27 enero, 2010

el capitan si tiene quien le escriba...

Las fotos pertenecen a Fabricio Nogueira, el coleccionista de insectos.

El párrafo que Hernán refiere corresponde a Gonzalo Videla, el Coronel o el Sherif según entendidos. La carta mencionada, según se entiende de varias anotaciones encontradas en un cuaderno Rivadavia tapa dura, algo gastado, está destinada a la misma persona.



En mi caso particular, no he sido más que un humilde recopilador de las palabras y las imágenes.

Me dejo de aclaraciones y paso a relatar la historia. 
Diego A. Marino - 26-01-2010
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Mientras Fabricio Nogueira, desparramado en el pasto, se empecinaba en lograr un primerísimo plano, un macro en la jerga fotográfica, de una flor apenas perceptible, Lescano, bajo un pimiento, intentaba la estrofa perfecta y Vellmount, a la sombra y con un pasto en la boca, se sumergía en rumiaciones varias, sobre eventos sucedidos en el día que corría.
el coronel si tiene quien le escriba...
Repasaba mentalmente, no sin conmoverse, la tragedia hermosa de un fragmento de uno de los textos texto que le habían encomendado leer y criticar:
“quizás hablaron de temas banales o de cosas substanciales, quizás solamente hubo un cruce de miradas o simplemente una fingida y consensuada indiferencia”.
-o quizás todas ellas – se dijo sonriendo – o tal vez ninguna de ellas…
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Comprendió que el encuentro y la separación eternos se conjugan potencialmente en ese párrafo brillante. El abrazo más dulce y conmovedor y el desengaño más doloroso se acercaban, se acechaban, hasta casi intimar, hasta convertirse en las caras de una moneda.
- Haciendo caso omiso de toda probabilidad y estadística, con una soberbia altiva y bella, se atreve a la ruleta rusa… se atreve al amor– Se dijo conmovido el pensador - así es el hombre enamorado o que busca el amor.
Quizás se arriesga a ese vaivén de probabilidades positivas y negativas, quizás acepta, tal vez no sin reproches, transitar ese terreno incierto pues comprende que el amor, o aún más el amor potencial, es el motor primero de cada acto, de cada pensamiento. Sin la posibilidad del amor, por remota que esta sea, la vida no sería posible, no seriamos capaces de tolerar y hacer frente a la adversidad, nos derrumbaríamos poco a poco y a la primera oportunidad moriríamos sin lástima o recuerdo alguno, surmergidos en la más profunda enfermedad. O lo que es exponencialmente peor, sin la remota posibilidad de la mujer amada, la vida sería posible, claro que si, pero carecía de todo sabor y uno terminaría ejecutando por una única vez, en plena salud y en el máxime de su conciencia, el acto autolítico. Recordó un fragmento de la utopía de un hombre que está cansado, de Borges:
Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.”
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Lo repitió numerosas veces hasta que un vértigo intenso se apoderó de él. Era la noción del todo o nada tan próximos, casi hermanos. Era la certeza del amor.
Esbozó mentalmente un preludio una carta, que más tarde envió, respondiendo a aquel ser que había confiado en su persona para la corrección y la crítica de aquellas palabras.
Desnudarse desverngozadamente, ajeno de todo pudor, es considerado de lo más vulgar e incluso pierde cualquier virtud que se le quiera atribuir a la desnudez o al acto mismo de quitarse la ropa o las máscaras... en cambio quien se insinúa sutilmente por medio de un escote, por ejemplo, logra el milagro de hacer que sea el propio observador quien consume el acto, el desnudo... y eso atrapa, eso deslumbra, eso embriaga como un canto de sirenas… eso se suele llamar arte. Es por eso que usamos la tercera persona: para insinuarnos y que sean otros los que terminen de desnudarnos, dejando nuestra alma expuesta. Lo cierto es que ese desnudo, por ser producto del que lee, es perfecto como jamás podría serlo el propio relato: cada quien lo hace a su medida. Y si bien tenemos la osadía de exponer lo más íntimo, la intervención de la narrativa ajena, y de la subjetividad del que lee, nos mantiene en una intimidad inmaculada, conserva nuestros más personales secretos: todo lo que conocen de nosotros ha sido producto de su imaginación y de su subjetividad.
Querido amigo, no he dejado de reconocerlo en cada párrafo de su texto… aunque quiera dejar escrito lo contrario”
-Eso estária más que bien – Se dijo satisfecho – Lescano, pasame unas hojas y un lapiz… tengo que anotar unas líneas. – Gritó al poeta que se encontraba recorriendo otros mundos y todas las mujeres bajo el pimiento.
Se levantó sonriente, y se acercó con la parsimonia satisfecha de quien ha tenido certeza del infinito.
- Tomá Hernán. Espero para leer el resultado – Dijo Alfonso Lescano.
- Es una carta, dirigida a un novel escritor. A la noche discutimos, cerveza por medio y a la luz de las estrellas, los temas principales. – Dijo Vellmount – pero como adelanto escuchate esto:
- El coronel si tiene quien le escriba. Después de todo nos escribe aquello que nos inspira... los compulsivos de la nómina y la etiqueta suelen llamarla, acertadamente, Musa. Y digo acertadamente porque si la inspiración artística existe, y es evidente que si, ha de ser mujer. Quizás la más mujer de todas las mujeres.
El poeta sonrió y asintió, entre celoso y emocionado, y sin más palabras y volvió bajo la interrumpida sombra del pimiento.
Fabricio siguió haciendo macros de flores y panaderos, mientras Vellmount escribía casi enardecido, se notaba en sus ojos el brillo puro de la creación artística.
Lescano detuvo su búsqueda unos minutos, hizo esperar a todas las mujeres y relegó otros mundos, y dirigió la atención a sus dos amigos. No pudo refrenar la emoción que lo colmó:
-Mierda que soy dichoso de tenerlos cerca – Se dijo al borde del llanto.
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