15 diciembre, 2012

botella al mar...



Sabido es que se hacen locuras y estupideces por amor: tal vez las únicas justificadas y nobles.

Vellmount, por ejemplo, tiraba una botella al mar cada día en la forma de pequeños papelitos que llegaban a su destino, Bárbara Simini, por las vías menos esperadas.
En el papelito una frase resumía un concepto charlado, una complicidad compartida o un simple halago a la solemne belleza de la morocha.
Vellmount había sobrevivido a los labios de Bárbara, como lo había anticipado Luciano. Sin embargo, como es sabido, no se sale ileso de tales empresas.

El pobre diablo, ya con el amor hecho pedazos, realizó puntual y voluntariamente dicha tarea por años y años con la esperanza de que llegaran a Bárbara y ella sonriera... ya que su sonrisa era su esperanza.

Cuando ella se alejó, y los papelitos comenzaron a acumularse en los cajones de Hernán, éste comenzó a tirarlos al viento o al agua con la esperanza de que las corrientes los llevaran a destino. Había olvidado, quizás por amor, la indolencia de la naturaleza.

Hay quienes recuerdan algunas tardes de diciembre en las que el cielo se nublaba súbitamente y los niños jugaban, girando y girando, bajo aquella lluvia de papeles.

12 diciembre, 2012

Otras metamorfosis


Nada es todo, todo es nada.
Nada es lo que dice ser pero a la vez lo es todo.
Soy todos los hombres por lo cual no soy ninguno ninguno de ellos
Siendo todos los hombres la amé con mi amor
y con todos los amores
propios de todos los hombres y todas las mujeres que soy.
La amo a ella
y en ella las amo a todas
porque todas son ella
y sin ella todas son nadine
y yo ya no soy.


Así abre Lambertucci el libro o capítulo llamado Otras metamorfosis.

En este se reúnen muchas de las metamorfosis que vieron su luz en el arte de la invisibilidad. Es, quizás, uno de los libros más fascinantes y misteriosos de estas crónicas.

Aquí, por ejemplo, en un proceso dramático y colmado de metáfora un tigre de Bengala se transforma en abeja, la abeja se transforma en dos hombres, un niño y un adulto, y una mujer se convierte en todas las mujeres.
¿Qué es lo real si una abeja insignificante es o fue en realidad un inmaculado tigre de Bengala?
En una metáfora casi onírica, Lambertucci, se atreve y pone (o dice poner) en tela de juicio los límites de la realidad.

El bastardo dice, sin titubear:

- Si una cosa determinada puede cambiar a cualquier otra se podría afirmar que todas las cosas son la misma cosa. Por otro lado, si es un proceso limitado, y en cierta forma selectivo, y la metamorfosis sólo es factible entre cosas que tengan un algo en común y evidente, un tigre y una abeja, se podría afirmar que todas, o casi todas, las cosas son la cosa misma, cosa que trasciende al felino y al insecto.

Lambertucci se pregunta sobre la esencia:
- ¿En la metamorfosis tigre-abeja, abeja-tigre el ser existe inicialmente como tigre y se transforma en abeja, es siempre un tigre (incluso en su estado de abeja), ha sido siempre una abeja (incluso en su estado de tigre), es esto insignificante y en realidad es algo más que trasciende a la misma cosa: es algo con rayas negras y anaranjadas que hoy llamamos tigre y mañana abeja? No lo se.

Finalmente el pensamiento de Lambertucci se fue a la mierda desbarranca y sus procesos cognitivos transitaron las autopistas mismas del delirio y dice:

- Si estos cambios impensados plantean cierta plasticidad recíproca de la materia, haciendo sus límites al menos dudosos, la situación se vuelve aún más compleja en las cuestiones no materiales, como las morales y sociales donde los límites muchas veces representan un mero y necesario capricho, apenas un ardid social, un recurso que protege contra la sensación desagradable consecuencia de la conciencia de que vivimos en la incertidumbre y en un eterno caos.

Otras metamorfosis

Metamorfosis N° 239

Me senté junto a un hombre de extraña mirada.
Intuí su ceguera por un bastón y otros universos por su mirada.
Era como una anacronismo.
Luego de mirarlo largo rato, me animé y empecé a preguntar:

- Usted es...

No pude terminar la frase. El hombre me interrumpió con un gesto, señalando la jaula del tigre de Bengala.

- Vamos a presenciar un prodigio - Profetizó el fulano.

Observamos los movimientos armónicos del animal largo rato, sin embargo ni el más bello de sus saltos eran una verdadera profecía.
El hombre se puso de pie, dispuesto a marcharse.
De pronto un silencio nos invadió, un extraño resplandor tan suave como el jazmín acarició mis ojos dormidos, y una brisa serena apenas agitó la hojarasca.

- ¿Lo ha observado, Vellmount?

Yo estaba congelado del pasmo.

- Otra de las metamorfosis... - dijo.

Cuando me di vuelta el fulano ya no estaba.
Cuando me di vuelta, la jaula estaba casi vacía, apenas ocupada por un zumbido prodigioso que se filtraba entre los barrotes que ya no contenían.

07 diciembre, 2012

La insuficiencia del lenguaje


10 de Octubre de 2008

Mi querido Vellmount:

Estoy frente al mediterraneo. Hoy mismo, cuando despache esta carta que recibirá el 15 de noviembre de 2012 saldré a recorrer toda la cuenca mediterranea. Debería ver las tierras del Nano, sentir este mar maravilloso rompiendo contra las piedras. Es como si el alma se ensanchara de libertad, como si se llenara de viento, de este viento inmutable y bello. Ya tendrá la posibilidad de viajar por estas tierras, Hernán. Vendrá y nos encontraremos justo en este punto. Se lo aseguro. Aprenda a esperar.
De seguro encontrará el antídoto a los labios de Bárbara. Si mis cálculos y especulaciones son ciertas, para cuando reciba esta carta estará muerto o será eterno, pero eso no será lo importante.
Paso a responderte.
La limitación del lenguaje se hace patente cuando se intenta expresar una emoción intensa.

Si uno se embarca en una minuciosa descripción el resultado es un artículo científico en el que se relata con pompa fenómenos fisiológicos y psicodinámicos que para abarcar el suspiro ocuparía la engorrosa extensión dos o tres volúmenes grandes: forma del horror, si se quiere, que nos invita a la nausea.

La otra alternativa, no vaya a creerlo, tampoco es feliz.
Si uno trata de ser breve y jugar con onomatopeyas se termina pareciendo a cualquier otra cosa menos a lo que se intenta expresar, a saber:

mmmm intenta expresar dubitación, duda, incertidumbre pero sin embargo me evoca el mujido de una vaca que pasta en las inmediaciones, la meditacion de un buda sentado junto a la vaca que pasta o un auto lejano a velocidad constante que pasa próximo al campo donde pasta la vaca y medita el buda, por RN N° 5. Haga este experimento, Vellmount: párese cerca de una dama, una morocha, mírela a los ojos y emita un mmmmmmm en un armónico monotono, vuélvala a mirar como diciendo "y? morocha, qué te evoco?"... Si la morocha no es fitoplancton los efectos serán más bien digestivos, saldrá corriendo o se le reirá en la cara.

Ahaaa intenta expresar sorpresa, conmoción, pasmo… pero sin embargo me evoca la meditación de un buda que pasta junto a una vaca que muje o un auto que pasa cerca y se aleja gran velocidad por en las proximidades del campo donde la vaca buda y el buda pasta, por RN N° 5. Madre santa, ve a las confusiones que esto conlleva. Haga este experimento, Vellmount: párese cerca de una dama, una morocha, mírela a los ojos y emita un ahaaaaaa en un monotono armónico, vuélvala a mirar como diciendo "y? morocha, qué te evoco?"... Si la morocha no es fitoplancton los efectos serán más bien digestivos, saldrá corriendo o se le reirá en la cara.

Pero esta limitación del lenguaje es más bien una bendición. Le diría, si se me permite la jerga religiosa, que es prácticamente un milagro que salva al hombre.
Puede escribirse perfectamente un libro, por ejemplo, sobre un héroe maravilloso que atraviesa el infierno y cada uno de sus círculos, siendo la descripción tan perfecta y la imagen poética tan intensa que el lector, aburguesado, puede verse tentado a creer que de la mano del autor ha cruzado el averno. Podría escribirse un libro sobre un viaje a Iruya que jamás sería el viaje a Iruya pero que al menos generaría una noción remota, lejana e imprecisa (noción al fin) de lo que sería viajar al norte.

Sin embargo con las emociones la cosa cambia, Hernán: al no poder expresarlas, al no poder leerlas solo podemos acceder a ellas sintiéndolas, solo nos queda vivirlas.

Es así que si desea sorpresa procúrese sorpresa y sobre todo permitale a su alma sorprenderse. Para ello resulta útil dejar por un momento la mentalidad cientificista y permitirse creer. Crea, Vellmount, crea… “Creer, he allí toda la magia de la vida” decía Scalabrini Ortiz. Crea pero no se vuelva un ingenuo.#
Si anhela conmoverse, conmuévase, Vellmount. Mire unos ojos, un cielo, bese unos labios, roce una mano, descubra el mensajito que alguien le dejó en el tanque de una lapicera. Lo que sea… pero para conmoverse no le queda otra que conmoverse.
La emoción, Vellmount, la real e intensa a esa me refiero… no es para burgueses, no es para pusilánimes o enclenques. Para emocionarse, Vellmount, uno tiene que jugársela, estar un poco loco. Cuando lo haga, cuando se la juegue y se haya vuelto loco, ella vendrá a Ud. y transitarán juntos por la vida, riendo y llorando, ante la mirada estupecfacta de quienes han optado por la serenidad del “quedarse inmóvil al lado del camino” (parafraseando a Mario).
Se sienten sirenas y vislumbro luces en la oscuridad.
Debo dejar de escribir.



Crea, Vellmount, crea…

Luciano
Siracusa, en vísperas del Mediterraneo

---

Esta fue una de las cartas escritas por Luciano Fortunato, con quien Hernán mantuvo una amistad caótica, apasionada, peligrosa y profundísima como el mismo Fortunato. Por razones relativas a su ocupación Fortunato escribía las cartas desde un lugar determinado y se las arreglaba para que llegaran a destino en otra fecha, cuando éste ya estaba transitando por otras tierras, con otros nombres que ya nadie sospechaba ni recordaba.

15 de noviembre de 2012

18 noviembre, 2012

Carta de Vellmount a saposaraso...

empty universe


Capital Federal - 18 de Noviembre de 2012




Sabés que cuando Fortunato hizo la lista, no recordaba elno prince no rose.


Vengo a recordarlo hoy, justo hoy en que mi universo se siente vacío de príncipes y rosas.
Y en cierta forma, esta causalidad viene a acompañarme un poquito, te trae cerca, te hace cruzar el charco.
Te cuento que hoy necesitaría caminar con un globo rojo por capital bajo la lluvia, descubrir el Ateneo.
Sabés, es un domingo lluvioso, como el primer domingo en el que nos encontramos en retiro. Recuerdo que bajé del costera y caminé algo perdido, hasta que te reconocí... cómo no hacerlo: estabas ahí, parada, con tu globito rojo bajo la lluvia.
Ya sabía leer las almas, sus insinuaciones más sutiles y ya había descubierto la magia en vos, por tus dibujos, e incluso ya la fomentaba.
Pero en aquel domingo me mostraste algo que desconocía, que tal vez sospechaba, pero que era apenas era algo incierto y remoto.
Aquel domingo en el que perdí un guante de lana me ayudaste a ver que yo también era capaz de la misma, que era capaz de la magia.
Y yo empecé a practicar, empecé a estudiar, empecé a borrarme las idioteces que me enseñaron en la escuela y en la universidad, desaprendí y practiqué tanto que hoy no reconozco a la gente o las cosas.
Y sabés, hoy quiero contarte y me animo a decirte que me he vuelto un mago... un mago del clan de los magos con globito rojo bajo la lluvia, no se si de tu calaña y grandeza... pero mago en fin.
Sabés, sapo, hoy necesitaría sentarme en la plaza del ángel gris con vos y contarte que aprendí de tu magia y que ciertamente la ejerzo.
Ahora si, te tengo una crítica... sabés que es una de mis especialidades.
Pedazo de bestia, me dejaste tu libro de magia, me generaste la duda, pero nunca dijiste que la magia doliera... a veces mucho.
Ya sabía que el pensamiento y la reflexión a veces duelen, sabía que la sensibilidad extrema, la que es propia de quien intuye almas dolía enormemente, el análisis filoso a veces duele, incluso la locura más loca a veces duele.
Pero que la magia dolía???
Supongo que en tu visión distorsionadamente positiva sobre mi persona diste por hecho que mi naturaleza reflexiva y analítica, como decís, presupondría esta verdad... y ciertamente lo hacía, pero de forma meramente teórica. El dolor teórico no duele, al igual que el recuerdo del fuego no quema.
Ensayaste dos o tres sesiones prácticas, pero yo estaba dormido de tan cansado o cansado de tan dormido. Recuerdo fragmentos parcheados de tigre, de trenes, de Sabato, de Santos lugares, y tengo la certeza de que me hablabas sobre esto, intentabas advertirme sobre este particular. Pero estaba dormido, estuve dormido y triste el año pasado y no podía escuchar ni aprender.
Se que vale la pena, sapo, se que vale la pena.
Vale la pena por ejemplo convertir un cruce de miradas en un mes de complicidades maravillosas, en un mes de belleza y ternura... pero hoy, justo hoy duele o al menos cuesta.
Ya se, ya se... bancate la magia me dirás. Y a pesar de que no me enseñaste como hacerlo, no me desaliento, sapo... Tengo espaldas de sobra, ya sabés eso.
Sabes? tengo en mis manos tu dibujo del “no prince no rose” y te siento cerca, incluso te escucho hablar y reír, y eso hace el universo un poco menos vacío, al menos en el día de hoy.
Me mantengo informado. Se que sos plenamente feliz. Y eso me hace sonreír y hace tolerable la distancia, amiga. La hace tolerable sobre todo en domingos muy domingos como el de hoy.
Te mando tres abrazos, que no entran en la puta botella que ha de cruzar el río de la plata y llegar a Lucho, a Dante y a vos.

Hernán


Amistad

Creo que la verdadera amistad,
es menos frecuente de encontrar que un tesoro…
y que este no nos corrompa y domine…

Soy conciente de que ese pequeño grano,
en apariencia insignificante,
de amistad verdadera encontrado,
en medio de todo un inmenso arenal,
pesa más que el peso mismo de toda la tierra…

Soy conciente de que el valor de la verdadera amistad
es inversamente proporcional a su frecuencia…
y que esta última es infinitamente pequeña…

Soy conciente de que su pureza
no se mide en vulgares kilates…
estoy seguro de que se mide en milagrosos momentos.

Se que solo desnudo mi alma frente Dios,
porque es inevitable…
pero solo desnudo mi alma
y me siento a gusto
frente a ese que considero mi amigo…

Creo que la verdadera amistad,
una vez forjada,
es capaz de tolerar cualquier cosa…
y resistir intacta y sublime…

Creo que la verdadera amistad
alcanza su mayor expresión
cuando puede hacer frente,
incluso,
a la idea universal de la muerte.

Adolfo Lescano
19-09-07

26 octubre, 2012

sin dejar de mirarme, apriete el gatillo...

- Tome una ballester molina,
- Introduzcala en su boca, con suavidad (no vaya a lastimarse), o póngala en su sien (como guste, Ud. es libre y puede elegir)...
- Oiga, no se distraiga.., no deje de mirarme a los ojos.
- Sienta el frio y el gusto del metal... petrificante, no lo cree?
- Sienta el escalofrío que corre por su piel... oiga, que sin dejar de mirarme!
- Permitase temblar y suplicar, vamos hombre, que nadie se humilla por llorar.
- Mire mis ojos, justo aquí, no quite la mirada.
- Deslice su dedo sobre el gatillo, lentamente, sienta la inmencia de la eternidad.
- Ahora me pondré de pie, besaré sus labios trémulos, besaré su frente limpia y me iré.
- Antes de que cruce la puerta sonará un disparo.





Una bandada de gorriones recorrió, caótica, el cielo porteño aquella tarde de octubre.





Bárbara Simini, como se ha de sospechar, era una mujer hermosa (morocha obviamente), sus manos eran estilizadas y de una delicadeza digna del más refinado marfil y según dicen la piel que rozaban se volvía joven, se sospecha que en sus labios se condensaba el rocío de inmortalidad, el precio que se pagaba por besarlos y por la eternidad, era módico: la muerte. No existe el hombre que no la haya amado, no existe el hombre que no haya muerto a sus pies.

18 octubre, 2012

la mafia me lo enseñó...

Mi estimado Lescano:


A menudo, infiltrados mortalmente de solemnidad y elocuencia, nos olvidamos de la magia. Me pidió consejos: justo a mi... y lo hizo luego de decirme que no podía entender como podía sostener una sonrisa y una frescura dominante haciendo lo que hago, que usted en mi lugar vomitaría con solo verse al espejo. Usted sabe que mi profesión es, cuando menos éticamente complicada, Ud. me entiende. Cruel por momentos y muy cruel por otros. Sin embargo he aprendido a creer en la magia. Y eso le traigo, un poquito de lo que he aprendido. Aquí le adjunto una bolsa con un poco del polvo de las alas de las hadas que he sabido recolectar en lo que va de mi desdichada existencia (ninguna de las hadas fue herida durante los procedimientos de recolección):

  1. Lea el Principito.
  2. Qué espera, bese a una dama, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  3. Huela un jazmín, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  4. Lea y leale a sus amigos, leale al jazmín, a la mujer que besa y a la paloma que patea. Pero lea y releaVea un atardecer (aquí abra los ojos)
  5. Tome un buen vino, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace, en la intimidad de la noche y si es con un amigo mejor.
  6. Escuche buena música, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace, no se le ocurra reprimir a su cuerpo si a este se le da por bailar, tampoco calle su voz si a esta se le ocurre cantar.
  7. Enumere con una mano los amigos que tiene.
  8. Siéntase afortunado por sus amigos.
  9. Frote las hojas de una lavanda y huela sus dedos, no se olvide de cerrar los ojos.
  10. Permítase la locura, aquí puede tener los ojos abiertos o cerrados, es indiferente.
  11. Hágase a un lado, que la manada siga corriendo, tire al tacho todas las reglas, prejuicios y preconcepciones... descubrirá cuánn incierto y bello resulta todo.
  12. Patee una paloma, en su defecto a un caniche toy... y si quiere llevarlo al extremo consiga una rata y paseela de con una correa al cuello.
  13. Aunque no ría a menudo, haga reír y sobre todo sonreír: será testigo de la verdadera luz.
  14. Crea en sus intuiciones, implican un proceso puro, certero y más complejo de lo que entendemos y que posteriormente nuestra razón se encarga de hechar a perder.
  15. Salga a trotar, espere (miro la hora) a las 22hs.
  16. Mire a los ojos y mire ojos, sobre todo ésto último: descubrirá al hombre.
  17. Responda las botellas al mar que ha sabido recoger, a veces un gesto alcanza.
  18. Tenga cuidado con los espejos, nada bueno pueden mostrar.
  19. Ríase de usted mismo.
  20. Pise una pelotita tamaño golf con el pie descalzo y hágala rodar ejerciendo cierta presión, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  21. 1 bis
  22. Descubra los dibujos de saposaraso
  23. Vaya hasta la facultad de derecho y tirese a ver las estrellas.
  24. Coma helado en el cementerio de la Recoleta.
  25. Lea la Biblia y crea en el hombre.
  26. Escuche la voz de Emilia Inclán, escuche "yo, la máquina".
  27. Haga una pinza con el pulgar y el índice de una mano, localice en la mano opuesta el tríangulo que se forma entre el índice y el pulgar (la base sería la punta de los dedos) y ejerza presion sobre el vertice, si duele sepa esperar un minuto. Pero siga ejerciendo presión.
  28. Busque complicidad en desconocidos: se sorprenderá.
  29. Vaya a una tienda de antiguedades y compre una Olivetti.
  30. Sáquese el reloj de la muñeca.

---
Estos textos fueron recuperados de un cuaderno rescatado del fuego que consumió la casa de Luciano Fortunato antes de su desaparición a Egipto.

Dr. Roberto Lambertucci

Historia de un desencuentro

Ayer no me querías, hoy no te quiero,
mañana no tendremos a quien querer
--
Joaquín  Sabina -


El besará sus labios que no están, se deleitará fascinado con su gracia lejana y con su voz de mimbre y almendra. Pero al despertar del ensueño volverá a sus libros, justo ahí donde dejó su soledad.

Ella besará sus labios que no están, escuchará sus historias, será permisiva con sus delirios, y se sonreirá con sus ojos entreabiertos. Pero al despertar del ensueño volverá al sexo, al desenfreno, a la pasión, volverá a su soledad, justo ahí donde la dejó.


Historia de un desencuentro - Adolfo Lescano


--
- La historia de un desencuentro es un libro de Adolfo en el que por medio de numerosas historias, anónimas o no, el autor va recorriendo junto al lector historias de amor que no fueron. Ella lo amaba perdidamente mientras el apenas la sospechaba, luego él se impregna de ella, profunda y cierta, pero ella y su amor ya no están; Ellos se aman, pero un inevitable (viaje, otra persona, la muerte) se interpone entre los dos; por mencionar algunas variantes. Todas las historias de amor del poeta se resumen en este volumen. Todas ellas culminaron en el desencuentro amoroso de dos soledades que buscan. El lector y Adolfo descubren a mitad de camino una fatalidad: el desencuentro en el amor quiere imponerse como una regla inquebrantable. Más avanzados en la lectura alcanzan una intuición que redefine y redime tal fatalidad. - Comenta el Dr. Roberto Lambertucci haciendo referencia al libro

28 septiembre, 2012

Hoy se que nada en el mundo repugna tanto al hombre 
como seguir el camino que ha de conducirle así mismo.

--
Demian - Herman Hesse
(Editorial arenal, p. 29)

16 septiembre, 2012

Roberto Luis Lambertucci

roberto lambertucci

Luis Roberto Lambertucci, mejor conocido por Dr. Lambertucci o Roberto Lambertucci fue un ser humano promedio. Promedio en el jardín, promedio en la primaria y en la secundaria, claro está que no modificaría esa tendencia en la facultad de medicina de La Plata. Se esforzaba plenamente en cada jornada, de sol a sol, sin lograr resultados sobresalientes. A pesar de esa mediocridad reiterada, Lambertucci no se resignaba y soñaba con alcanzar el reconocimiento que viene de la mano del éxito. Como buena parte de las personas, Lambartucci soñaba con ser un triunfador. Y también como buena parte de las personas no lo logró... apenas le alcanzó para tres módicas cuotas: especialista en medicina interna, nefrología e infectología.
Ejercía la medicina con pasión, es cierto. También es cierto que gracias a sus lecturas de psicología y literatura universal, ayudado por cierta sensibilidad abrumadora para intuir al ser humano y su alma, lograba gran empatía con los pacientes a quienes ayudaba y prestaba un oído.

Había logrado estabilidad económica, una casa, un medio de transporte, había logrado cierto renombre de gran semiólogo, era querido por las personas con las que trabajaba y por sus pacientes. Sin embargo Lambertucci estaba vacío.

Por miedo o por mediocridad continuó ejerciendo la medicina, sin bajarse del carro para ver lo que estaba pasando que le impedía su bienestar.
La monotonía y la estabilidad continuaron, día a día, minuto a minuto.
Hasta que un día todas sus certezas, que ya se tambaleaban, se vinieron a pique: Laura se cruzó en su vida.
A pesar de su corta edad, en esa mujer se conjugaban todas las mujeres.
Sin entender el por qué, Lambertucci se fue volcando poco a poco a la escritura. Siempre había sentido un primitivo placer al lograr un texto de estética cierta. Sin embargo jamás le había dedicado tiempo, en parte por su mediocridad y en parte por el desaliento de todos sus allegados que no veían en sus textos más que un divertimento para el tiempo de ocio.
Catalizado por el misterio y la belleza, Lambertucci fue alejándose de los rigurosos confines del mundo aristotélico en el que había aprendido a vivir. Pronto todas las columnas del templo, junto con las certezas, fueron cayendo una a una. Sin certeza alguna, desconcertado, estaba ahora listo para sentir, para ser libre.
Por medio de Laura descubrió a Vellmount, Tellería, Lescano, Nogueira, Theodore Brodsky, al hombre excepcional, entre otros tantos. Quienes más tarde llenarían sus hojas.

Laura, errática y desquiciada, se fue o se irá.

Pero las cosas ya estaban encaminadas.
Sin darse cuenta las letras fueron llenando cada vez más fragmentos de su día. Bajo los fragmentos de su viejo ser fue renaciendo el cronista.
A los 45 años dejó de ejercer la medicina para dedicarse de lleno a sus crónicas. Según dicen compró una pequeña casa en Córdoba o San Luis, con una chimenea, cerca de un río. Desde el anonimato y la paz escribe sus crónicas mediocres, crónicas que se han dado a conocer como el arte de la invisibilidad.


Dr. Roberto Lambertucci
Los orígenes - El arte de la invisibilidad

acrobacias en el aire

IMG_6806_4_1024

Recuerdo la primera vez que Vellmount vio acrobacias en tela. Se quedó congelado, inmóvil... Seguramente su corazón de niño estaba conmovido.
Recuerdo que se sentó y estuvo horas observando, anónimo, las piruetas que ejecutaban los artistas bajo una cúpula salpicada de sol y de nube.

Cuando los ojos de Velmount adquieren ese brillo... uno sabe que debe sentarse a esperar: uno aprende a conocer a los niños. Lescano había seguido “su rumbo”, estábamos solos:

- El tiempo del mundo es nuestro, mi niño - Murmuró Carlos, y esbozando un sonrisa se sentó al lado del niño Vellmount.

Telas amarillas, azules, rojas y naranjas adornaban aquella tarde de septiembre, se agitaban al viento, contorneándose en espirales de delicadeza y suavidad.
Los artistas ejercían su arte con la mayor seriedad.

Sin mirarme me tomó de la mano, casi temblando:

- Tellería estás viendo? No solo se trata de desafiar a la gravedad y con ella a toda la física. Se trata de dominarla, de hacerla tu amiga, de volverse cómplices y así lograr el más alto principio al que el ser humano pueda aspirar, el principio por excelencia: la belleza. La naturaleza y el ser humano olvidan, por un momento, sus rencores y nos regalan la belleza en una forma, , en el movimiento armónico, en el balance justo entre el caer y el subir, entre fuerza, elasticidad y gracia, la alternante precisión entre sujetar y soltar, nos regalan la estética inmaculada. Danzan en el cielo, Tellería, eso hacen.

Hizo un silencio.

- Danzan en el cielo, danzan en el cielo y nos regalan belleza. Son, a su forma, dioses y nosotros sus testigos... testigos de la belleza.

Se recostó sobre la hierba y siguió observando con esa mirada que todo lo penetra. Me recordó, como tantas otras veces a Oscar Wilde, esta vez por su obsesión por la estética, por los sentidos, el alma y la reciprocidad entre ellos.


Roberto Lambertucci


"La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación."
---
"Sólo los sentidos pueden curar el alma, igual que sólo el alma puede curar los sentidos." 

O. Wilde

10 septiembre, 2012

no existe tal lugar...

no existe tal lugar

En cierto momento, Tellería y Vellmount se alejaron del grupo. (1)

El atardecer pintaba de rojo las laderas de las montañas, los colores se fueron apagando adoptando las tonalidades de la más rigurosa nostalgia. Las aves ensayaban su trova vespertina.
Tellería se desvió, mientras Hernán siguió descendiendo siguiendo una dudosa huella.
De pronto se abrió el paisaje ante sus ojos. A lo lejos se veía la ciudad de Capilla del Monte, desdibujada por una bruma como la que distorsiona los horizontes.
Delante de si vio a una mujer entrada en años, que descendía con cierta dificultad ayudándose con un palo que servía de bastón. Era seguida por un pequeño perro.

El viento dejó de soplar y el alma pareció apunarse de repente, como si con cada respiración se ensanchara, desbordando los límites de la jaula torácica.
Vellmount aceleró el paso, haciendo alarde de cierta jovialidad.
Se acercó a la mujer y ante la mirada desconfiada y algo escéptica, le tendió la mano en un gesto solidario.

La mujer se quedó quieta, con la mirada fija, resaltando el silencio que llenaba el paisaje.

- Regresando, Sra.? - Preguntó Vellmount, para romper el silencio.

Con una voz serena, erosionada por la vida, respondió:

- No existe tal cosa, Vellmount... Usted lo sabe muy bien.

Un frío recorrió de pies a cabeza invadió a Vellmount que solo pudo callar.

- Vamos, por qué la sorpresa... acaso cree que solamente ustedes anhelan la utopía del regreso? Al igual que ustedes, durante mi vida casi no hice otra cosa que ensayar el retorno, sin embargo jamás regresé a ninguna parte. Es cierto que se dicen cosas. Algunos hablan de humildes y casuales episodios, sin embargo los relatos están llenos de imprecisiones y lagunas que no hacen más que transformarlos en parte de una ficción universal.

Vellmount se sentó.

- A ver, por qué la sorpresa, mi querido Vellmount. Me mira como si estuviera viendo al mismo diablo. Y tal vez lo esté haciendo, quien puede afirmar lo contrario? Mire, ve aquel pueblo - hizo un gesto con la mano izquierda - he partido hace varios días, cuando alcance su umbral el aroma será otro, las hojas en las plantas se habrán vuelto amarillas o bien se habrán caído, el viento habrá borrado las huellas de aquel perro con el que jugué, que ya no está en la esquina en la que lo recuerdo, mi querido Juan dormirá otro sueño y las arrugas de su rostro tendrán otra sombra, apenas quedarán unas migajas de la torta que dejé sobre la mesa, las sábanas tendrán otro aroma y las flores y las abejas otros colores y otros sonidos. Entonces: ¿Como puedo hablar de regreso? Es impensable. Esas cosas, ínfimas o magistrales, fueron las coordenadas que definieron mi vida en ese instante preciso.

- Tiene razón, no he hecho otra cosas que buscar el regreso. Siendo consciente de esto y para evitar decepciones uno podría decir que solo nos queda la partida.

- Al parecer la sorpresa y el cansancio están volviendo obtusa a su cabecita de novio. La falta de decepciones muchas veces habla un conformismo aburguesado, de falta expectativas, de sueños, de ilusiones, incluso de utopías... Usted no quiere eso. La decepción, muchas veces acompaña a las almas nostálgicas y es uno de sus motores. Por otro lado por las mismas razones por las que es imposible el regreso, la partida es otra mera ficción. Prácticamente podríamos decir que no se puede regresar a ninguna parte ni partir hacia ningún lugar.

- Honorable mujer, sus reflexiones me confunden (2)

- Usted ya estaba confundido, mi querido Vellmount - Ni la partida ni el retorno son factibles, por lo que comprenderá que lo único que nos queda es ésto.

Hizo un gesto y agregó:

- Solo nos queda el camino

Vellmount sintió un ruido y al girar la cabeza vio a Tellería. Cuando volvió a mirar la vieja ya no estaba.


Roberto Lambertucci


---
(1) También es cierto que el descenso se había vuelto cansador, que la luz de atardecer embriagaba sus rústicas almas y que quizás se hayan extraviado tras un canto de sirena, persiguiendo una sombra fugaz. Quien sabe, quizás tan solo sea el delirio o el sueño de éste que escribe que a su vez también sea apenas el sueño de otro que sueña.

(2) Vieja de mierda, usted está loca.



30 agosto, 2012

Cementerios y otros depositarios angélicos

Cementerios y otros depositarios angélicos

Any mans death diminishes me,
because I am involved in Mankinde;
And therefore never send to know for whom the bell tolls;
It tolls for thee.
John Donne

30 de agosto de 2012, CABA.

Cruces, tumbas, esqueletos, muertos, curas, iglesias, crujidos, tradiciones, gatos negros y barcinos, regaderas, lápidas, firuletes, ostentación, flores, cuentos, supersticiones, cajones, avechuchos, silencio, inscripciones y descripciones, historia, eternidad, entre otras... de eso se trata.

Este capítulo del arte de la invisibilidad se insinúa muchísimos años atrás en la atracción que Vellmount sintió desde niño por la muerte y por una de sus representaciones sociales y religiosas más patentes: el cementerio.
La idea se consolida un 28 de abril de 2008 con una foto de Tellería que personalmente creo memorable, en el cementerio de la ciudad de Trenque Lauquen.
Sin embargo recién cobra forma el 25 de agosto de 2012, con la segunda visita al cementerio de la Recoleta y un texto y foto alusivos.
En éste capítulo, en el que se entrelazan las palabras de Vellmount y las fotos de Tellería de estatuas y temas relacionados con el paso del tiempo... pues la muerte ajena y toda su parafernalia no hacen más que recordarnos la finitud del propio tiempo. ¿cuantos puñados de arena quedan en tu reloj vital? apenas unos granos? toda una montaña? nadie lo sabe, y la respuesta pierde cualquier valor frente a una única certeza, irreductible y helada: nos estamos muriendo.
El fotógrafo y Vellmount intentan plasmar sus impresiones y reflexiones, su punto de vista, sobre las estatuas y estructuras... al menos eso creen, sin embargo lo que consideran una tendencia artística,  un escape al riguroso pensamiento, una inocente e incluso pícara distracción, está motivada por una de sus obsesiones más arraigadas y recurrentes: el paso del tiempo.


Dr. Roberto Lambertucci

27 agosto, 2012

Cementerio de ángeles

depositario de ángeles

Caía la hoja de un olivo.
Cuando despertó, el dolor desgarró su espalda joven...
Tocó, acarició y al ver sus manos rojas, sonrió y volvió a desvanecerse.
Se había desprendido de sus alas.


---
Este fragmento de texto pertenece a una recopilación, exhaustiva y por momentos demencial, que Vellmount llamó cementerios y otros depositarios angélicos; donde algunos textos grises de Vellmount y las fotografías de Tellería se entrelazan, esbozando y retratando las interminables visitas y recorridas a cementerios de las que solían gustar. Dr. Roberto Lambertucci

17 agosto, 2012

cuando sobre su frente llovieron cristales...

El silencio y la paz del sueño fueron abruptamente interrumpidos. De pronto se despertó, con una explosión. En un segundo un viento helado lo abordó y sintió como el ruido de una lluvia de vidrio molido se derramaba sobre su cuerpo y como las gotas se iban clavando en su frente, en el dorso de sus manos y en todo su cuero cabelludo. Aun en el ensueño y sin comprender vio que tres personas enajenadas y asustadas, dirigiéndose a él, le preguntaban cómo estaba. Se mantuvo calmo, por profesión, casi no se sobresaltó, se autoexaminó mentalmente: estaba bien. Sin embargo imaginó su rostro cuarteado y desgarrado por los fragmentos de vidrio. Preguntó, no sin cierta frialdad, a uno de las personas que lo interrogaban si tenía cortes en la cara. Ante la respuesta afirmativa pasó su mano por la frente, algunas astillas lastimaron sus dedos: era apenas un rasguño que casi no sangraba. Los párpados cerrados habían protegido sus ojos de los pequeños fragmentos, suerte que no había tenido otro de los pasajeros. El costera continuo unos metros, parando después para hacer un cambio de micro.

Mira la sangre en la yema de sus dedos y los raspones en el dorso de sus manos, se sume en reflexiones poco felices... ya no pudo dormirse.

11 agosto, 2012

Los marcadores de Tellería

los marcadores de Tellería

Abrió un libro añejo y encontró una foto. Los colores habían perdido su jovial intensidad, habían cambiado virando sus matices a tonos azulados y amarillentos. En el papel se veían algunos rasguños y zonas en las que la tinta parecía haberse descascarado, justo en las esquinas que es donde suele plegarse un papel dentro de un libro. El marco blanco había adquirido un tímido tinte amarillo. Si, como lo supone: la foto había envejecido. 
Se observaba a un hombre de unos treinta años parado sobre el ala de un monoplano, reposando su peso sobre el codo apoyado en la cabina del aparato. 
Si uno se colma de una sensación grata, aunque indescriptible, al encontrar algo tan insignificante como una módica cantidad de dinero en el bolsillo de una campera poco usada, imagínese la emoción que sintió al encontrar aquella foto. 
La había olvidado por completo. Y también la historia tras la misma. 
Frente a sus ojos la foto volvió a mutar, se colmó de colores radiantes, de sonidos, voces, sensaciones y olores que trajeron a flor de piel aquella escena del pasado, que volvió a ser presente. 
Lloró, tal vez, un poco. 
Tuvo una idea simple, colmada de nostalgia y belleza, como todo él. 
Ya no dejaría librados al azar aquellos encuentros. Fue abriendo cada libro y sembrando entre sus páginas una foto. Para que al releer o al mudar, el pasado vuelva a ser presente. 

Posteriormente y con la práctica comprendió que una pequeña leyenda en el dorso (por ejemplo fecha y lugar donde fue tomada) y una frase representativa del momento facilitaban y enriquecían el proceso mnésico. 

Llevó esto más allá y sembró fotos en los libros, manuales y libretas de sus amigos. En cierta oportunidad Vellmount estaba declarando por un suceso de naturaleza turbia, frente a un agente federal que desbordaba seriedad, en un ámbito cuyo aire podía cortarse con un bisturí de tan denso y espeso. Al sacar su DNI cayó un papel. Levantó la foto de un niño, con una leyenda: 

¡Creer! He allí toda la magia de la vida *

Ante la estupefacción del milico, Hernán, estalló en risa para luego ser abordado por un llanto incontenible, tan nostálgico y dulce como el recuerdo de la propia niñez. 

Dr. Roberto Lambertucci

--
*Esta frase abre "El hombre que está solo y espera" de Scalabrini Ortiz.

29 julio, 2012

Vellmount solía decir en tono de broma, refiriéndose a sus lecturas, pero haciéndolo extensivo a todos los aspectos de la vida, lo siguiente: - con respecto a las lecturas no técnicas leo solamente aquellos libros que llegan a mi por pura casualidad, pues intuyo en ello una inmensa causalidad... créame: la casualidad y causalidad muchas veces van de la mano, vaya paradoja. Yo no encuentro libros... los libros me encuentran a mi.

22 julio, 2012

Lambertucci

Lambertucci

Ubicaron una mesa y uno a uno se fueron sentando.
Vellmount llegó al final, se lo notaba pálido… como enfermo. Se desplomó en la silla, como si el peso de todos los hombres de todos los tiempos pesaran sobre él.

- Parecés enfermo, Hernán, qué carajo te pasa? – Preguntó Tellería

Una mujer solitaria mira a Román conmovida.

Laura, que hojeaba un libro alargado, en el que se observaba una fotografía del sitio actual del obelisco antes de su construcción, levantó la cabeza y con voz algo irónica citó a Borges:

- “la imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los grandes males de la humanidad porque multiplicó hasta el vértigo textos innecesarios”… - Sonrió en un gesto.

Hernán sintió nauseas.

- Jajajaaj… el gran Vellmount y su horror proverbial a las librerías y bibliotecas… - Se burló Tellería mientras lo señalaba con un libro de poesía.

Se masajeo el cuello, torciéndolo de lado a lado:

- Ciertamente ese piano viene a salvarnos, che, a salvarme. Sin esta melodía de fondo y ante tamaña barbarie – señalando - tendríamos que escoger entre la desesperación, el suicidio o la resignación… - estos acordes, y éste tostado, hacen posible una cuarta opción: la serena aceptación. – Dijo Hernán.

- Se te nota sereno – Comentó Diego, haciéndole un guiño…

Vellmount respondió con una mirada filosísima, que duró apenas un segundo porque estaba a punto de desfallecer.

Una pequeña llama brilla, un hombre lleva un cigarrillo a su boca. Una minúscula brasa late en la semioscuridad..

- Está linda la ambientación, las luces y las sombras están estratégicamente ubicadas – Comentó Carlos.

- Se les han pasado algunos detalles – comentó Vellmount entrecerrando los ojos – o mejor dicho los han puesto en exceso.

El padre toma del brazo al niño:

- Otra vez el principito, Tomás… ya tenés uno de cada editorial y en todas sus versiones…
- Pero… la rosa.
- No voy a comprarte otro más, entendés?
- El zorro.
- Basta Tomás… no me hagas enojar.
- Los atardeceres… - Susurró sin soltar el libro.

Un halo blanquecino, casi lechoso, se eleva por encima de sus cabezas y describiendo un espiral vertiginoso busca un cielo que apenas se intuye.

El padre mira al niño fijamente:

- Se te pone algo en la cabeza y no renuncias por nada, eh… - Le dio una palmadita en la cabeza y le entrego el libro… - Nunca pierdas eso… y con respecto al libro lo paga tu madre.

- Por ejemplo el piano… - comentó Vellmount.

El mozo se acerca:

- No puede fumar aquí, señor.
- No vi ningún cartel

El mozo se limitó a señalar.

- Lo siento – respondió el hombre apagando el cigarrillo.
- Faltaba más.

- Han querido evocar la nostalgia, y en cierta forma lo logran. Es cierto que lo añejo, los rayones, los colores despulidos, un poco de polvo y telarañas bien ubicadas favorecen el sentimiento… - Reflexionó un minuto...

Libidinosos dedos complementan el trabajo que la mirada había comenzado. Ella acaricia la mano pálida de su compañera. Quiere retirar la mano, siente vergüenza. Sin embargo está excitada y esa caricia además de despertar su deseo tiene algo de tierna y atrevida. 

- Sin embargo ese cacho que le falta al piano, eso no es erosión del tiempo o del uso… alguien se lo enganchó a la pasada o lo hizo pelota al mover una silla… aprovechando la supuesta evocación de la
nostalgia se hicieron los giles y no emparcharon ese detalle, que particularmente tira abajo la estética tan cuidada del lugar.
- Si, estoy con vos… es un golpe bajo a la estética – Asintió Tellería.

- Mami, sacame una foto contra el telón… 
- Estás hermosa, Tefi… pero quedate quieta querida – responde Eloisa.
- Mejor, vos también…
- Señor – suplica la niña dirigiéndose a Tellería – podría sacarnos una foto?
- Ningún problema – Respondió Carlos con una sonrisa socarrona – pero aprovecha que aquel señor (señalando a Vellmount) es un gran fotógrafo…

Vellmount puso una exagerada cara de sorpresa y sin hacer comentario tomó la cámara y he hizo varias fotos.

- Estoy viejo, Sres. – Comentó Diego, esbozando un gesto cuasi desesperado.
- ¿Y cómo vino a dar con tal revelación el srto. Marino? – Musitó escéptico Hernán.
- Ayer nos juntamos con Ariel y Facundo, a comer, y como excusa celebramos la amistad.
- Bien por ustedes

El niño y el padre se retiran de la mano, llevan un libro bajo el brazo, la madre se retrasa en la cola de la caja.

- Lo cierto es que comimos y bebimos moderamente…
- La mesura habla de años, no hay duda…
- No voy a eso… Bebimos moderadamente y en cierto momento, entre reflexiones y bromas, me abordó un sueño insostenible…
- …
- … tuve una pérdida de aproximadamente 40 minutos y al abrir los ojos noté con horror que uno de los gatos de Ariel me miraba fijamente: creí que había muerto.
- Ciertamente un horror!!!! – Soltó Vellmount
- Todos envejecemos, Vellmount… incluso Ud.
- No me refiero al paso del tiempo, Marino… me refiero a los gatos…
- ¿Cómo?
- Ciertamente no está… pero está en camino de… esos bichos… todos sabemos… con eso no se jode…
- Concluya una frase, Vellmount…
- Complétela como guste… no habrá diferencias...


Se hizo un silencio.

- Una Biblioteca con palomas y un gato barcino ha de ser el peor de tus infiernos, Hernancito – Bromeó Laura, mientras cerraba el libro.

Relajó su mano y se dejó acariciar, mientras miraba hacia abajo.

- ¿Señor, señor, nos sacaría otra foto?

Román se dejaba llevar y dejaba vida y alma en aquel piano.

Vellmount se levantó, sacó la foto y siguió caminando hacia la salida.

Al poco tiempo, uno a uno fueron saliendo.

Lambertucci fue el último en salir. Se lo notaba apesadumbrado, algo gris. Pagó la cuenta. Y se fue del Ateneo.



15 julio, 2012

El circo de la vida

panem et circencis... 

En un telúrico y desvergonzado gesto, se quitó el Bombín y con una voz de ensueño, erosionada por el whisky y el tabaco, nos invitó:

Pasen, damas y caballeros...
pasen y vean.
Perfectas bolas de madera.
Bustos de Buda por doquier.
Libros que son pilares.
Por aquí, sillas,
Sillones,
Camas, por qué no?
Pasen y vean.
Sientan y palpen.
Por allí cajas con historia,
imagínese qué cajones.
Motos.
Torres.
Toquen el pelo de esta piel.
Que suavidad!
Leones petrificados, chanchos.
Desengañados cupidos.
Ermes aletargados.
Estatuas que parecen vivas.
Vivos que parecen estatuas
Gusten del tiempo que se escurre.
Que sabor!
¿Una garrapiñada?
Dientes, vértebras
Trompas de pez espada.
Sombra y luz amontonadas.
Alfombras, pergaminos.
¡Qué emoción!
Escaleras,
Fósiles,
Caracoles,
Tortugas,
Vírgenes suplicantes,
Santos,
Sátiros,
Diablos,
El alfa y la omega
cerrando un círculo.
No mire hacia allí,
Están los espejos.
Troncos, raíces
Colectivos,
Mitológicos elefantes.
Unicornios y abejas.
Dioses,
Tigres,
Universos.
Pasen y vean.
Disfruten del silencio del pasmo
o griten de lujuria.
Reglas rotas.
Globos lunares, incluso cráteres.
Magos, sapos, hadas y enanos.
Para cada sentido
Un deleite
Una perdición
Un octavo pecado capital.


Bla bla bla di du bla…




La palabras se fueron desdibujando, como lejanas se percibían apagadas, como un sutil ruido de fondo que combinado con la luz y el calorcito invitaban a la introspección.

Vellmount se había alejado del grupo, como embrujado, ajeno a todo.
Al finalizar, luego de dos horas, lo encontraron próximo a una chimenea: el aroma lo había cautivado.
Al ver a Lescano, se levantó, y haciendo un guiño dijo:

- Maravilloso paseo hemos tenido - Y abrazando a Adolfo se dirigieron hacia la puerta.

------
Este texto es un fragmento de un extenso y preciado ensayo de Vellmount: "Panem et circences" o el circo de la vida.

29 abril, 2012

un hombre... una mujer... una condena... un amor...

un hombre... una mujer... una condena... un amor...

Una vieja leyenda del África habla de un hombre y una mujer.
Según cuenta su amor fue tan intenso y puro
Y su fidelidad fue tan grande
que puso en evidencia y molestó a los dioses,
siempre celosos, siempre infieles.
Por eso los sentenciaron.
Como no hubo distancia, océano o prisión capaz de separarlos, fueron creativos.
Primero los hicieron nacer en otras personas.
Pero volvieron a encontrarse, volvieron a verse, y sin reconocerse, se enamoraron.
En su enfado, pobrecitos dioses, fueron más allá...



Pero el amor, pero el amor pudo más.[1]


[1] Cuando Tellería y Vellmount refirieron la vieja historia de amor al cuidador del zoológico, y preguntaron si podía surgir afecto, un afecto real entre dos especies, algo así como un amor que todo lo trasciende... El cuidador fue contundente y frío: se están rascando o acicalando, no sean absurdos, no los une ningún sentimiento... y esa historia es una leyenda falsa que merece ser olvidada. - Los muchachos lo miraron con desconfianza y supieron al instante que se trataba de una deidad que velaba el anonimato de ese amor excepcional. Sin preguntar o dar explicaciones, salieron rajando profanando con insultos y gestos cualquier indicio de santidad.

22 abril, 2012

Los tréboles de 4 hojas no existen...

los tréboles de cuatro hojas no existen...

Estimada Laura:

Ante todo quisiera presentarme. Mi nombre es Hernán Vellmount. Usted no me conoce, yo la conozco apenas... lo que desde un punto de vista estricto es igual a la misma nada.
Hoy le escribo porque se me ha encomedado una tarea que se relaciona con usted.
No se asuste (ni alguno de sus adjetivos que utilice con regularidad), al menos no por esto... nadie está planeando su muerte inmediata ni su desaparición. Al contrario, intuyo buenas intenciones en el bastardo que me ha contactado.
Lo cierto es que subestimé lo que se me estaba pidiendo y sucedió que al momento de dar cumplimiento a lo pactado me vi imposibilitado de hacerlo... o quizás lo hice con creces... ¿quién puede saberlo?
Este sujeto indeseable se acercó, casi desorbitado, mientras me encontraba con mis amigos en un antro de La Punta, y tomándome de la camisa, se lo notaba desesperado, me dijo:

- Busqué por todos lados, Vellmount... pero no  pude encontrarlo... no pude encontrarlo...

Yo sin entender y con incrédula mirada, pregunté:

- ¿Que fué lo que nuestro amigo no ha encontrado?... si se digna a decirnos tal vez podamos ayudarlo.

Se notó cierto alivio en la respiración y en la mirada, se sentó en la barra y pidió un agua sin gas.

- Mire Vellmount, lo cierto es que necesito encontrar un trebol de cuatro hojas y he revisado cada yuyo a mi alcance y no he podido dar con uno - Dijo en un suspiro - y el tedio de tan ardua tarea me ha llevado a pensar en su inexistencia.

No dió más detalles y ante tamaña empresa y el misterio que tras ella se entreveraba, sin preguntar, decidimos adherirnos a su causa.

Como ya podrá deducir de mis palabras, los esfuerzos colectivos fueron en vano. No dimos con un mísero trébol de cuatro hojas.
Por un momento pensamos en esas plantas cuyos tréboles poseen, todos, 4 foliolos... sin embargo esa trampa lejos está de satisfacer la metáfora del ejemplar único, casi imposible, que según la tradición atrae el buen augurio.
Barrimos campo por campo, valle por valle, jardín por jardín... incluso hurgamos en cada maseta de barrio[1]... pero nada, solo dimos con bellísimos ejemplares de 3 hojas, algunos con 2 e incluso otros de 17 hojas... pero ni uno solo de 4 hojas.

Comenzó a intuirse la noche en el canto de las aves y otras ponzoñas.
La desesperación del fulano nos empezaba a morder los talones y amenazaba con invadirnos hasta socavar nuestra ya tambaleante cordura.
El tiempo, lejos de detenerse, volaba y la hora del regreso amenazaba con dejar frustra la tarea que de tan buen gusto habíamos aceptado.

Sin embargo algo sucedió...[2]


















Veo que decidió creer... bien por Ud.
Continuemos. ¿Dónde habíamos quedado? Ya recuerdo:

...Sin embargo algo sucedió...
Dimos con una metáfora. Óigame, que no digo que levantamos una piedra y allí estaba escrito ese párrafo revelador. Claro que no.
Sucedió, que mientras recorríamos uno de los campos, nos perdimos en un bosque cuya arboleda tan densa y tupida, como brotada del mismísimo infierno, apenas dejaba pasar la luz del sol y la oscuridad más absoluta nos abordó de pronto.[3]
Caminamos casi a tientas. Como suele suceder en estas situaciones comenzamos a escuchar ruidos que amenazaban con atemorizarnos, ramas y hojas que crujían detrás nuestro en la oscuridad, pasos violentos y lejanos que súbitamente desaparecían, respiraciones jadeantes sin fuente alguna, pequeños destellos pares en la oscuridad que sin duda eran ojos que nos miraban con una atención casi diabólica, chillidos de mil demonios nocturnos que se regocijaban con el viscoso aroma de nuestro temor, sombras sin dueño que se sacudían y contorsionaban en quién sabe qué danzas rituales. [4]

Un escalofrío se coló por nuestra piel y cuarteó nuestros huesos. Cuando ya estábamos a punto de colapsar de tanto espanto apareció, ante nosotros, un anciano, vestido con una ancestral túnica blanca con capucha[5], que llevaba atada a la cintura con una soga gruesa. Sus barbas blancas reflejaban el brillo metálico de la luna y el resplandor del río próximo, reflejando al mismo astro nocturno, generaba en torno suyo un resplandor que bien podría ser confundido con un aura conmovedora.[6]

Un silencio de ultratumba nos abarcó, el viento dejó de soplar, el río se detuvo y los pares de ojos se desprendieron de sus respectivas parejas y comenzaron a girar en torno al mago de blancas barbas[7]:

- Usted, Vellmount, está encaminado en una búsqueda noble... - Sentenció el viejo.

- Si usted lo dice... - dije mientras hacía una reverencia involuntaria.

- Así es, mi querido Hernán, pero está buscando mal... de ahí sus nefastos resultados - dijo con una sonrisa socarrona.

Lo cierto es que el horno no estaba para bollos... por lo que respondí:

- Muy melódicas sus palabras, abuelo, pero podría prescindir de ellas e ilustrarnos en nuestro supuesto error que, a entender por esa risita de mierda irónica, ha de ser tan evidente para usted.

- Es sencillo, Vellmount... la naturaleza es sabia...

- Y también bastante hija de puta de una indolencia impiadosa - Hizo notar Lescano que estaba tiritando del julepe.

El mago no pudo sostener la carcajada. Todos rieron.

- He aquí la respuesta... todos los tréboles...

- ¿Cómo carajo supo que buscábamos tréboles, Vellmount, éste viejo es el propio diablo? ¿por qué no dejamos la formalidad de todo protocolo y rajamos? - preguntó Lescano que se aventuraba a salir disparando.

- Soy un mago, Lescano... o también pueden creer que solo soy un viejo con una metáfora que casualmente les viene como anillo al dedo... como gusten de creer. Es indistinto, porque soy apenas una circunstancia.

Y continuó:

- Como les decía, la metáfora del trébol de cuatro hojas es real, pero imprecisa... ya que no existen tales ejemplares... o mejor dicho todos los tréboles son de cuatro hojas.

- Vuelva con sus oximorones al geriátrico del que se escapó, viejo de mierda entrañable abuelo - Soltó Lescano mientras a olímpico trote retomaba la vuelta.

- Todos los tréboles son de cuatro hojas - prosiguió el mago- pero la sabiduría máxima ha decidido, para nuestro bien y para protección de la magia más bella y noble, distribuirlos ampliamente pero con la particularidad de que los ha sembrado incompletos, con solo tres hojas. - dijo con voz solemne y no sin cierto goce.

- Y aquí viene la verdadera magia, Sr. Vellmount... - agregó casi en un susurro - ¿Ha notado la forma de las hojas de un trébol?

Permanecí en silencio.

- ¿Ha notado que las hojas de un trébol tienen la forma de un corazón humano? La metáfora solo se cumple y el buen augurio tiene lugar solamente cuando el trébol está completo... y aquí lo maravilloso, repito: la cuarta hoja, el cuarto corazón lo pone el portador de cada trébol de la suerte. Es él, y no el arbusto, el portador del buen augurio. La suerte está en el corazón de cada hombre, y no depende de una circunstancia externa como una piedra, una pulserita o un yuyo de mierda morondanga...

- Veo, por el brillo de sus ojos, que me ha entendido, Vellmount. - agregó con una sonrisa de inmensurable ternura.

- Cada hombre es su propia suerte, eso es, esa es la verdad detrás de los tréboles de cuatro hojas y la verdadera hazaña, el verdadero milagro, no es dar con un ejemplar imposible del mismo, sino en emprender la ardua, pero satisfactoria, tarea de aportar cada día nuestra magia y completar con nuestro corazón uno de los tréboles de tres hojas.

Dicho esto, se acercó, puso un papelucho plegado en mi mano y luego desapareció sin dejar rastro alguno.[8]










Despertamos y el sol deslumbraba nuestros ojos. Decidimos creer que había sido un mal sueño o un delirio inducido por un poco de cabernet sauvignon en mal estado o por el exceso de uno en muy buen estado, vaya uno a saber. Con el tiempo éste episodio quedó en el olvido más remoto.

Un papel plegado, que ahora le entrego, me recuerda que la suerte está en el corazón de cada hombre.



Hernán Vellmount



[1] Inquietando la rústica paz de las vecinas de barrio que, ante lo ciclópeo de nuestra empresa, y con un altruismo fingido no dudaron en sobornarnos con elegantes malvones, jazmines, rosas chinas, todo tipo de propuestas indecorosas y soberbias lavandas... fuimos rotundos y severísimos: pueden meterse sus propuestas y malvones en el orto agradecemos el gesto noble y desinteresado de su parte, señoras, pero buscamos un trébol de cuatro hojas y el buen augurio que trae consigo.
[2] Lo cierto, Srta., es que también podría creer que todo lo que sigue es una mera ficción, y que fue inventado con la sola intención de colmar de sentido y metáfora a nuestro ejemplar fracaso en encontrar un trébol de cuatro hojas... quién sabe. Usted decide si creer o no creer... si decide no creer, le pido que olvide todo ésto y rompa en mil pedazos esta carta que jamás le ha llegado, yo nunca la habré contactado y todo habrá sido un mal sueño producto, quizás, de una indigestión... de lo contrario, si decide creer, continúe leyendo y los hechos de tan reales se volverán tangibles.
[3] También podría ser que se hizo de noche y ésta oscuridad repentina, atribuída a una densa y proverbial vegetación fue su consecuencia esperada y natural... prefiero creer lo contrario.
[4] Es cierto que algunos desconfiados y escépticos, a los que hemos referido con emoción lo vivido, nos han hecho ver, con tentadora certeza, que los pasos violentos podrían ser nuestros mismos pasos y que desaparecían al detenernos a escuchar. Que las hojas y ramas crujían bajo esos mismos pasos, ya referidos. La respiración jadeante era el asma de un Fabricio agitado. A las danzantes sombras las relacionaron con las ramas agitadas por un viento que no recuerdo y a la imagen distorsionada, una mala pasada de nuestros sentidos embriagados y exaltados por el dulce nectar de la adrenalina corriendo por nuestras venas. Con respecto a los mil ojos acusantes y penetrantes hablaron de luciérnagas, fenómenos de reflexión, ovnis, desencajadas auroras boreales y piedras espejadas. Los ruidos y chillidos, obviamente, fueron obtusamente atribuidos al canto de las aves nocturnas y otras miserables ponzoñas que se deleitan cantando a la madre noche y con nuestro mortecino tormento. Sin embargo, prefiero creer lo contrario.
[5] Lo cierto es que también podría tratarse de una sábana blanca... por las imperfecciones de una memoria expuesta al miedo jamás podremos saberlo...
[6] Los mismos escépticos, antes mencionados, al referirles al anciano coincidieron y no dudaron en aceptar que se trataba de un mago blanco. Yo prefiero creer que era un anciano que había recibido y aceptado con humildad la lección de una larga y austera vida.
[7] - Para éste fenómeno no tenemos explicación racional alguna, por eso somos categóricos y no dudamos en clasificarlo de absurdo e irreal y al mismo creemos que es de la mayor contundencia por lo cual resulta de la credibilidad más tangible - sentenciaron estos adustos señores.
[8] O se fue rajando, a los saltos, con el culo al aire mostrando su lívida desnudez bajo la sábana y se escondió detrás de unos arbustos, no hay diferencia... o tal vez si la haya.