27 septiembre, 2010

La partida...

La partida

Querido Hernán, cuando leas me estaré marchando.
Pesa sobre mí una de las condenas más terribles que esta sociedad puede infringir y ya no soy capaz de tolerarla.
Hace tiempo cometí la estupidez de hacer dos o tres cosas muy bien y la gente, ciega de ignorancia y deseosa de esperanza, me catalogó con la vulgar etiqueta de la genialidad. Etiqueta que no deja de ser una forma de desconsideración y desprecio al esfuerzo cotidiano que uno realiza, atribuyendo a un dote innato y azaroso todo logro atribuible.
Desde ese desgraciado momento viví para satisfacer un ideal social que se alejaba remotamente de mi verdadera naturaleza, hasta convertirme en otra persona que desconocía y que ahora aborrezco.
Quizás, mi mayor error fue el haber creído en esa monstruosa imagen. Incluso llegué sentirme orgullosa de poseer un intelecto por encima de la media habitual. Intelecto que comencé a apreciar cuando me volví consciente de mi potencial, catalizado por la reiterada insistencia de las personas de las que me rodeaba. Pronto llegué a adorarlo, lo era todo para mí y el solo pensar que el tiempo o que la adversidad pudiesen deteriorarlo me llenaba de un terror que me helaba la respiración. La estupidez había amputado mi existencia a mi mero intelecto. Es entendible, entonces, el miedo al deterioro intelectual... si mi inteligencia se venía abajo también lo hacía toda mi vida.
Vivía obsesionada con la inteligencia. Continuamente me ponía a prueba e intentaba demostrarme que conservaba mi agudeza intelectual, mi desgraciada genialidad. Sin embargo, como toda obsesión, esta tampoco conocía de satisfacciones. Nada parecía ser suficiente, ni el agotamiento, ni el hambre, ni la falta de sueño eran fundamento aceptable: nunca era lo suficientemente lista.
Fue ahí que me enemisté con mi persona. Se rompió la armonía en la que vivía y dejé de apreciarme, para despreciarme.
Poco a poco, esa nefasta etiqueta y la necesidad de satisfacerla me fue alejando de mi misma, para ir convirtiéndome en un ser ficticio y monstruoso.
Fue terrible el día en el que no me reconocí frente al espejo, Hernán. Ni siquiera el dolor de los cortes me dolía. Lloré horas o días acurrucada en un oscuro rincón frente al cristal roto que alfombraba el piso de la habitación.
Ya cansada y despersonalizada, decidí renunciar a mis estudios y a la ciencia, decepcionando a muchos de los que habían apostado a mi potencial. Todo el amor y admiración que suscitaba mi supuesta y ficticia genialidad se convirtieron en punzante desprecio y odio. Destino común de todos los que deciden renunciar a satisfacer la deseabilidad social con la que lo han cargado.
Sin embargo no sería el fin del suplicio. Ensayé varias disciplinas y el fantasma de la genialidad parecía empecinado en atormentarme. Fueron el dibujo, luego la música, luego la literatura, el deporte, luego la fotografía… todo lo que hacía lo hacía más que bien, incluso mejor que muchos experimentados en cada área… y lo hacía sin siquiera haber leído o cursado sobre el tema.
Esos intentos de desprenderme de esa fastidiosa etiqueta no hacían más que fortalecerla y consolidarla.
Y aquí estoy, Hernán. Ya estoy cansada de este peso, del vivir para satisfacer un ideal ficticio que en nada se parece a ésta Laura que ahora te habla.
También me voy… ¿Te acordás cuanto me enfadé con el “me voy” de Julieta?... y gracioso destino… ahora soy yo la que se va.
Se que el corazón de Fabricio, mi niño querido, no comprenderá el que me vaya… Hemos aprendido a querernos con una intensidad maravillosa.
Lescano llorará, escribirá dos o tres poesías sobre mi partida pero después volverá a los bares de mala muerte, a las morochas y a las rubias, también de mala muerte.
Se que comprenderás, Hernán. Se que comprenderás el que me aleje de todos y de todo con el único fin de reencontrarme. No concibo otra solución. Tu mismo has querido deshacerte de esa etiqueta, sin lograrlo. Pero tú, en cambio, eres un hombre fuerte, por naturaleza y por vida… A mi ya no me quedan fuerzas, Hernán.
Los quiere enorme y eternamente. Laura.



Esta carta fue encontrada por Roberto Lambertucci en la mesa de luz de una habitación en mar del plata en la que Vellmount había pasado unas cuantas noches.