28 septiembre, 2012

Hoy se que nada en el mundo repugna tanto al hombre 
como seguir el camino que ha de conducirle así mismo.

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Demian - Herman Hesse
(Editorial arenal, p. 29)

16 septiembre, 2012

Roberto Luis Lambertucci

roberto lambertucci

Luis Roberto Lambertucci, mejor conocido por Dr. Lambertucci o Roberto Lambertucci fue un ser humano promedio. Promedio en el jardín, promedio en la primaria y en la secundaria, claro está que no modificaría esa tendencia en la facultad de medicina de La Plata. Se esforzaba plenamente en cada jornada, de sol a sol, sin lograr resultados sobresalientes. A pesar de esa mediocridad reiterada, Lambertucci no se resignaba y soñaba con alcanzar el reconocimiento que viene de la mano del éxito. Como buena parte de las personas, Lambartucci soñaba con ser un triunfador. Y también como buena parte de las personas no lo logró... apenas le alcanzó para tres módicas cuotas: especialista en medicina interna, nefrología e infectología.
Ejercía la medicina con pasión, es cierto. También es cierto que gracias a sus lecturas de psicología y literatura universal, ayudado por cierta sensibilidad abrumadora para intuir al ser humano y su alma, lograba gran empatía con los pacientes a quienes ayudaba y prestaba un oído.

Había logrado estabilidad económica, una casa, un medio de transporte, había logrado cierto renombre de gran semiólogo, era querido por las personas con las que trabajaba y por sus pacientes. Sin embargo Lambertucci estaba vacío.

Por miedo o por mediocridad continuó ejerciendo la medicina, sin bajarse del carro para ver lo que estaba pasando que le impedía su bienestar.
La monotonía y la estabilidad continuaron, día a día, minuto a minuto.
Hasta que un día todas sus certezas, que ya se tambaleaban, se vinieron a pique: Laura se cruzó en su vida.
A pesar de su corta edad, en esa mujer se conjugaban todas las mujeres.
Sin entender el por qué, Lambertucci se fue volcando poco a poco a la escritura. Siempre había sentido un primitivo placer al lograr un texto de estética cierta. Sin embargo jamás le había dedicado tiempo, en parte por su mediocridad y en parte por el desaliento de todos sus allegados que no veían en sus textos más que un divertimento para el tiempo de ocio.
Catalizado por el misterio y la belleza, Lambertucci fue alejándose de los rigurosos confines del mundo aristotélico en el que había aprendido a vivir. Pronto todas las columnas del templo, junto con las certezas, fueron cayendo una a una. Sin certeza alguna, desconcertado, estaba ahora listo para sentir, para ser libre.
Por medio de Laura descubrió a Vellmount, Tellería, Lescano, Nogueira, Theodore Brodsky, al hombre excepcional, entre otros tantos. Quienes más tarde llenarían sus hojas.

Laura, errática y desquiciada, se fue o se irá.

Pero las cosas ya estaban encaminadas.
Sin darse cuenta las letras fueron llenando cada vez más fragmentos de su día. Bajo los fragmentos de su viejo ser fue renaciendo el cronista.
A los 45 años dejó de ejercer la medicina para dedicarse de lleno a sus crónicas. Según dicen compró una pequeña casa en Córdoba o San Luis, con una chimenea, cerca de un río. Desde el anonimato y la paz escribe sus crónicas mediocres, crónicas que se han dado a conocer como el arte de la invisibilidad.


Dr. Roberto Lambertucci
Los orígenes - El arte de la invisibilidad

acrobacias en el aire

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Recuerdo la primera vez que Vellmount vio acrobacias en tela. Se quedó congelado, inmóvil... Seguramente su corazón de niño estaba conmovido.
Recuerdo que se sentó y estuvo horas observando, anónimo, las piruetas que ejecutaban los artistas bajo una cúpula salpicada de sol y de nube.

Cuando los ojos de Velmount adquieren ese brillo... uno sabe que debe sentarse a esperar: uno aprende a conocer a los niños. Lescano había seguido “su rumbo”, estábamos solos:

- El tiempo del mundo es nuestro, mi niño - Murmuró Carlos, y esbozando un sonrisa se sentó al lado del niño Vellmount.

Telas amarillas, azules, rojas y naranjas adornaban aquella tarde de septiembre, se agitaban al viento, contorneándose en espirales de delicadeza y suavidad.
Los artistas ejercían su arte con la mayor seriedad.

Sin mirarme me tomó de la mano, casi temblando:

- Tellería estás viendo? No solo se trata de desafiar a la gravedad y con ella a toda la física. Se trata de dominarla, de hacerla tu amiga, de volverse cómplices y así lograr el más alto principio al que el ser humano pueda aspirar, el principio por excelencia: la belleza. La naturaleza y el ser humano olvidan, por un momento, sus rencores y nos regalan la belleza en una forma, , en el movimiento armónico, en el balance justo entre el caer y el subir, entre fuerza, elasticidad y gracia, la alternante precisión entre sujetar y soltar, nos regalan la estética inmaculada. Danzan en el cielo, Tellería, eso hacen.

Hizo un silencio.

- Danzan en el cielo, danzan en el cielo y nos regalan belleza. Son, a su forma, dioses y nosotros sus testigos... testigos de la belleza.

Se recostó sobre la hierba y siguió observando con esa mirada que todo lo penetra. Me recordó, como tantas otras veces a Oscar Wilde, esta vez por su obsesión por la estética, por los sentidos, el alma y la reciprocidad entre ellos.


Roberto Lambertucci


"La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación."
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"Sólo los sentidos pueden curar el alma, igual que sólo el alma puede curar los sentidos." 

O. Wilde

10 septiembre, 2012

no existe tal lugar...

no existe tal lugar

En cierto momento, Tellería y Vellmount se alejaron del grupo. (1)

El atardecer pintaba de rojo las laderas de las montañas, los colores se fueron apagando adoptando las tonalidades de la más rigurosa nostalgia. Las aves ensayaban su trova vespertina.
Tellería se desvió, mientras Hernán siguió descendiendo siguiendo una dudosa huella.
De pronto se abrió el paisaje ante sus ojos. A lo lejos se veía la ciudad de Capilla del Monte, desdibujada por una bruma como la que distorsiona los horizontes.
Delante de si vio a una mujer entrada en años, que descendía con cierta dificultad ayudándose con un palo que servía de bastón. Era seguida por un pequeño perro.

El viento dejó de soplar y el alma pareció apunarse de repente, como si con cada respiración se ensanchara, desbordando los límites de la jaula torácica.
Vellmount aceleró el paso, haciendo alarde de cierta jovialidad.
Se acercó a la mujer y ante la mirada desconfiada y algo escéptica, le tendió la mano en un gesto solidario.

La mujer se quedó quieta, con la mirada fija, resaltando el silencio que llenaba el paisaje.

- Regresando, Sra.? - Preguntó Vellmount, para romper el silencio.

Con una voz serena, erosionada por la vida, respondió:

- No existe tal cosa, Vellmount... Usted lo sabe muy bien.

Un frío recorrió de pies a cabeza invadió a Vellmount que solo pudo callar.

- Vamos, por qué la sorpresa... acaso cree que solamente ustedes anhelan la utopía del regreso? Al igual que ustedes, durante mi vida casi no hice otra cosa que ensayar el retorno, sin embargo jamás regresé a ninguna parte. Es cierto que se dicen cosas. Algunos hablan de humildes y casuales episodios, sin embargo los relatos están llenos de imprecisiones y lagunas que no hacen más que transformarlos en parte de una ficción universal.

Vellmount se sentó.

- A ver, por qué la sorpresa, mi querido Vellmount. Me mira como si estuviera viendo al mismo diablo. Y tal vez lo esté haciendo, quien puede afirmar lo contrario? Mire, ve aquel pueblo - hizo un gesto con la mano izquierda - he partido hace varios días, cuando alcance su umbral el aroma será otro, las hojas en las plantas se habrán vuelto amarillas o bien se habrán caído, el viento habrá borrado las huellas de aquel perro con el que jugué, que ya no está en la esquina en la que lo recuerdo, mi querido Juan dormirá otro sueño y las arrugas de su rostro tendrán otra sombra, apenas quedarán unas migajas de la torta que dejé sobre la mesa, las sábanas tendrán otro aroma y las flores y las abejas otros colores y otros sonidos. Entonces: ¿Como puedo hablar de regreso? Es impensable. Esas cosas, ínfimas o magistrales, fueron las coordenadas que definieron mi vida en ese instante preciso.

- Tiene razón, no he hecho otra cosas que buscar el regreso. Siendo consciente de esto y para evitar decepciones uno podría decir que solo nos queda la partida.

- Al parecer la sorpresa y el cansancio están volviendo obtusa a su cabecita de novio. La falta de decepciones muchas veces habla un conformismo aburguesado, de falta expectativas, de sueños, de ilusiones, incluso de utopías... Usted no quiere eso. La decepción, muchas veces acompaña a las almas nostálgicas y es uno de sus motores. Por otro lado por las mismas razones por las que es imposible el regreso, la partida es otra mera ficción. Prácticamente podríamos decir que no se puede regresar a ninguna parte ni partir hacia ningún lugar.

- Honorable mujer, sus reflexiones me confunden (2)

- Usted ya estaba confundido, mi querido Vellmount - Ni la partida ni el retorno son factibles, por lo que comprenderá que lo único que nos queda es ésto.

Hizo un gesto y agregó:

- Solo nos queda el camino

Vellmount sintió un ruido y al girar la cabeza vio a Tellería. Cuando volvió a mirar la vieja ya no estaba.


Roberto Lambertucci


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(1) También es cierto que el descenso se había vuelto cansador, que la luz de atardecer embriagaba sus rústicas almas y que quizás se hayan extraviado tras un canto de sirena, persiguiendo una sombra fugaz. Quien sabe, quizás tan solo sea el delirio o el sueño de éste que escribe que a su vez también sea apenas el sueño de otro que sueña.

(2) Vieja de mierda, usted está loca.