, hasta convertirme en un fantasma, en una ficción. 
Celebré esta idea, que jamás confirmé, con un sonrisa: 

- La soledad ya no era un peso intolerable: tenía un cómplice

Hernán Vellmount
Diego A. Marino
CABA La Plata 4 de Agosto de 2013

02 agosto, 2013

atemporal

- solo he sido capaz de superar el horror del paso del tiempo entre los brazos de una mujer... 
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Hernán Vellmount

12 junio, 2013

Botella al mar N° 78

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras me dirás que te amo? 
Esto es urgente porque la eternidad se nos acaba...
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Jaime Sabines

* Vale por tu mano y la mía juntas durante el duerme vela

17 mayo, 2013

Algo sobre las expediciones polares...


XI

- Durante el invierno de 1939, que fue muy duro, mi grupo acampó en Orconte, pueblo de los alrededores de Saint-Dizier. Allí vivía yo en una granja de paredes de adobe. Por la noche la temperatura descendía lo suficiente como para transformar en hielo el agua de mi rústica palangana, y, evidentemente, el primer acto que cumplía antes de vestirme era encender el fuego. Pero este gesto me exigía abandonar el lecho en donde tenía calor y en donde me amodorraba con delicia.
Nada me parecía más maravilloso que aquella simple cama monástica, en aquel cuarto vacío y helado. Allí gustaba la beatitud del descanso después de las duras jornadas, allí gustaba la seguridad, nada me amenazaba. Durante el día mi cuerpo se ofrecía a los rigores de la altura y a los proyectiles desgarrantes. Durante el día, mi cuerpo podía trocarse en nido de sufrimientos y ser injustamente deshecho. Durante el día, el cuerpo no me pertenecía, no me pertenecía más. Podían quitarle miembros, podían sacarle sangre. Pues es también un hecho de guerra el que el cuerpo se transforme en almacén de accesorios que ya no nos pertenecen. Viene el ujier y reclama los ojos, y le cedemos el don de ver.
Viene el ujier y reclama las piernas, y le cedemos el don de caminar. Viene el ujier, con su antorcha, y nos reclama toda la carne del rostro, y nosotros, que le hemos cedido en tributo el don de sonreír y de mostrar nuestra amistad a los hombres, no somos ya sino monstruos.
En consecuencia, este cuerpo que durante el día podía revelarse como mi enemigo y hacerme daño, este cuerpo que podía trocarse en fábrica de lamentos, resulta que seguía siendo mi amigo, obediente y fraternal, bien apelotonado bajo las sábanas en mi duermevela, sin confiar a mi conciencia otra cosa que su placer de vivir, su ronroneo dichoso. Pero tenía que sacarlo del lecho, lavarlo en el agua helada, afeitarlo y vestirlo, para ofrecerlo, con toda corrección, al estallido de la fragua. Y este abandono del lecho se asemejaba a la separación de los brazos maternos,
del seno materno, a todo lo que a lo largo de la infancia mima, acaricia, protege el cuerpo de un niño.
Entonces, después de pesar bien mi decisión, de madurarla y retardarla, saltaba de golpe, con los dientes apretados, hasta la chimenea, en la que derrumbaba una pila de leña que rociaba previamente de nafta.
Luego, una vez que ésta ardía, volvía —después de una exitosa segunda travesía de mi habitación— a hundirme en mi lecho, donde reencontraba mi lindo calorcito y en donde, metido bajo las colchas y el edredón, asomando sólo el ojo izquierdo, vigilaba mi chimenea. Al comienzo casi no prendía, luego iluminaba el techo con rápidos relámpagos y más tarde el fuego comenzaba a instalarse dentro de la chimenea como si una fiesta se organizase. Comenzaba a crepitar, a roncar, a cantar. Era alegre como un banquete de bodas campesinas, cuando la gente comienza a beber, a acalorarse, a darse codazos. O bien me parecía que ese mi fuego bienhechor me protegía como un perro ovejero activo, fiel y diligente, que cumplía cabalmente su misión. Al contemplarlo sentía un sordo júbilo. Y, una vez que la fiesta estaba en su plenitud, con aquella danza de sombras en el techo y aquella cálida música dorada, y en los rincones se levantaban ya construcciones de brasas, una vez que mi habitación se había impregnado de aquel mágico olor a humo y a resina, entonces abandonaba yo de un salto a un amigo por el otro, corría de mi lecho a mi fuego, iba hacia el más generoso, y no sé muy bien si me asaba allí el vientre o me calentaba el corazón. Entre dos tentaciones había cedido cobardemente a la más fuerte, a la más rutilante, a aquella que, con su fanfarria y sus relámpagos hacía mejor su propaganda.
Así, por tres veces, primero para encender mi fuego, acostarme y volver a recoger la cosecha de llamas, por tres veces, castañeteándome los dientes, atravesé las estepas desiertas y heladas de mi habitación y supe algo de las expediciones polares. Había andado a través del desierto hacia una escala de bienaventuranza, que danza ante mí, para mí, su danza de perro ovejero.
Esta historia parece insignificante, y sin embargo era una gran aventura. Mi habitación me mostraba en transparencia lo que jamás hubiera podido descubrir allí si hubiese visitado alguna vez la granja en calidad de turista. Sólo me hubiera entregado entonces su vacío banal apenas poblado con una cama, una palangana y una triste chimenea.
Hubiese bostezado allí unos minutos. ¿Cómo hubiese yo podido distinguir sus tres provincias, sus tres civilizaciones, la del sueño, la del fuego, la del desierto? ¿Cómo hubiese podido presentir la aventura del cuerpo, que es al principio un cuerpo de niño colgado del seno materno, acogido y protegido; luego un cuerpo de soldado, hecho para sufrir; luego un cuerpo de hombre enriquecido por la alegría de la civilización del fuego, el polo de la tribu? El fuego honra al huésped y a sus camaradas. Si visitan a su amigo participan de su festín, arriman sus sillas a la de él, y, al hablar de los problemas del día, de las inquietudes y los quehaceres fastidiosos, dicen mientras se frotan las manos y cargan la pipa: “¡Pese a todo un fuego es agradable!”


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Piloto de Guerra - Antoine de Saint Exupery

08 mayo, 2013

una libertad mucho más grande


Camino al Gólgota, el Cristo se encuentra con su madre, es la cuarta estación.
Momento de intensa humanidad.
Se miran con una calma conmovedora, una calma que sólo puede surgir de un alma integra.
Sus mejillas brillan. Está llorando. Son lágrimas de madre. Un llanto calmo. Así lo imagino.
Aprieta los dientes, como tomando coraje y mira por primera vez al hijo de hombre, llagado y humillado.
Reconoce a su hijo en los ojos. Su pequeño: es madre por sobre todo. Un huracán arrasa su alma, reniega en silencio, reprocha en silencio, quizás proteste por esa elección... pero en medio hay una libertad mucho más grande que su apego: se mantiene inmóvil...
El Cristo busca sus ojos: es hijo sobre todo.
Ella encuentra sus ojos. Hace de tripas corazón y en un acto majestuoso de amor, respeto y libertad... ella asiente y acompaña.


A empujones lo obligan a seguir: hay un destino que cumplir.
Se miran en silencio por un instante, por unos pasos...
Ahora retoma el caminar, con la fe y la convicción renovada: no está solo en su camino a la Cruz.



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El texto pertenece al libro El camino a la Cruz de Hernán Vellmount. El muy anacoreta, siempre se fastidiaba de las representación del Via Crucis... Sobre todo en la cuarta estación. Donde suele representarse a una María fuera de sí, con un llanto espamentoso y cinematográfico, que invita más a comer pochoclo que a la piedad y la reflexión. Solía decirnos, ya dando media vuelta:



- Es un llanto calmo, muchachos, esto es una porquería sensacionalista... vamos a tomar un vino.



Y nosotros asentíamos.



Roberto Lambertucci

02 mayo, 2013


Lo cierto es que Fabricio sentía una fascinación particular por las metamorfosis. Por las inmensas y, principalmente, por las minúsculas. Quizás influencia de su padre, quizás rareza propia... quien sabe.
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Del libro Otras metamorfosis de Hernán Vellmount

30 abril, 2013

Petitero



Si bien difundido ampliamente por las vecinas de barrio, la mary principalmente, el adjetivo calificativo petitero es bien porteño, aprendamos:




"petitero" en glosario de jergas y modismos de Argentina:

(pop.) Petimetre, amanerado, joven elegante, afectado/ concurrente asiduo al desaparecido Petit Café situadoo en la avenida Santa Fe, próximo a avenida Callao, en su mayor parte domiciliados en el barrio Norte y pertenecientes a clases adineradas.(1)


El adjetivo petitero debe utilizarse con un tono de voz más bien agudo, algo así, muy bien. Debe dejarse entreabierta la boca, fruncir el pico, permitir cierto grado de prognatismo voluntario, llevar los hombros hacia atrás (suelen usarlo vecinas con una caja resonante generosa), se debe perfilar la cabeza, fruncir el ceño y finalmente, mirar con el rabillo del ojo, desde arriba y con los ojos bien abiertos. No se olvide de levantar las cejas, por favor. Hecho esto, ya está listo para ser usado.
El adjetivo suele utilizarse, no sin cierta sorna, para describir cosas bellas, simpáticas podríamos decir, y que denotan cierta ostentación, del poseedor, y cierto recelo encubierto del que recita.

Ejemplos de uso:

(no olvidar la voz aguda)

- Pero que zapatitos más petiteros lleva puestos la señorita (no olvidar la voz aguda)
- Es un joven tan petitero (no olvidar la voz aguda)
- Hay pero que primor, Marta, que vestido tan petitero (en su defecto: mono) lleva ludmila


(no olvidar la voz aguda)


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Tomado del diccionario de Dichos de Barrio y otros modismos de Hernán Vellmount.



Fuente: 
(1) http://que-significa.com.ar/significado.php?termino=petitero

13 abril, 2013

un juego muy serio...

un juego muy serio...

- Por aquí caballeros, salgamos a disfrutar de éste día de sol - Fortunato abrió una puerta y con un ademán los invitó a sal

Diez hombres alineados y condenados, Temerosos, en el rostro y en sus gestos se percibía desconfianza.

- Los invito a jugar, muchachos - Señaló el piso con una de las manos, mientras con la otra escondía la ballester molina bajo el saco.

Los hombres lo miraron con desconfianza y encono.
Leyendo sus ojos, anticipándose, dijjo:

- Vamos, muchachos!: lo juegan mis hijos... uno tiene que permitirse el juego, aunque el resto del tiempo sea un adulto promedio y de lo más respetable... es decir un ser despreciable.

Hizo silencio...

- Siempre me fascinó la rayuela, sus insinuaciones filosóficas, su alusión a la metáfora del Dante: el hombre que empuja la piedra de su alma, mientras salta a pata coja por 9 mundos sucesivos  nueve mundos colmados de austeridad y obstaculos... y como premio a la convicción y fortaleza (espiritual) le espera el cielo, mi amigo... que más se puede pedir...

Volvió a callar y agregó:

- Bella metáfora... - Hizo una pausa...

- Entre el cielo y la tierra tiene un lugar un juego, uno muy serio: la vida misma...

- No me miren con esa cara, muchachos... ¿Están hartos de palabrería? ¿De que un hijo de puta les hable sobre la vida y la divina comedia en un domingo de sol?... Son reos muchachos, ustedes eligen: una bala o los nueve círculos... Son reos muchachos, porque eligieron serlo. Usando la virtud suprema de su libertad, decidieron robar la vida o la inocencia de gente que no es como nosotros, robaron la vida o la inocencia de gente buena. Sus actos ya pasaron, son irreversibles, es hora de ser responsable de los mismos y sobre todo de tolerar y cargarse al lomo sus consecuencias.


Uno de los hombres se quiebra, rompe en llanto, cae al piso, se contorsiona, parece ahogarse en un mar de angustia y desesperación.
Nadie se acerca.
Fortunato, se arremanga, y camina hasta su a su lado. Agarra una de sus manos y lo consuela. Lo acompaña mientras recupera el aliento.

- Gracias - Dice el tipo con la voz gangoza después del llanto.
- Faltaba más, amigo...
- Venga por aquí, por favor...

Lo ayuda a ponerse de pie y lo guía hasta la rayuela dibujada en el suelo.


- ¿Qué es el cielo para Uds., mi amigo? - Señalando el número 10 del diagrama.
- Mi libertad - Respondió sin titubear

Fortunato esbozó una sonrisa:

- Eso me gusta

Rodeó el dibujo en el suelo, tomó una tiza y luego de tachar cielo escribió LIBERTAD.

Recogió una piedra y la arrojó a Santiago, que seguía moqueando:

- Juegue mi amigo - juegue por su libertad.

Sin preguntar arrojó la piedra que cayó dentro del cuadrado con el 1:

- Dos, tres, cuatrocinco, seis, siete, ochonueve, diez... giro, ochonueve, siete, seis, cincocuatro, tres, dos, levanto la piedra, uno.

Fortunato asiente con una sonrisa.

Vuelve a tirar la piedra que cae en el centro del 2: uno, tres, cuatrocinco, pisa una línea...

Un estallido los estremece, sacude sus oídos.

Santiago se desploma, se sacude hasta que su mirada de perro triste se extingue en la nada misma.
Están congelados, el horror volvió a ellos como un Boomerang y ahora se les clava como alfileres bajo las uñas.

- En el juego de la vida, muchachos, quien acepta jugar ha de aceptar, sin protestas, que ha de morirse...


Fortunato se aleja. Se lava la cara: El domingo apenas empieza.



Toma la pequeña mano de su hija, Clara. La carga en el aire y gira, giran bajo el sol de la mañana. Las risas de la niña conmueven su alma e iluminan sus ojos de hombre viejo.
Están en parque centenario. Caminan de la mano, jugando a pisar los parchecitos de sol, evitando caer en los parchecitos de sombra.

La niña se detiene, tira del brazo de Fortunato llamando su atención.

Señala el suelo: quiere jugar a la rayuela.

- Papi, papi, me enseñás a jugar, papi! - en sus ojos, la ilusión hace chispas de mil colores.

Fortunato sienta a la pequeña en su falda y acaricia su cabello ondulado y del color del sol. Le habla del Dante, de la tierra y el cielo, le habla del hombre, de la vida y la muerte, le habla de actos, consecuencias y responsabilidades... le habla de libertad... le habla de la rayuela:

- Dos, tres, cuatrocinco, seis, siete, ochonueve, diez... giro, ochonueve, siete, seis, cincocuatro, tres, dos, levanta la piedra, uno.

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Fragmento de "La Mafia me lo enseño", la autobigrafía de Luciano Fortunato, confinadas y escritas por el Dr. Roberto Lambertucci. 

12 abril, 2013

Trenque querido


Hoy es el aniversario de la ciudad en la que nací, que cobijó mi infancia y nutrió mi adolescencia.

Ciudad en la que todavía quedan medianeras bajitas, por donde los vecinos se prestan el diario, charlan e incluso se comparten un mate.

Pueblo todavía con mañas de gran urbe.

Ciudad de limpias avenidas y floridas ramblas.

Cuanto recuerdo niño de colonia de vacaciones en Barrio Alegre y Argentino.

Cuanta tarde de pileta y cuanto sol en el Sindicato del Seguro y Ferro.

Cuantas hamburguesas con amigos y cuanta caminata en ese parque, de infinitas estrellas en el anfiteatro.

Cuanto chicle y cuantas colas para el cine barrio alegre.

Origen de la vauquita y del dulce de leche Cauca, de los alfajores Caldentey!

Cuna de gente sorprendente, de algunos tipos locos que, por ejemplo, de la basura te sacan cimientos, o bestias que de un cañonazo hacen sonar a su ciudad en el otro extremo del globo.

Las concurridas tardes de farmacia mayo y Electroshow.

Qué decir del CEF N° 18, donde Sergio Aristimuño, era profesor y amigo, de las tardes y de la gente linda que ahí conocí.

Cuanta añoranza hoy lejana del altruismo noble de un nuevo sol.

Cuanto nostalgia de club progreso, donde Poroto Abasolo desentrañaba, por amor al arte, los secretos y las mañas de la pelota a paleta a un grupo de adolescentes revoltosos.

Cuanto Dige y cuanto “Promo” se me amontonan en la memoria. De mañanas milagrosas en las que Marcelo Broca se esforzaba en enseñarnos historia, de Estanislao y sus Aldehídos, de los recreos y los sanguchitos de la normi.

Desde lejos se te recuerda aún más linda, casi perfecta, casi redonda. Se te recuerda como siempre te supe querer, como si nunca me hubiese ido.

Feliz aniversario, Trenque querido

09 abril, 2013

preguntarse

"Es necesario desarrollar una pedagogía de la pregunta. Siempre estamos escuchando una pedagogía de la respuesta. Los profesores contestan a preguntas que los alumnos no han hecho."
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Paulo Freire

31 marzo, 2013

Misa Pascual


Ya no soy cristiano, hace años que no voy a misa y quizás uno de los pocos temas pendientes que tenga con el clero propiamente dicho sea romperle la crisma a un sacerdote platense, de San Ponciano, y tener un diálogo filoso con otro curita de Trenque Lauquen.



- Si creo en Dios?



No lo se: si puedo decir que hoy creo en los hombres. Del fanatismo cristiano, por la lectura y la reflexión, quizás por necesidad, me he convertido en un humanista apasionado y racional. He transitado el ascetismo y en el pináculo de mi gris escepticismo rocé la misantropía. 
No vaya a creer que me jacto orgulloso... pero uno va creyendo en lo que puede y según su estado afectivo emocional se lo permite.
Sin embargo, siempre, siempre creí en los símbolos.
Ayer, durante la misa pascual, se repitió uno que siempre me ha conmovido en lo más profundo, por el contenido moral y humano que intuyo en él.

Durante la misa pascual, se parte de una oscuridad absoluta, a partir de un fuego inicial que se enciende (este año en las afueras de la parroquia), el sacerdote con una vela toma una pequeña llama y enciende el cirio pascual.

Intuyo una sombra: Nogueira toma una vela, nadie lo nota.

Aquí viene lo maravilloso. A partir de una única llama, poco a poco, la gente va “compartiendo ese fuego”. En un gesto recíproco de solidaridad, humildad y confianza, vela a vela, gente a gente se van encendiendo mutuamente. (1)

Yo observo anónimo. No pertenezco al grupo.

Los fieles avanzan hacia el interior de la parroquia, protegiendo y cuidando esa frágil luz con sus propias manos. Cantan una estrofa que se repite: esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar...

Se lo que sigue: había olvidado cuanto me emocionaba este momento particular.

Ingreso al tempo. 

Me sorprendo: Vellmount, genuflexo, está conmovido... moquea como un chico.
Me sonrió cómplice y tierno.

Ya adentro se produce la parte final de este gesto, poco a poco la oscuridad del lugar se va llenando de lucecitas, primero aisladas, ocasionales, perdidas que apenas desgarran la oscuridad del lugar. Me acuerdo de Galeano y su mar de fueguitos.

Mi respiración se vuelve irregular, creo llorar en la oscuridad.
Poco a poco, luz a luz, el templo frío e inmenso se ilumina con una luz cálida, que se nutre en un sentimiento de fraternidad y solidaridad de la gente toda, incluyéndome.



La pascua... la pascua está cumplida. Aleluya.


Dr. Roberto Lambertucci

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(1) Pensaba en decir “en un desinteresado gesto”... pero es todo lo contrario, este gesto no tiene la pasividad del desinterés, es en extremo activo e implica necesariamente el interés por compartir y recibir esa chispa de vida.

27 marzo, 2013

re-crearse

"El estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros leídos en un semestre. Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas"
---
Paulo Freire

14 marzo, 2013


"La educación no cambia el mundo,
cambia a las personas que van a cambiar el mundo"
---

Paulo Freire


05 marzo, 2013

La máquina de autorretratos

La máquina de autorretratos

Tellería, en su alquimia había fabricado una máquina de autorretratos. Refiriéndose a ella, dice en su libro "esse est percipi aut percipere":

"Su refinado mecanismo funcionaba a la perfección: uno se ponía ante la cámara, a un metro y poco más, y por medio de un cable prolongador se accionaba el gatillo. El resultado era siempre asombroso. Cada foto era la de un paisaje o el retrato de otra persona, incluso algunos días manos, atardeceres y rosas componen caprichosamente la escena".

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Extrato del capítulo 23: Filosofía y fotografía, en "Esse est percipi aut percipere" de Carlos Alberto Tellería. Buenos Aires. Editorial Elsa Tori. 1° Edición. 1953.

28 febrero, 2013

0,03%

0,03%

Me cansé del caos, Hernán, esos gráficos me aturden un poco. Prefiero, ahora, considerarlas coloridas mariposas.

- Querés algo dulce - Preguntó Vellmount

- Si... quiero... quiero nueces con dulce de leche - sonrió con sorna, algo burlona.

Hernán se dirigió a la cocina.

- Vamos Hernán... ¿Cual es la probabilidad de que haya nueces en una casa y, particularmente, en tu casa?


Hizo silencio y agregó:

- Siendo optimistas y si ninguna de tus mariposas agita sus alas, creo que existe apenas un 0,03% de probabilidades...

Hernán sonrió mientras sacaba una bolsita de nueces de un recipiente de cristal.
Ella sonrió:

- Sos dulce de leche, Vellmount

- Y vos nuez, cotsita - Dijo sonriendo

- Oportunamente masculino y femenino: el dulce de leche y la nuez tienen que juntarse.







Y el dulce de leche y la nuez, juntos, fueron más que la suma de sus soledades individuales.

enredados

Enredados

Una vez alcanzada la adultez, ya invisible, Nogueira sintió que debía retomar el juego.
La diversión es tan subjetiva como los seres. Sin embargo suele suceder que los espíritus más refinados y excepcionales, casi siempre nostálgicos, prefieren las pequeñas picardías y las humildes víctimas, esas que son propias de los niños.
Tocar timbre, robar fruta, enlazar cordones, poner cinta adhesiva en el timbre, el balde con papel picado en el umbral de la puerta... eran algunas de las humildes diversiones de grandulones como Nogueira.

Con los años fue perfeccionando sus juegos. Aunque anónima e inocente, alcanzó una fama, cuando menos, universal, con el ejercicio de su acto más refinado y secreto:



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- Vamos, que Usted me entiende. Cuantas veces al abrir la mochila o el bolso ha encontrado la obra de Fabricio y se ha pasado horas y horas desatando aquellos nudos proverbiales. Al principio me enfadaba enormemente este jueguito particular. Por la precisión, la puntualidad y la mecánica regularidad supuse una voluntad detrás de aquellos embrollos: el azar no es capaz de tales complejidades. Creí comprender que había un duende que solo se dedicaba, a tiempo completo, a enredar los cables de los auriculares y esto me daba bastante miedo. Luego, cuando supe lo de Fabricio, al ver la maraña de cables no podía sino sonreír cálidamente.

De las crónicas del Dr. Lambertucci.