31 julio, 2010

Manos, agua y fugacidad

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- Tellería, que triste y trágica me parecería esta foto alejada de la certeza de 5 o 6 amigos.

Carlos se ríe y dice:

- En verdad sabía que te iba a gustar, Hernán, en parte la hice pensando en vos. Me recordó aquella foto en la estación de servicio de Realico, cuando veníamos de Mendoza en 2007.
Los ojos de Vellmount parecen iluminarse, y en su rostro enigmático y sombrío se vislumbra un atisbo de sonrisa:

- Qué calorcito pasamos… la Chevrolet de Lambertucci… espléndidas vacaciones.

- Si mal no recuerdo, hablaste de fugacidad cuando viste la foto en blanco y negro.
- Así es Carlos, me resulta una evocación inevitable ante un río o ante cualquier masa de agua en movimiento. – Dijo Vellmount y agregó:
Esta foto, con la mano de un niño jugando con agua, tiene mucho de fugaz.
El agua escurriéndose vertiginosamente, filtrándose con una seguridad aterradora entre los apenas resquicios que separan la íntima proximidad de los dedos.
Una mano que se extiende en vano, en su intento de conservar un poquito de agua sin lograrlo, intento que tiene algo de ingenuo y mucho de desesperado.
Una mano que apenas se empapa, pero que cuya humedad más temprano que tarde será apenas otra fresca caricia perdida en la inmensa llanura del olvido.
¿Cómo hacer frente a la certeza ineludible del paso del tiempo? ¿Cómo, siquiera, mirar de refilón a la aniquiladora idea de la muerte? ¿Cómo tolerar la fugacidad de la vida y de los hombres?
Me son inevitables estas reflexiones. Muchas veces me sumerjo en solemnidad más acallada y parca. Y la felicidad se presenta remotísima, como apenas un esbozo de algo que jamás será.
Sin embargo todos estos tormentos filosóficos, tan ciertos y tan humanos, parecen perder su connotación drástica y terrible, se hacen tolerables cuando me siento con mis amigos a tomar unos mates. Inevitablemente tarde o temprano caeremos en las mismas disquisiciones, la muerte, la felicidad, la verdad, dios, el paso del tiempo, la tristeza… pero estas reflexiones pierden su carácter amenazador.
Es lógico: se tiene menos miedo cuando se está acompañado… y solo se está verdaderamente acompañado cuando se está entre amigos.
Sonrió ante el silencio de un Tellería conmovido y agregó:
- Tellería, que triste y trágica me parecería esta foto alejada de la certeza de 5 o 6 amigos.



Este diólogo fue sacado del Arte de la invisibilidad, crónicas atribuidas al Dr. Roberto Lambertucci... 

28 julio, 2010

Fotos de paisajes...

Fotos de paisajes_blog

Una foto de un paisaje invita a imaginar una historia o a revivirla, es una invitación que hace el fotógrafo/artista al observador para que complete la escena con un contenido emocional o afectivo que le es propio. Si uno por pereza o por comodidad se queda con la simple imagen, sin ejercer el acto creativo al que está invitado (que dicho sea de paso no solo corresponde al fotógrafo) es lógico que cualquier foto de un paisaje sea aburrida, estática y carente de vida.

Ahora, por ejemplo veo esta foto de uno de los accesos a Trenque Lauquen y no puedo evitar llenarme de nostalgia, porque me recuerda que he de partir. En este momento de mi vida ésta fotografía me llena de una nostalgia tan cierta, tan contundente como esta piedra que piso o como las espinas de aquella rosa que se clavaron en la tierna carne de mis yemas y llenaron mis manos de pequeños recuerdos carmesí.

Y no solo me connota porque pronto he de partir, siempre estamos partiendo. Sino que, no conforme con teñir de azul nostalgia el hoy (porque nostalgiamos en tonos de azul), se aventura en mi pasado. Y es así que por esta foto se convocan todas las partidas de mi vida. Se agolpan en mi memoria, en mi recuerdo y quieren volcarse, patentes y vigentes, en el hoy. Pero como son tantas y tan atolondradas se traban en la parte estrecha, en el umbral de mi alma… siento el nudo en la garganta que no calma con agua o con excusas… finalmente, ante el fracaso de la tarea de desatore… no puedo sino dejarme llorar.

Es increíble cuanto pesan las partidas con los años. Siempre se dice que uno termina por acostumbrarse, pero lejos estoy de hacerlo. En todos estos años no solo he revivido con cada partida la nostalgia y las incertidumbres de aquella primera partida, ya lejana, sino que hoy soy plenamente consciente (si es que se puede ser plenamente consciente) y esa conciencia, esa rigurosa y escrupulosa conciencia, carga kilos extra.

Y es lógico, o no se si lo sea, pero la partida me recuerda a los rostros con ojos empañados que se quedan detrás de esa lámina de vidrio helada que nos separa una terminal anónima de pueblo.

Sin embargo soy conciente de esa especie de naturaleza ambivalente que tienen los accesos, que quizás las emparentan remotamente con Jano.

Si bien es cierto que un acceso me recuerda la partida próxima y por ella a todas las partidas de mi vida, tiñendo e impregnando mi hoy y mi ayer del color y el olor de la nostalgia, también es cierto que me abren la puerta y la esperanza del regreso.

Porque estrictamente solo puede regresar quien se ha ido alguna vez. Quien nunca se fue no sabe de insomnios que llenan cientos de km. en el medio de la noche, no sabe de corazones que se aceleran al divisar un indicio familiar en el paisaje. No sabe de siluetas de árboles en la noche o de carteles perdidos, de peajes como oasis que son un preludio del destino. Quien no se fue no entiende de emociones que se encienden al vislumbrar, lejana y remota, una luz particular que nos dice con certeza que ya estamos en casa.

Y por supuesto la esperanza del regreso trae consigo el reencuentro con la gente que no se fue. Y eso, creanme emociona… y mucho.

Es inevitable que este regreso inminente, me recuerde otros regresos destacables… o sea todos y cada uno. Porque triunfante o fracasado, triste o feliz, siempre es mágico el mimo regreso.

Esta connotación circunstancial y ambigua, indudablemente me recuerda y consolida esa vieja teoría de Vellmount de los contrastes necesarios y solidarios que tantas veces expuso.

Y por medio de ella, todo Vellmount, el laberíntico y vasto Vellmount, se hace presente en mi recuerdo, ante esos ojos que miran desde adentro hacia adentro mismo.

Y junto con las palabras de Hernán llegan todos ellos: mis amigos. Ahora escucho sus risas, sus bromas, las poesías chuscas de Lescano, el rigor de cronista de Lambertucci que no pierde detalle, Fabricio confundiéndose con una silla de madera o una botella de cerveza a medio llenar, los chistes verdes y los derrapes de Gonzalito, entre tantos otros recuerdos y vivencias.

Y es así que de algo tan particular y cotidiano como partir o regresar, la misma foto, me pasea por la amistad haciendo pequeñísimas escalas en una filosofía de barrio.

Toda rama artística, en el culmen de su madurez, ofrece al observador la invitación a completar con trazos propios el esbozo del autor. Este siembra símbolos y señales dispersos en toda la obra, que son interpretados por el que observa o lee. Si éste no es distraído o un miserable, interpreta esos códigos, que primero le parecen ajenos y extraños. Sin embargo con las páginas o con la observación descubre las semejanzas con los propios símbolos, hasta que finalmente los encuentra suyos. Y es así que la obra cambia. Ya no es un capricho estricto y rígido de autor, es ahora el lector u observador quien escribe, pinta o retrata.

Es así que por esos fragmentos soltados intencionalmente, o no, el artista se convierte en puente, en medio hacia la creatividad, el recuerdo y la evocación.

Es por esto y otros tantos argumentos, no menos contundentes, que creo que la gente se confunde cuando dice que les resultan aburridas las fotos de paisajes. No han mirado con atención. O tal vez solo se detuvieron a mirar, pero no se permitieron ver y verse. Cada foto, incluyendo las de paisajes son una invitación a recordar y a evocar… a recordarse y evocarse… y eso jamás puede ser aburrido.


Este texto, que nunca fue libro, es de Carlos Alberto Tellería.

24 julio, 2010

El día que falló el método Tellería

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Carlos Alberto Tellería tenía la capacidad de captar de un solo golpe de vista la naturaleza espiritual de las personas. Este fotógrafo autodidacta había elevado casi a una disciplina científica aquello de la primera impresión.  
Se había entreverado varias veces con Vellmount en enriquecedoras, aunque laberínticas charlas sobre el asunto, muchas de las cuales terminaban en agudas discusiones. Muchas de ellas se plasmaron en un texto que no viene al caso. 
Lo cierto es que Tellería era capaz delinear, con cierta precisión, el alma de las personas por medio de una suma de rasgos, gestos, miradas y palabras.  
El artista llevaba esta virtud, o discapcidad según Vellmount,  más allá y en base a ese esbozo espiritual de la persona podía representarse una imagen mental que luego convertía en fotografía con resultados casi siempre maravillosos.
Vellmount solía decir que el proceso mental que desarrollaba Tellería era similar, casi un derivado, al que ejecuta espontáneamente un buen caricaturista:

-Un caricaturista tiene la virtud de extraer fácilmente de entre todo un conglomerado complejísimo de rasgos, aquellos que son particularísimos de la persona, esos pocos que verdaderamente lo definen como un ser único y diferente, los toma, los procesa y los exagera hasta el absurdo. El caso de Tellería es la versión espiritual de un caricaturista. Los primeros se centran en el cuerpo y allí se quedan. Carlos por medio del cuerpo intuye el alma. Tiene la horrorosa discapacidad de ver los rasgos espirituales que definen a la persona, los toma, los procesa y los exagera plasmándolos en una imagen colmada de detalles de ropa, gestos, poses, paisaje, luz, sombra que resaltan la particularidad del sujeto en cuestión.
Es así que Tellería antes de una sesión observaba a la persona en su cotidianidad, extraía esos rasgos con facilidad y sin que lo sepa comenzaba el proceso creativo. 
Inmediatamente definía ropa, gestos, poses y miradas y establecía las características fundamentales del escenario o paisaje potencial. Empezaba después la búsqueda de un lugar que más o menos encaje con lo imaginado. Para eso recorría la ciudad hasta dar con un lugar que se acomodaba. Primero sondaba los lugares que había imaginado como posibles, sin embargo no siempre encontraba lo que buscaba. Es así que seguía recorriendo la ciudad hasta dar con un paisaje que se acomode a la imagen mental.  
Finalizada la búsqueda, acordaba el día y la hora de la sesión.  
Casi siempre los resultados fueron más que satisfactorios.
En cierta ocasión le pidieron que retratara a unos niños. Lo cierto es que no pudo formarse esa imagen preliminar.  
Se esforzó enormemente en construir la fotografía adecuada para los niños, pero no pudo. Apenas lograba recrear escena de gente grande, con ropa, gestos y paisajes acordes. Intentó inútilmente injertar a los niños en estás imágenes,  obteniendo una especie de quimera entre grotesca y antiestética. 
Llegó la hora de las fotos.  
Fue la primera vez que llegó a la cita con la cabeza en blanco y hay que reconocerlo: estaba algo nervioso. 
Intentó ubicar a los niños e imponerles gestos usados en sesiones anteriores, con adultos. Los resultaron fueron a lo sumo regulares, y siempre resultaba intolerable ver a niños en actitudes de gente grande.
Fue así que luego de reflexionar un poco entrevió la respuesta y les dijo:
  
- Hagan como si no estuviese acá, olvídense de la cámara y hagan lo que estarían haciendo si estuviesen solos.
Los resultados empezaron a verse de inmediato. Los niños empezaron a jugar y adoptar posiciones propias de un niño. Las fotos empezaron a fluir y los resultados, esta vez novedosos incluso para el artista, fueron más que satisfactorios.
Vellmount explicaba este fenómeno:
- Tellería comprendió ese día que el método al que estaba acostumbrado solo podía aplicarse a los adultos que están, en cierta forma, definidos culturalmente y a lo sumo, uno encuentra unas pocas variantes en las que es posible encasillar a cada individuo. Uno puede plantearle una situación a representar, de nostalgia o de espera, y el individuo culturizado puede adoptar esa actitud pues le es familiar. De ahí a la hipocresía solo hay un paso. Quien conoce una actitud en detalle puede, en cierta forma, fingirla… y vaya que los adultos fingimos. 
Sin embargo, en los niños las cosas cambian. No hay una impronta cultural, o por lo menos todavía no es tan notoria, por lo cual no resulta tan sencillo encasillarlos. Son seres naturalmente desconsiderados, ególatras, interesados y egocéntricos que literalmente se cagan en lo que pasa a su alrededor…** para ellos el mundo entero pasa por ellos mismos sin que les importe en lo más mínimo el resto de los individuos. Por eso no tienen condicionamientos y pueden hacer cuantas monerías quieran sin el menor pudor… que dicho sea de paso es un concepto fundamentalmente aprendido. No hay expectativas sobre la otra persona, no se tiene noción de deseabilidad social, por lo cual los pequeños engendros son el estado más cercano a la libertad y a la espontaneidad. Si bien es cierto que es libertad, es una libertad parcial si uno se pone estricto, menos madura y ganada que la que potencialmente puede adquirir un adulto por medio de la renuncia a toda culturización opresiva y perniciosa, y por medio del crecimiento intelectual y espiritual. Sin embargo hay una gran diferencia: todos somos niños y libres, en cambio solo unos pocos adultos, dos o tres, logran recuperar su libertad.


** Cuando Vellmount habla de los niños refieriéndose a ellos como egolatras, egoístas, egocéntricos, etc. no lo hace con malas intenciones, nadie que ame más la niñez y a esos locos bajitos como Hernán. Simplemente intenta resaltar, con algo de humor, ironía y envidia, el desinterés majestuoso por otra cosa que no sea su existencia plena, existencia para ellos y por ellos... y para nadie más.


De las crónicas del dr. Roberto Lambertucci, conocidas y agrupadas bajo el nombre “el arte de la invisibilidad.

06 julio, 2010

siempre quema...

amor no correspondido...

Caminaron un buen rato en un terreno irregular, hasta que encontraron una bajada al río. Una especie de playita de arenas gruesas y claras fue testigo provisional de sus huellas.
A pesar del frío y de las recomendaciones de Fabricio, Vellmount caminó descalzo buscando un remanso. 
Indicó su posición por medio de un silbido estridente, cuyo eco se escuchó lejano en el atardecer que ya empezaba a esbozarse.
Acudieron pronto.
Nogueira y Vellmount se sentaron frente al espejo de agua, grabando ese paisaje en sus memorias.
Lescano apenas reaccionaba, parecía ajeno al milagro que tenía ante sus ojos, se movía con lentitud, como arrastrando un lastre ancestral.

-         - Vení Lescano – dijo Vellmount sospechando lo que se escondía detrás de esos ojos agobiados.

Apenas cambió de posición. Sentado sobre una piedra, Lescano miró en dirección a sus manos sin llegar a verlas:

-        - ¿Cuándo se extingue la brasa del amor no correspondido? – dijo Lescano en voz alta.

-         - Nunca, Adolfo… Nunca… - Dijo Vellmount

Lescano lo miró severo, tal vez esperaba otra respuesta. La esperanza que se cimenta sobre ilusiones o la desesperación que se sustenta en hechos irrevocables nos vuelve muchas veces ingenuos.

    - Esa es nuestra tragedia: el amor que no puede ser correspondido, una brasa eterna que no se enciende ni se apaga jamás… pero que siempre quema. - Agregó Vellmount.




El texto pertenece al cronista y dr. Roberto Lambertucci. Y es parte de lo que se ha dado a conocer como el arte de la invisibilidad.