20 enero, 2011

chau gordo querido...

Chau Gordo querido... :´(

20 de Enero de 2011
Fallece "el gordo" (Dr. Jorge Alberto Barracchia)
Trenque Lauquen de Duelo.

15 enero, 2011

Primera carta

Primera carta

Querido Hernán:


Hace tanto que partí… y sin embargo el tiempo parece abreviarse, por momentos fugarse, como burlándose de mi. Esta búsqueda parece infinita. Ni bien atisbo un resquicio de luz, corro hacia ella extasiada, esperanzada, solo para descubrir que se trataba apenas de una ilusión, un espejismo que se esfuma a centímetros de mis dedos… casi un fantasma que juega y se divierte con mis emociones.

Los primeros desengaños fueron frustrantes y dolorosos, pero me he hecho fuerte y en parte me mantiene aquella frase de Galeano que me hiciste conocer, poco antes de partir:

"La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar." *

Aquí estoy ahora. Una estación de servicio perdida en la nada. Sentada en un cordoncito, observando a la gente que pasa apurada, agobiada por el sol intenso del medio día.

Estoy en viaje, ahora esperando que “el negro” cargue gasoil y repare una cubierta que estalló. El negro es un norteño, de nuestro norte querido. Es un alma noble, de las que ya quedan pocas, que se gana la vida viajando y transportando. Ha recorrido cada lugar de la Argentina, incluso algo Brazil, Uruguay, Chile y Bolivia.

Las almas se enriquecen viajando, dicen, sobre todo las sensibles… es así que la sabiduría de éste hombre, analfabeto y de estrecha lectura, sobrepasa la de cualquier melindroso letrado.

Cuando uno lo mira, su rostro cuarteado y arrugado, sus manos destrozadas por las impiedades del clima y de trabajos austeros se convence que su edad ronda los 65-70 años… sin embargo un brillo en sus ojos apenas visibles, como escondidos detrás de las arrugas y las patas de gallo, cierta frescura en la mirada dan fe de una juventud insospechada.

Hace dos días que estoy viajando con él. Me encargo del mate, reíte, mientras escucho y me enriquezco con las historias que sus labios dejan filtrar. Secretos de su alma, de la vida del hombre.

Está solo, casi no tiene familia. Apenas si tiene un lugar en el mundo. No ha parado de viajar desde aquel verano trágico cuando su mujer y sus dos hijas, Camila y Luz, partieron prematuramente:

- Se acerca – me dice– el aniversario… el 25 de enero… Lucita tendría su edad, sabe? – Su voz se quiebra y una lágrima, algo tímida, se asoma y precipita, dejando una estela brillante en su piel dorada, mientras intenta disimular su llanto secando sus ojos con una estopa algo engrasada.

Cuanta adversidad, Hernán… Cuantas desdichas debe tolerar el hombre. No deja de sorprenderme la fortaleza del ser humano. La vida, obtusa y jodida, no deja de proferirle golpes y doblar su columna con pesos descomunales, pero el hombre, porfiado, aguanta… uno no sabe cómo ni por qué… pero aguanta.

Es maravillosa y milagrosa esa lucha diaria, Hernán, por sobrevivir. El tesón y el ahínco con el que nos aferramos a esta vida. Y resulta también esperanzador, porque uno intuye que debe haber “algo más” que nos hace soportar, algo más grande que el propio hombre… o tal vez se intuye un sentido oculto en medio de todo este sinsentido que nos hace continuar… o quizás, el sentido de la vida esté justamente en esa lucha que llevamos día a día. Como dice un filósofo amigo:

“Los medios justifican los fines” **

No te das una idea del calor. Por suerte, y siguiendo tus consejos y los de Tellería viajo liviana. Apenas la mochila con algo de comida y dos libros que cierto amigo me regaló, que dicho sea de paso también es filósofo y un soñador.


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Me he estado acordando tanto de ustedes, Hernán, y de Eli. Los extraño enormemente.

Estas últimas noches se han colmado de estrellas, como si todas se hubiesen animado a salir a la vez. ¡No sabés los cielos que estoy grabando en mi corazón! El contacto con lo simple de la vida, la proximidad con la naturaleza han alejado un poquito esa razón demencial que no ha dejado de atormentarme, y los sentidos, como afirmaba Wilde, están curando mi alma.

¿Sabés? Hace días que no sueño con arañas…

Ayer me acordaba de aquella vez en que la ríspida crudeza de tu razonamiento te estaba sobrepasando y casi con desesperación, desarticulado como nunca te había visto, pedías a voz perdida un segundo de paz, sin pensamiento… recuerdo que sin interrumpirte, te besé.

¡Hubieras visto tu cara, Hernán! Nunca te vi tan pálido, y a la belleza que te es natural se sumó la belleza de un hombre que se permite sentir… sin pensar por dos segundos.

Te quedaste helado, sin palabras, sin pensamientos y yo me moría de la risa.
Ja… ustedes los napoleónicos hombres, no hacen más que jactarse de su intrincado y hondo pensamiento que todo lo abarca y devela, de sus teorías que explican cada cosa y sus enormes proyectos… pero todo eso se derrumba ante un solo beso. Ese poder tenemos las mujeres. Ese terrible poder que fue la causa de que se nos despreciara bíblicamente.

Y yo ya ves… sigo buscando, nutriéndome de la vida misma como nunca lo había hecho. Recordándolos y recordándome.

Bueno, Hernán, tengo que dejar de escribir. El negro me está haciendo señas, seguimos camino, no se hacia dónde.

Mandales un beso a los muchachos, y un abrazo enorme a mi hermanita. Deciles que los extraño enormemente.

Te quiero mucho, Hernán. Laura.

P.D.: Ayer en una casa que visité había un jazmín celeste, sin darme cuenta varias de sus flores se pegaron a mi ropa.


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* Eduardo Galeano en el Libro de los Abrazos.
** Los medios justifican los fines: frase harto conocida de Hernán Vellmount

Hernán, los muchachos y Laura mantienen contacto por medio de una serie de cartas que les permite salvar las distancias. En ellas, entre imágenes y nostalgias, Laura va revelando poco a poco fragmentos de su viaje, de su búsqueda.
El dr. Lambertucci ha recopilado todas esas cartas que han pasado a formar parte de sus crónicas.

10 enero, 2011

2.

2.


2.

La flor azulada
Refresca con su belleza
Un hombre llora.


Baúl de Haikus - Adolfo Lescano

04 enero, 2011

En el oeste

Miradas solidarias

El día ya había empezado su cíclica decadencia.
Con el sol tendiendo al horizonte, a nuestra izquierda, éramos apenas un par de luces
entre tantas otras luces por la ruta 33.
Dos pequeñas, como tantas otras, que febriles e inquietas juraban mantener vivas esas contorsiones, proteger esas curvas y contra curvas, cuando el manto añejo de la absoluta noche cubra cada relieve y cada resquicio.
Un río intermitente de faroles, que vienen y van. Así nos deberíamos ver desde lo alto.
Pero en lo bajo, en lo más bajo y desde cerca, incluso por dentro de cada par de luces estábamos nosotros, los hombres. Con nuestras pequeñas o inmensas existencias, con nuestros miedos y nuestras certezas. Justo ahí abajo, tal vez sin saberlo estábamos los hombres.
Poco se de las utopías, apenas de la vida, de quien corre adelante mío. Tampoco se su rumbo, a veces lo intuyo por los cambios de velocidad y la proximidad de algún camino. Pero poco se de ese hombre.
Y lo cierto es que nada sabe de mi, salvo lo que puede percibir en las dos o tres miradas a través del retrovisor.
Transitamos frenéticamente en nuestras armaduras metálicas, en cuyo centro un corazón con sangre roja y cálida no deja de latir.
Cada quien sigue su rumbo, aunque por momentos se tenga la ilusión de seguir una misma dirección. Apenas son ficciones del camino.
Dos luces se desvían, justo ahora. 
La oscuridad parece brindar seguridad, y los hombres dejan de lado sus máscaras heladas y vuelven a sentir la gramilla en la virgen suavidad de sus pies.
Paso a paso se han acercado a la orilla.
También nosotros lo hacemos como guiados por una fuerza irresistible y mansa que nos arrastra deliberadamente.
Miramos al Oeste.
Muchos otros, en este mismo instante han de mirar en la misma dirección.
Y allí, justo donde se esconde el sol (:-P), la ficción es quebrada y por un fugaz momento se encuentran, solidarias, las miradas.
En el Oeste.

Adolfo Lescano