29 enero, 2012

concierto de sensaciones...

Se depositó sereno en el asiento trasero del taxi. 
Al hacerlo olvidó sus cotidianas paranoias y aflojó el cinturón. 
Sin saberlo se había predispuesto al goce y al disfrute. 
Poco a poco el auto fue acelerando y el hombre extraordinario fue sumiéndose en un éxtasis maravilloso. 
Las motos se deslizaban con una armonía suave y sigilosa.
Las gotas de lluvia mojaban su brazo, que apenas atinaba a asomarse por la ventanilla. 
Sonaba Charly y todo, todo, se había vuelto bello. 
Los ruidos estridentes de la ciudad danzaban en sus oídos embriagados. 
La gente y su mímica era todo un deleite. 
Las contorsiones del taxi fueron un suave arrullo, que aumentó exponencialmente el milagro.
Supo que el mundo estaba en sus pequeñas manos.
El auto se detuvo, pagó y bajó sin mirar atrás. 
Ahora se lo ve, parado, mirando el piso mientras espera el ascensor.

25 enero, 2012

ineludible soledad...

[...]

Y ante la mirada congelada de Adolfo, Vellmount siguió hablando:

- Usted, Lescano, potencialmente podría seducir y enamorar a todas y cada una de las mujeres que pretenda o lo pretendan... Incluso me animaría a decir que ya lo ha hecho. Es por eso, mi amigo, que ha de estar condenado a la más austera y rotunda soledad. 

[...]

Fragmento de una calurosa charla que mantuvieron Adolfo Lescano y Hernán Vellmount, recopilada para el arte de la invisilibilidad por el Dr. y Biógrafo Roberto Lambertucci.

06 enero, 2012

el último adios...

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Fue cayendo, como cae una hoja seca.
Describió un espiral de decadencia.
Cuando abrió los ojos estaba sumida en el mismo infierno.
Comenzó a cerrarlos y, justo después de una lágrima, supo que la paz comenzaba. Larvada y con retraso pero al fin llegaba.
Bailó entre las llamas que devoraban su carne, ahora inmune. Giró, giró mientras cantaba y bailaba.
Un doble camino carmesí y ensortijado fue dibujando, fue salpicando.
Una música celestial, supuso Mozart, adornaba aquella mañana.
Los colores renacieron fugazmente.
La textura de los pétalos de rosa la conmovía.
Lloró o siguió llorando.
Sintió su aroma que le recordó a santidad, a su primer amor, y…




Vellmount, desconcertado, sostiene una rosa.