26 mayo, 2011

Santos Lugares

Santos Lugares


Vellmount agradeció al chofer y bajó del Costera de un salto. Casi resbaló al pisar un fango pastoso, tejido con hojas secas algo descompuestas, tierra y agua.
Cruzó de inmediato, casi corriendo. Quien lo hubiese visto podría afirmar que llevaba prisa, como si fuese con el tiempo justo, como si lo estuviesen esperando.
Divisó el ferrocarril General San Martín. Al pasar, tomó del brazo a una mujer que con sorpresa y sobresalto giró la cabeza. Los ojos, primero nerviosos, se encontraron con una mirada conocida cuyos motivos no cuestionaron.
Ella no dudó. Al menos al principio. Cuando el misterio es grande la curiosidad nos impide cuestionar.
Vellmount sacó los boletos, mientras ella leía los destinos intentando adivinar.
Pronto el traqueteo del tren en un domingo gris y lluvioso se convirtió en una música que colmó el cada resquicio de nostalgia viva y poesía algo oxidada.
Prepararon mate, que acompañaron con unos bizcochitos de grasa.

La volvió a tomar del brazo con suavidad pero con cierto frenesí. Bajaron en la estación de Santos Lugares.
La lluvia, obstinada, no quería ceder y se empecinaba en reforzar el paisaje de invierno.

-Este era el refugio de Sabato – dijo Vellmount, mientras caminaban por la Av. La Plata, camino a la iglesia local – Aquí intentaba curarse del mundo y sus tormentos. Todos necesitamos un refugio, un brazo amigo... pero es cierto que cuando se abren ciertas puertas, cuando se traspasan ciertos límites el horror es tal que el alma se vuelve gris, envejece y se desgasta vertiginosamente.

Se quedo en silencio, con la mirada perdida y agregó:

- De la misma forma que no puede limpiarse un taller mecánico sin llevarse puesta una mancha de grasa o aceite, aunque sea ínfima... de la misma forma no se puede visitar el infierno y pretender salir inmaculado... Los grandes hombres lo saben y aceptan ese módico precio, cierta cuota de corrupción, el propio horror y tormento en su lucha por la verdad y el bien de la humanidad.

Hizo otro silencio y dijo:

- A la vuelta podemos pasar por el Club Defensores de Santos Lugares y buscamos la casa/refugio – Agregó haciendo un gesto y señalando con un grueso libro, sin desviar la mirada.

Ella asintió, entre tímida y emocionada, mientras abrazaba su mochilita gris que se mimetizaba con el día.

Recorrieron la iglesia de Nuestra Sra. de Lourdes. Luego visitaron el club deportivo y buscaron, en vano, algún indicio de la casa del Escritor, sin dar con ella.

La lluvia cobró vigor y el frío empezaba a colarse, con las gotas, a través de la ropa y prometía colarse por la propia piel hasta los huesos.

Estuvieron un rato más, caminando bajo la lluvia y volvieron sobre sus pasos.

Ya en el tren, Vellmount, sacó el libro. Se trataba de un ejemplar barato de Sobre héroes y tumbas. Acarició la tapa con cierta nostalgia. Lo abrió cerca del final y leyó en voz alta el Canto de Lavalle.
Jamás había podido leer el canto sin derramar algunas lágrimas, sin embargo...

---

Este sería uno de los primeros viajes (cortito, por cierto) compartidos por Laura Arcamone y Vellmount.
Más tarde ella se alejaría, errática y caótica, a veces atormentada, comenzaría su búsqueda, buscaría su casita en su propio “Santos Lugares” porque, como Sábato, necesitaba un refugio para sanar del mundo y sus heridas.

El arte de la invisibilidad está colmado de baches como los que se encuentran en esta historia. Colmado de faltantes, su lectura deja una clara sensación de vacío, de incompleto, de imperfección... siempre falta algo, jamás puede vislumbrarse completamente una historia y cuando se cree hacerlo se lee un párrafo más adelante y se vuelve, irremediablemente a la incertidumbre. Hay divergencias, convergencias, repeticiones, superposiciones, solapamientos, reverberancias y por momentos evaporaciones, cuyo resultado muchas veces roza lo caótico e improvisado. Lambertucci era consciente de este particular, sin embargo no se preocupaba mucho y se justificaba alegando que la vida misma era imperfecta, improvisada y caótica. Que muchas veces carecía de aparente sentido, que estaba colmada de incompletos, repleta de misterios y de vacíos que muchas veces no podían ser llenados.
También es cierto que muchos aseguraban que las omisiones y faltantes que llenaban el arte de la invisibilidad no eran sino la consecuencia de un escritor de medio tiempo, mediocre y distraído, que muchas veces, incluso, parecía quedarse dormido en la mitad de la historia y continuar con otra totalmente distinta, al despertar vaya a saber uno de que malos sueños. 

Si ustedes pretenden que escriba una obra completa y coherente, colmada de lógica, sin baches o faltantes, que tenga un índice alfabético y pueda leerse capítulo por capítulo, de corrido, me están pidiendo que cambie de género y me dedique a la ficción... y la ficción, muchachos, la ficción está en los diarios... la ficción, muchachos, se la dejo a ustedes... así que háganme y háganse un favor y no me rompan más – problemas de impresión- y váyanse a -problemas de impresión- . Gracias.”

La frase pertenece a Roberto Lambertucci, antes de dar un portazo de despedida que hizo temblar los cimientos de un periódico de ciudad y retirarse de una de las pocas entrevistas vinculadas al arte de la invisibilidad a las que accedió.