16 junio, 2010

Integridad Vellmount

Integridad Vellmount...
Infinidad de veces intentaron quebrar la integridad de Vellmount.
Divide y gobernarás, pensaban.
La única forma protocolar de callar su razón, su juicio insobornable y filoso, era poniendo en discordia su corazón y su mente.

Es así que apelaron a sus emociones. A las más hondas, arraigadas y humanas emociones, intentando exasperarlas y enturbiar su juicio claro, tratando de lograr un asidero de reproche, una mancha que ostentar o demostrar que ensuciara el buen nombre que se había formado, sin siquiera buscarlo.

La empresa fue monumental y siniestra, desde fracasos académicos, decepciones familiares, amores rotos, pasando por la difamación gratuita y generosa, por la traición de supuestos amigos, hasta llegar a volverse sangrienta.
Nada lograron. En esos momentos, Vellmount, parecía responder con más razón.  Este ser que parecía ir a contramano del mundo, parecía adueñarse del asalto de sus emociones intensas con más juicio que nunca.


La empresa llegó a ser demencial…





Osqui fue su perro, un regalo de su padre ya muerto. Por largos años le robó incontables sonrisas a Vellmount. Hay quienes dicen que su mirada tenía otro brillo cuando jugaba con su fiel compañero. Fue hace varios años, casi no sonríe desde entonces. Dos horas antes de una reunión en la que el peso mercurial de su razón inclinaba, por medio de su testimonio, la balanza desfavorablemente en la resolución de cierto asunto más que turbio, encontró a su mascota boqueando en la entrada de su casa, en medio de un charco carmesí. Dos cortes prolijos e intencionados, uno en el cuello, y otro seccionando su abdomen. Sus vísceras se habían salido, aun estaban calientes cuando Hernán las volvió a su lugar para correr a la veterinaria más cercana. Estaba cerrada, por supuesto. Osqui murió en sus brazos, con la mirada puesta en los ojos cristalinos de Vellmount.

La razón de Vellmount se mantuvo imperturbable, aunque la sangre quemaba.
La balanza se inclinó de forma contundente e irrevocable.
Cuando el juez dictó la sentencia, la mirada helada y filosa de Vellmount se cruzó con otra mirada ahora desequilibrada: ya no sonreía.




Esa tarde Hernán buscó un río, era otoño según cuentan. En una de las márgenes y bien cerquita del agua hizo un pozo de pequeñas dimensiones.
Una hoja cayó, zigzagueando, desde un árbol cercano. Se sostuvo a duras penas sobre la superficie de agua. Jugó en el río dando dos o tres volteretas, danzando con las pequeñas turbulencias, que imitaban sutilmente los vendavales que acosaban el alma de Vellmount. Luego encayó en la orilla, a dos pasos de Hernán.  El agua comenzó a cubrirla suavemente, para cuando terminó de hacerlo él ya no estaba ahí.




El texto pertenece a las crónicas del doctor, y cronista, Roberto Lambertucci, conocidas como “El arte de la Invisibilidad”.
10 de Enero de 2006





11 junio, 2010

confirmación del regreso...





confirmación del retorno...

Este es precisamente el lugar. 

La noche llegó sin que casi me diese cuenta. Quizás había perdido la senda intencionalmente y esperaba encontrarme en medio de ésta oscuridad

Si, creo que éste es el lugar. Estoy orientado. 

Es natural que Fabricio y Lescano hayan decido volver mientras la luz del sol seguía iluminando la sierra. Pero yo me encuentro bien en la noche, me identifico con la noche, con sus imprecisiones, con sus contornos difusos, que parecen solapados, con sus bordes tan poco definidos que por momentos parece no existir límites netos. Es entendible que un ser como Fabricio, devoto del día y su exactitud milimétrica, aferrado a las certezas microscópicas huyera despavorido al menor indicio de noche. 

Vuelvo la cabeza sin prisa. Un crepitar de pasto seco me tiene intrigado desde hace un buen rato. Sin embargo no tengo miedo, no me siento amenazado. 

Apenas notó el ritual de sombras que se prolongaban, como en procesión, hacia el este me dijo, desde atrás de la fila: 

- Hernán, juzgo conveniente que regresemos cuando todavía queda algo de luz. No es prudente que la noche nos sorprenda en el medio de un terreno desconocido… además vaya uno a saber que seres rondan en estos lugares por las noches. 

- Estoy con vos – gritó Lescano desde la retaguardia, deteniéndose y dando vuelta sobre sus pasos. 

Seguramente Fabricio, y también Adolfo sospechaban mis intenciones, de las que ahora tomo conciencia: quería perderme en la noche. Es así que Nogueira supo mi respuesta de antemano y, sin esperarla, comenzó el retorno. 

Cuando voltié, apenas vi a Lescano emprendiendo el retorno. En este último tiempo se me está haciendo cada vez más difícil ver a Fabricio, en ocasiones de poca iluminación solo he notado su presencia por la tenue cadencia de su voz de niño hombre. 

Al igual que todo ser que busca la verdad amparado, rigurosamente, por el método científico, que Fabricio huya de la noche es entendible. 

Ahora bien. Lo de Lescano es más interesante, pues plantea a primera vista una contradicción. Naturalmente, como muchos poetas y otros artistas, Adolfo es un ser nocturno. Sin embargo es un animal de noche de ciudad. Allí las luces, los tragos, el tango, las mujeres y los bares de mala muerte son su hábitat. Sin embargo la noche en la soledad inmensa, inmerso en la mayor de las soledades seguramente lo espantaría de muerte. 

Por acá tiene que estar ese banco, que parecía un injerto en el paisaje serrano. pero que sin embargo me despertó nostalgia y esperanza. ¿Por qué me conmocionó tanto su imagen? 

Parece haber cambiado su origen, parece que ahora se escuchara al frente. 

La luna, entre tímida y malintencionada, se debe haber quedado en casa, al resguardo de la chimenea… No puedo verme ni las manos. 

Podría decirse que lo de Lescano es circunstancial: le gusta la noche de ciudad, por lo que en ésta se genera. En cierta forma es algo ajeno a su persona. 

Ahí está el ruido, nuevamente. Doy un salto, en una actitud casi salvaje y caigo frente a un hombre: 

- ¿Quien es usted? Y por qué me está siguiendo? 

- Ahhhhhhhhhhh… Quiere matarme de un infarto, hombre… cómo se le ocurre, está loco Vellmount!!! A mi edad estos sustos no son aconsejables, hombre… 

- ¿Lambertucci? 

- No soy nadie, Vellmount… Ver, es lógico que no ve nada… tampoco escuchó nada… Vellmount… No soy nada… Siga caminando como si esto no hubiese pasado… que de hecho nunca pasó. 







Ahí está el ruido, nuevamente. Doy un salto, en una actitud casi salvaje y caigo frente a la silueta de un árbol enorme. 

En mi caso, en cambio, me gusta la noche, tanto de ciudad como en el medio de la nada, por algo que genera en mi persona, y que no depende de otra circunstancia externa que no sea la noche misma. El Hernán metódico, exacto, riguroso, estructurado, el crudamente objetivo y racional que reina durante el día es reemplazado, durante la noche, por el nostálgico, el poético, el filosófico, el dramático, el capaz de amor. 

Ya no escucho el ruido. Me siento algo intranquilo, en cierta forma era una especie de compañía remota e incierta. 

En fin. La noche me vuelve a lo más adentro de mi mismo. Libre de límites, de rigurosos y caóticos pensamientos, de severidades varias, puedo encontrarme con quien soy en mi forma más pura. 

Personalmente creo que la oscuridad es adecuada para encontrarse con uno mismo, pues que sería difícil tolerar el encontrarse y percibir, desde el pasado o el futuro, el inexorable paso del tiempo… También creo que la ausencia de luz es ideal para relacionarse con otra persona. Sin ver, en el medio de la noche, el cuerpo pierde su jerarquía, su peso mercurial y decisivo en la interacción de las personas, no nos avergüenza ni preocupa nuestra apariencia o la apariencia del otro y uno puede focalizarse en el alma. 

Imagino que el cielo, si existe, está inmerso en la más rotunda oscuridad. 

¿Qué? Un murmullo lejano. Es una voz, sin duda. De un hombre, tal vez de un joven. No siento miedo. 

La oscuridad y soledad de la sierra en la mitad de la noche, alejada de la urbe, potencian ese efecto de introversión. Y tal vez pueda encontrarme con... 

Tropiezo con lo que creo que es el banco que durante el día había fijado en la memoria. 

Me siento. El frío y la humedad de la noche se hacen sentir bajo la ropa. 







Luego de varios minutos de contemplación, se me congela la sangre. Me doy cuenta que no estoy solo. A pesar de no ver nada. Lo percibo al otro extremo del banco. Siento su mirada posada en mi, mirándome, preguntándome, conociéndome. Creo notar su respiración, también agitada por la sorpresa. 

No me salen las palabras, no son necesarias. El tampoco habla. 

Luego de varias horas. Siento la inmensa necesidad de llorar. No veo nada, pero tengo la certeza de que el otro también está llorando.






Allí se ve el ambiente principal de la cabaña iluminada por una danza de resplandores tenues y sombras producto de algún tronco que todavía persiste

Ha sido una noche particular.