31 diciembre, 2010

Fin de año

Fin de año...

"Sin embargo estoy convencido que en profundidad todo está igual. Ranchos miserables y villas miserias se ven por doquier, pobres escuelitas rurales más destartaladas que nunca están, si se las quiere ver, con maestros que, como los Guiñázú, siguen recibiendo salarios alejados de la realidad...



¿Tendremos capacidad de reaccionar? ¿Seremos capaces de realizar la verdadera reconstrucción? ¿Aceptaremos, sin ambages y sin justificaciones que esta sociedad que llamamos occidental y cristiana está llegando a su fin? ¿Seremos testigos complacientes de que nuestro país también alcance los niveles de libertad desenfrenada de la sociedad de consumo donde la droga, la violencia, el abuso sexual, el crimen, el despilfarro, la destrucción de la naturaleza y la injusticia social son sus resultados?…

¿O tendremos la valentía de construir la Grande Argentina, soñada por Lugones y Martinez Estrada?Ello sólo será posible si todos aceptamos nuestras responsabilidades. Habrá que comprender que el hombre forma parte de una sociedad a la cual debe entregarse para mejorarla. Se ha terminado la etapa individualista. Al adelanto tecnológico habrá que agregar el humanismo, basado en los reales principios cristianos… Será un camino largo el que habrá que recorrer. Si analizamos en profundidad nuestro pasado y estamos dispuestos a realizar los cambios estructurales que la Argentina necesita, entonces sí, justifaremos los errores cometidos. Que así sea, para bien de todos.
Perdóneseme tanta franqueza."




René Favaloro

Enero 26 de 1980


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Ciertamente me aturde la relajada hipocresía que se teje alrededor de las fiestas, sobre todo fin de año.
Y al parecer no soy el único aturdido, pues todo parece mezclarse. Los chismes y la charla banal, la comida, la bebida, los fuegos artificiales y el ocio parecen ser parte esencial y necesaria de la finalización del año y de las “benditas vacaciones”.
Es entendible el querer desconectarse un momento, pues es cierto que vivimos en un frenesí casi demencial. Donde en una especie de condicionamiento operativo se nos inculcan por repetición hasta el hartazgo falsos valores, que poco a poco van nos vaciando de humanidad, sumiéndonos en un asqueroso y miserable egoísmo (una de las grandes características del hombre de nuestro tiempo) que terminará, no con la extinción sino con algo infinitamente peor, de lo que ya tenemos antecedentes varios y, lamentablemente, actuales evidencias: una sangrienta y despiadada guerra entre los hombres, entre estratos y clases sociales.

El hombre es el lobo del hombre, dijo Hobbes…

Celebremos, no está mal. Pero no perdamos de vista lo realmente necesario (lo esencial, diría Exupery).

Finalmente: a no perder las esperanzas. Todo parece seguir igual, diría aquel gran Argentino. Pero a pesar de todo y más que nunca debemos recuperar la fe en el hombre y debemos comprender que el camino para el cambio empieza en uno mismo (la verdadera revolución es revolucionarse).
A no perder las esperanzas. Y me dirijo fundamentalmente a los hombres sensibles (a los de Flores y del mundo entero) y comprometidos, trágicamente expuestos al sufrimiento y a las decepciones, a los hombres que luchan toda la vida (imprescindibles, diría Brecth). Es cierto que a veces resulta insoportablemente desalentador, hasta desesperante, baste con recordar el trágico final al que fue empujado aquel medico rural.
Pero recordemos que no estamos solos (ningún hombre es una isla, diría Donne) y sostengámonos con la esperanza remota en ese sueño que alguien tuvo una vez, el sueño del hombre libre, que tanto ha costado empezar a plasmar:

"Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor."


Salvador Allende

Santiago de Chile

11 de septiembre de 1973




El texto fue leído por Vellmount, minutos antes de un año nuevo. Lambertucci registró meticulosamente cada palabra y pasó a formar parte de las crónicas que se han dado a conocer como el arte de la invisibilidad.

29 diciembre, 2010

Leyenda de un hombre extraordinario

un hombre extraordinario...


Salía del trabajo cada tarde.
Caminaba hasta el primer espacio verde. Allí dejaba caer su agobiado y enclenque cuerpo sobre la gramilla y se disponía a olvidar el peso que cargaba sin quejas ni reproches.
Por unos minutos dejaba librado al azar el destino del hombre y del mundo y solo miraba el cielo. Y así, tendido sobre la gramilla unos módicos minutos, su alma se enredaba en las nubes y se perdía en un torbellino calmo de ensueños y recuerdos.
Pronto, acomodaba el cuello de la camisa, se ponía los anteojos y se alejaba caminando.

Nadie supo nunca su nombre, usaba varios de una forma más que convincente.
Nunca nadie pudo recordar o describir su aspecto. 
Fabricio lo había visto unas 15 veces, siempre con un rostro diferente. Pero nunca pudo acercarse.

Vellmount y Tellería frecuentaban las plazas, ramblas y parques: querían estrechar su mano y asegurarle que su secreto estaba a salvo. Jamás dieron con él.


Leyenda de un hombre extraordinario,  Así se titula este texto que viene a engordar los misterios de estas crónicas, turbias y retorcidas, del Dr. Roberto Lambertucci.

24 diciembre, 2010

Re-creación

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La capilla Sixtina tiene un fresco de Miguel Ángel muy conocido y que siempre me ha conmovido: La creación de Adán.
Más allá de las interpretaciones tan dispares, creo que unifica las concepciones el gesto de la mano izquierda del primer hombre y de Dios, casi rozándose, instaurando de esa forma el primer soplo de vida e instituyendo la sustancia divina de la que se constituye nuestra alma.
Un hombre y su Dios, a imagen y semejanza, apenas separados por unos escasos centímetros recalcando la proximidad y la intimidad de la relación que los une. Intimidad que sin embargo conserva la independencia y la libertad del hombre, dueño de su vida.
En mi periodo religioso esta imagen lo era todo.



Sin embargo ya no soy un ser religioso, estrictamente hablando. Y como Hernán suele decir, yo también “dejé la religión al primer atisbo de razón”.
Es cierto que infinidad de veces volvería a esos páramos en busca de la tranquilidad y la estabilidad que colma el alma del creyente férreo, buscando alivio para los tormentos que todo ser humano debe cargar. Sin embargo, ya no podría hacerlo por mucho que me retorciera y contorsionara… porque no hay retorno del cadalso de la razón. 
El pensamiento mágico no admite dudas o críticas… y una vez que se ha criticado éste se vulnera, se resiente, se quiebra y ya no es posible retomarlo plenamente.
Casi como un castigo de un dios celoso, en los momentos de sufrimiento quise volver a la oración, a la Fe, solamente para descubrir que me encontraba horriblemente solo.
No se me había prohibido la iglesia, la liturgia, la biblia, sin embargo por esa razón tramposa y de doble o triple filo ya no tenían efecto sobre mi.
Había despertado, es cierto, pero cuantos sufrimientos e injusticias tendría que mirar con los ojos bien abiertos de tanto, tanto horror sin poderlos soslayar cargándolos en las espaldas complacientes y anchas de ese Dios medio alquimista que convierte sufrimiento en eternidad.

En esta etapa, el fresco de la capilla Sixtina siguió conmoviéndome, pero de otra forma. Esa pequeña, pero insalvable, distancia entre la mano de Adán y la Dios me parecía una especie de burla de mal gusto.
Era el retrato fiel de esa falta de comunicación entre el hombre y su dios que empezaba a agobiarme.
Por mucho esfuerzo mental y espiritual que hiciese, ese Adan agobiado o tal vez agradecido, jamás alcanzaría a rozar el dedo del Dios.
Podrá decirse en defensa del fresco de Miguel Angel que no se necesita del contacto físico, piel con piel, mano con mano. Sin embargo, estó puede ser válido para un Dios, pero el hombre necesita de caricias y abrazos. Cambio cualquier eternidad por una de sus caricias… ¿quien no?
Esa conciencia de separación que experimetaba y que ahora veía plasmada majestuosamente me atormentó y enfadó.





Hace años había hablado sobre el fresco con Vellmount y los muchachos, recuerdo que era un 24 de Diciembre en el que estábamos brindando en el medio del campo, bajo una luna inmensa y alejados de fuegos los artificiales.
Habíamos cenado liviano. Laura había hecho ensalada de fruta, una de las más deliciosas que haya probado.
Inducidos por Vellmount, empezamos a hacer el balance del año que pasaba y a esbozar los lineamientos de las expectativas que cada uno tenía para el año que estaba por venir.
En la mitad de mi relato, surgió lo del fresco, más o menos parecido a lo que anteriormente dije. Hernán se quedó callado un largo rato, inmerso en su laberíntico pensamiento.
Lo cierto es que todos callábamos.

Un poco a la izquierda y alejado del grupo principal, que se reunía alrededor de un fogón improvisado, se lo veía a Lescano, tomando tímidamente la mano de Julieta… Nadie que los hubiese visto amarse, tan tierna y tan devotamente, hubiese sospechado el desenlace posterior.

Laura y Elizabeth estaban recostadas en el piso, boca arriba, algo separadas. Cada tanto soltaban palabras a la nada, mientras no dejaban de mirar las estrellas. Seguramente Fabricio estaba por allí.

Lambertucci había dejado su cuaderno de notas y caminaba por la hojarasca, vestido por el manto plateado que la luna tejía para todos. Por el paso arrastrado y distraído y la inclinación de la cabeza, como queriendo caer sobre las hojas: se lo adivinaba nostálgico.

Yo había permanecido sentado, comiendo ensalada de fruta, cerca de Vellmount.

-Es terrible la conciencia de esa separación insalvable y eterna – Me dijo con cierto pesar.

- Pero ese fresco es apenas una interpretación que hace el hombre de la creación, un intento de reflejar su alma. Sin embargo no creo que sea la única versión posible.

- ¿Cómo es eso? – Pregunté algo curioso.

- En mi particular, creo que el hombre debe re-crear al hombre, y re creer en él también. Me imagino como metáfora, las manos de una madre y su hijo acercándose, hasta lograr la intimidad tan humana de una caricia. Ese contacto sagrado y puro que solamente entre ellos se puede entablar.
La mano de un niño aferrándose a la mano de su madre, dejando obsoletos los miedos y las incertidumbres en ese solo apretón.
La mano de una madre acariciando la mano de su hijo, de ese ser que trajo a la vida y en quien sus esperanzas e ideales se fortalecen, encontrando un mojón firme del cual sostenerse y subsistir. Una caricia que es un anacronismo maravilloso donde se conjuga el pasado, el presente y el futuro del hombre. Donde las esperanzas, tan necesarias, y los ideales parecen tener su lugarcito de realidad y así subsistir.

Hizo una pausa.

- Me imagino que una caricia, como la que te digo, debería llenar el vacío que dejó el fresco de Miguel Ángel, ahora degenerado. Toda la violencia y la soledad que hoy atormentan el corazón del hombre serían ciertamente atenuados por una pequeña caricia, que denoten confianza, amistad, cariño. Caricia negada ad eternum en el bendito dibujo, pero que podés regalarnos con una de tus imágenes, Carlos.


Miré a Vellmount con cierta admiración. Otra vez tenía razón: el hombre necesita del hombre, no de un Dios lejano e inalcanzable.

O quizás, y de forma conciliadora, en esa noción de solidaridad, sincera y pura, entre los seres se encuentre la real naturaleza y esencia de toda religión.
No podemos esperar sentados a que un toque divino solucione la violencia, la injusticia y la soledad…

Creo en el hombre fehacientemente, creo que junto a su inmensa capacidad de odiar y de hacer el mal, se encuentra latente su potencial de amar y hacer el bien, igual o más grande.

Creo también que solo saldremos adelante cuando el hombre confíe en el hombre, y dejando de lado diferencias de sexo, piel, religión e ideologías  emprendamos juntos, hermanados en un abrazo, en un apretón de manos confiado, el camino hacia el bien común.

Esta foto, antes que aquel fresco, representa mi fe en el hombre.

Y justamente ese es mi deseo para esta navidad y estas fiestas: que el hombre recupere la fe en el hombre.



El texto a Carlos Alberto Tellería y es una recopilación hecha por el dr. Lambertucci. Contiene destacados fragmentos de sus notas de aquella navidad, de algunas reflexiones de Tellería, de uno de los tantos cuadernos Rivadavia tapa dura que Vellmount solía utilizar para escribir sus memorias y de algunas charlas en la que se tocó el tema.,

15 noviembre, 2010

Resistimos por los niños...

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Ciertamente si uno vislumbra una esperanza en éste mundo, sórdido y corrupto, está irremediablemente ligada a los niños.
Hoy por ejemplo, lunes, comienzo de semana, vuelta a la rutina infernal de la gran urbe, al ruido insoportable de los automoviles que no descansan, al paso apurado casi aturdido, como el pensamiento, si hoy lunes he de resistir ha de ser por esta foto, por la paz, por la ternura, por simpleza y la belleza de esta niñita durmiendo, a salvo de todo, sobre el pecho de su padre.
La belleza es un verdadero valsamo para los lunes.

- Tellería, llevá esto al Dr. Menendez recordá que tenés que ir al banco por lo del colegio de escribanos a las 09:00hs tenés que tener listas las carpetas, biblioratos y fotocopias necesito que busques la escritura de Martinez porque viene a firmar a eso de las 09:15hs y viste lo pesado que es por lo cual cuanto menos tardemos mejor haceme un café y traeme alguna de esas masitas tan ricas que compraste y atendé el teléfono por favor…

Apenas dos meses y no ha despegado la vista de su madre. Es conmovedor y maravilloso el vínculo que se teje entre una madre y su hijo… algo que los hombres jamás comprenderemos por completo, algo de lo que estamos excluídos.
Cambio todos los atributos y virtudes de un adulto, siempre y necesariamente sobrevalorados, por una horita de ese sueño, por 30 minutos de esa pureza, por 10 minutos de esa simpleza.

- ¡Tellería!, ¿me estás escuchando?

Ciertamente si hemos de resistir en la esperanza, ha de ser por los niños, que nos recuerdan todo lo noble… el ser humano en su estado más puro. Si solo pudiésemos resistir en la niñez, congelar el paso del tiempo en esa etapa maravillosa… Pero es imposible, solo nos queda resistir en los niños, no hay otra salida.
Si, sin lugar a dudas, si “esperanzamos” en un mundo mejor, esa esperanza se halla es las manitos arrugadas y en el sueño tranquilo de los niños.

- TELLERIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Carlos desfenestró a su jefe con una mirada filosísima, desde atrás de un escritorio colmado de papeles que hacían equilibrio, apilados en varias columnas que parecían no tener fin cercano.
No dijo nada. Tomó tranquilo la carpeta que segundos antes habían arrojado sobre el escritorio. Caminó hasta la puerta. Y se despidió con un portazo que hizo tambalear las columnas y las certezas, supuestas, de su jefe.
Dicen que solo volvió por la oficina aquel día, para dar parte de la tarea cumplida y finalmente volver a marcharse… sin decir adios.

Este texto pertenece a un capítulo extenso y gris del arte de la invisibilidad: Los orígenes. Paradojalmente es uno de los capítulos finales de las crónicas, varias teorías de los críticos de siempre han tratado de explicar esta incoherencia de Lambertucci. Sin lograrlo. Cuando se le preguntaba al Dr. por qué ese orden tan caprichoso, por qué el origen estaba casi al final, este se limitaba a responder “ porque así sucedió o al menos así me sucedió… o quizás fue precisamente lo contrario… vaya uno a saber…”

08 noviembre, 2010

nos parecemos en nuestras diferencias...

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Laura se había aproximado varias veces a la ventana.
Rosaba el cristal helado con la suave caricia de su mano derecha. Una sensación de desamparo la embargaba al ver las ramas agitadas con violencia, por un viento que parecía el hálito furioso de mil demonios alborotados.
La orfandad del pequeño colibrí y su nido, casi devorados por la tempestad, era en cierta forma su propia orfandad.
Sintió ganas de llorar.
El pequeño pajarillo y su pequeña fortaleza le habían recordado a sus amigos:

- “Nos parecemos en nuestras diferencias” – susurró con cierta angustia.

Eran palabras de Hernán, que así bromea cuando intentaba explicar la profundísima relación que los unía, a pesar de sus enormes diferencias.




Se recordó sentada próxima a Vellmount. A lo lejos se veía a Adolfo, Fabricio, Tellería y al Dr. Lambertucci, reunidos en una especie de círculo, con la mirada puesta en unas ramas.

- Casi no tenemos nada en común, Laurín, sin embargo hay pequeños puntos de encuentro entre nosotros. Y esos puntos, ínfimos, donde confluyen nuestras polares cosmovisiones, son el anclaje y cimiento de ésta amistad. Luego, la diversidad atroz de nuestras personas vuelve el vínculo enriquecedor y siempre interesante.  – Dijo Vellmount mientras miraba a los muchachos.

- Nos parecemos en nuestras diferencias – Agregó Hernán esbozando una sonrisa algo oxidada pero con un brillo rejuvenecedor.

Fabricio, que apenas se diferenciaba del paisaje serrano, le hizo señas con la mano.

- Vení, esta es una metáfora perfecta de las pequeñas cosas que nos unen para siempre – Abrazó a Laura y comenzaron a acercarse a aquel semicírculo de espectadores.

Los 6 permanecieron en silencio largo rato, maravillados por un pequeño colibrí en su nido.
Lescano musito estrofas alusivas al milagro y la pequeñez, Nogueira se explayó sobre la complejidad del nido del pajarillo, de interior forrado con telarañas, sobre su vuelo y el batir de sus alas, Tellería compuso varias fotografías y no paraba de hablar de la belleza y la estética, Lambertucci no dejaba de observar y de hacer anotaciones sobre los muchachos y Hernán hizo algún comentario filosófico, que no recuerdo, utilizando como metáfora al pajarillo.





- Ciertamente se parecen en sus diferencias, muchachos, y he aprendido a parecerme – se dijo Laura Arcamone, mientras el gusto se le volvía salado y sus mejillas sentían una cálida caricia y destellaban estrellitas.

Apenas terminó la tormenta, camino con una apesadumbrada desesperanza. Se acercó al pequeño árbol dónde estaba el nido, sorteando a su paso las ramas caídas que había dejado el temporal.
Miró con cierto temor.
Para su sorpresa y maravilla, allí estaba el pequeño pajarillo, casi como un milagro, con su nido intacto y con él estaba intacto su recuerdo.


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El texto pertenece a Laura Arcamone. Según Lambertucci Laura solía llevar una especie de diario que había llamado “Palabras perdidas de alguien que busca encontrarse”. Escribía, tal vez inducida por Vellmount, en cuadernos Rivadavia tapa dura. Solía decorar las tapas, era una gran dibujante. Sin embargo tenía la costumbre de tirarlos, incluso quemarlos, una vez finalizados. Lambertucci, con su permiso, se había encargado de rescatarlos del olvido. Pero muchas de sus palabras y recuerdos se han perdido para siempre. Y quizás eso haya buscado. El olvido. Tal vez creía que corporizando su recuerdo en papel y perdiendo estos o quemándolos podría deshacerse del tormento que arrastraba en su memoria y que la había empujado al exilio.



17 octubre, 2010

apenas estoy llegando

apenas estoy llegando
Ciertamente soy un animal nocturno.
No puedo evadir el llamado de sol poniéndose.
El atardecer cambia mi patrón de pensamiento y sensaciones.
Inicio mi metamorfosis desde el ser estrictamente racional y exacto a un ser impredecible, colmado de contradicciones e incertidumbres.
La noche ejerce sobre una acción rejuvenecedora.
Mis emociones y sentimientos latentes durante el día, intensos como pocos, despiertan al primer declinar de la luz.
Un remolino comienza a soplar, entrelazándose armónicamente con mi ser racional.
Estrictamente podría decirse que solo soy hombre por las noches.
Durante el día ensayo un intento siempre frustro de semidios que apenas supera una ficción que ni siquiera intento creer.
El ocaso ya ha iniciado su delicada despedida del día.
La gente comienza a retirarse a la tranquilidad de sus hogares, donde han de tomar mate, merendar, charlar, leer o tal vez mirar la televisión.
Yo, apenas estoy llegando.




Texto atribuído a Hernán Vellmount, forma parte de las crónicas de viajes del Dr. Roberto Lambertucci. Extenso capítulo que forma parte del arte del a invisibilidad.

27 septiembre, 2010

La partida...

La partida

Querido Hernán, cuando leas me estaré marchando.
Pesa sobre mí una de las condenas más terribles que esta sociedad puede infringir y ya no soy capaz de tolerarla.
Hace tiempo cometí la estupidez de hacer dos o tres cosas muy bien y la gente, ciega de ignorancia y deseosa de esperanza, me catalogó con la vulgar etiqueta de la genialidad. Etiqueta que no deja de ser una forma de desconsideración y desprecio al esfuerzo cotidiano que uno realiza, atribuyendo a un dote innato y azaroso todo logro atribuible.
Desde ese desgraciado momento viví para satisfacer un ideal social que se alejaba remotamente de mi verdadera naturaleza, hasta convertirme en otra persona que desconocía y que ahora aborrezco.
Quizás, mi mayor error fue el haber creído en esa monstruosa imagen. Incluso llegué sentirme orgullosa de poseer un intelecto por encima de la media habitual. Intelecto que comencé a apreciar cuando me volví consciente de mi potencial, catalizado por la reiterada insistencia de las personas de las que me rodeaba. Pronto llegué a adorarlo, lo era todo para mí y el solo pensar que el tiempo o que la adversidad pudiesen deteriorarlo me llenaba de un terror que me helaba la respiración. La estupidez había amputado mi existencia a mi mero intelecto. Es entendible, entonces, el miedo al deterioro intelectual... si mi inteligencia se venía abajo también lo hacía toda mi vida.
Vivía obsesionada con la inteligencia. Continuamente me ponía a prueba e intentaba demostrarme que conservaba mi agudeza intelectual, mi desgraciada genialidad. Sin embargo, como toda obsesión, esta tampoco conocía de satisfacciones. Nada parecía ser suficiente, ni el agotamiento, ni el hambre, ni la falta de sueño eran fundamento aceptable: nunca era lo suficientemente lista.
Fue ahí que me enemisté con mi persona. Se rompió la armonía en la que vivía y dejé de apreciarme, para despreciarme.
Poco a poco, esa nefasta etiqueta y la necesidad de satisfacerla me fue alejando de mi misma, para ir convirtiéndome en un ser ficticio y monstruoso.
Fue terrible el día en el que no me reconocí frente al espejo, Hernán. Ni siquiera el dolor de los cortes me dolía. Lloré horas o días acurrucada en un oscuro rincón frente al cristal roto que alfombraba el piso de la habitación.
Ya cansada y despersonalizada, decidí renunciar a mis estudios y a la ciencia, decepcionando a muchos de los que habían apostado a mi potencial. Todo el amor y admiración que suscitaba mi supuesta y ficticia genialidad se convirtieron en punzante desprecio y odio. Destino común de todos los que deciden renunciar a satisfacer la deseabilidad social con la que lo han cargado.
Sin embargo no sería el fin del suplicio. Ensayé varias disciplinas y el fantasma de la genialidad parecía empecinado en atormentarme. Fueron el dibujo, luego la música, luego la literatura, el deporte, luego la fotografía… todo lo que hacía lo hacía más que bien, incluso mejor que muchos experimentados en cada área… y lo hacía sin siquiera haber leído o cursado sobre el tema.
Esos intentos de desprenderme de esa fastidiosa etiqueta no hacían más que fortalecerla y consolidarla.
Y aquí estoy, Hernán. Ya estoy cansada de este peso, del vivir para satisfacer un ideal ficticio que en nada se parece a ésta Laura que ahora te habla.
También me voy… ¿Te acordás cuanto me enfadé con el “me voy” de Julieta?... y gracioso destino… ahora soy yo la que se va.
Se que el corazón de Fabricio, mi niño querido, no comprenderá el que me vaya… Hemos aprendido a querernos con una intensidad maravillosa.
Lescano llorará, escribirá dos o tres poesías sobre mi partida pero después volverá a los bares de mala muerte, a las morochas y a las rubias, también de mala muerte.
Se que comprenderás, Hernán. Se que comprenderás el que me aleje de todos y de todo con el único fin de reencontrarme. No concibo otra solución. Tu mismo has querido deshacerte de esa etiqueta, sin lograrlo. Pero tú, en cambio, eres un hombre fuerte, por naturaleza y por vida… A mi ya no me quedan fuerzas, Hernán.
Los quiere enorme y eternamente. Laura.



Esta carta fue encontrada por Roberto Lambertucci en la mesa de luz de una habitación en mar del plata en la que Vellmount había pasado unas cuantas noches.

24 agosto, 2010

autitos de colección...


No pude menos que sorprenderme ante la propuesta de Vellmount:

- Tellería, agarrá la cámara, que tenemos que ir a una exposición de autos antiguos…

Lo miré de reojo esperando un remate de ironía que jamás llegó…

- ¿Me decís en serio? - Pregunté

- Toda la semana, hasta el domingo 29 de Agosto, de 16 a 21hs., lo organiza la cooperadora a total beneficio del Hospital de Niños… no tenés excusa… - dijo Vellmount con cierta emoción que me era desconocida y un brillo pueril adornando sus ojos ceñudos.

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- Cuando quieras… ¿y dónde es?– dije, todavía sorprendido, conteniendo las mil preguntas que abalanzaban y pujaban por salir desde mi boca.
- En el Dardo Rocha – dijo con voz casi solemne. Yo te invito, así te devuelvo los diez pesos de la otra vez.

Ni bien entramos, me invadió la conmoción que inevitablemente genera el Pasaje Dardo Rocha. El piso como un tablero de ajedrez, la inmensa y la pulcra altivez de las columnas elevándose… En el fondo vi la Figura de López… y ya no pude contener las lágrimas.


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Pronto comprendí la emoción de Vellmount… Se ha adelantado, allí lo veo, inmóvil como un niño, ante la maravillosa exposición, deslumbrado por el cromado de los paragolpes, perdido en la profundidad inmaculada de diversos colores brillantes.

Los autos de colección que veía el Vellmount gris y atormentado eran el salvavidas que mantenía a flote su niñez, al Vellmount sonriente y colorido… porque los autos de colección reavivan indefectiblemente a ese niño que fuimos y que somos, y que a veces olvidamos…

- Permitirse volver a ser un niño por los niños… vaya que merece la pena. – Me dije sonriendo mientras tomaba unas fotos y seguía observando a Hernán niño.


Este texto fue encontrado en uno de los cuadernos del Dr. Roberto Lambertucci, y según se hace mención pertenece a Carlos Alberto Tellería. 
24 de agosto de 2010

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En el mes de agosto desde el 21 al 29 en el Pasaje Dardo Rocha de La Plata (calle 50 entre calle 6 y 7) se llevará a cabo una muestra de autos Hot Rod y Clásicos Americanos a beneficio de la Cooperadora del Hospital de Niños.

Los horarios serán de lunes a viernes 16 a 21 hs., sábados y domingos de 14 a 22 hs.

Los niños menores de 12 años tienen entrada gratuita, los mayores un bono contribución de $10.

20 agosto, 2010

el temido desengaño...

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Adolfo, se que jamás podrás comprender que me marche en el medio de éste amor maravilloso.
Desde niña, siempre tuve la certeza de que sostenía la respiración por esa remota esperanza de amar.
Hace poco, mientras me abrazabas y tus dedos se enredaban juguetones en mi pelo enmarañado, casi en un suspiro dijiste que te había devuelto la certeza del amor.
¿Se tiene acaso una remota idea de lo que significa devolverle a una persona la creencia en el amor? Lo cierto es que creí morir de la ternura.
Hoy te amo como jamás creí y me siento amada como jamás pensé que podrían amarme.


Sin embargo debo marcharme, Adolfo. Tengo que marcharme.
Se que el cristal de tu corazón de niño ingenuo se quebrará.
Se que el dolor de nuestro recuerdo diezmará tus sueños y tus días… pero tengo que irme, Adolfo.
En ese mismo instante en que me abrazabas, en el que creí morir de amor, el temor empalideció mi piel y secó mis labios.
Podría vivir, Adolfo, o morir con la certeza de haberte roto el corazón… pero ni siquiera puedo tolerar la idea remota del desengaño, no me perdonaría jamás ser yo la que vuelva incierta o mate definitivamente tu esperanza en el amor.
Soy inconstante, Adolfo… por momentos un espiral de decadencia y desesperación arrebata mi cordura, me jala, tira de mí, me atrae irresistiblemente…
Soy inconstante, amor, estoy viviendo el mayor de los sueños, pero no puedo resistirme a ese vértigo que me invade y me atrae…
Se que tarde o temprano ese vórtice oscuro se presentará… Y luego…



… luego el desengaño y el desamor… pero esta vez el desamor definitivo.
No puedo permitirme el desengaño, Adolfo…
Te ama por siempre. Julieta.

Esta carta que se encuentra en uno de lo tomos que engloba las páginas de mayor dramatismo del arte de la invisibilidad del cronista y Dr. Roberto Lambertucci.

11 agosto, 2010

[...]

borrar y empezar de nuevo
y empezar pese a quien pese

[...]

Fragmento de Cielo del 69, de Mario

05 agosto, 2010

curar el alma...

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     A veces me resulta intolerable la noción de que la belleza no existe. Que los colores, los aromas, los sonidos, y quien dice que no las formas, sean la mera representación ficticia o real, casi un artificio, que nos hacemos de un universo gris, ajeno y mudo.
     Sin embargo otras veces encuentro en esa interpretación personalísima una invitación divina e irrenunciable al arte. Una invitación a que cada individuo, dentro de sus posibilidades, llene la ausencia de colores, sonidos y formas ese esbozo celestial.
     Irremediablemente me hace pensar, no sin que se me escape una risita ingenua, en un dios generoso. En un dios que no es mezquino, como el que se nos suele presentar. Un dios humilde y considerado que ha plagado su obra de “no culminaciones” dándole la posibilidad al hombre de completarla y perfeccionarla.
     Por ejemplo, ante esta imagen me resulta difícil, sino imposible, concebir que la belleza es solo un artificio, casi un disimulo o un juego mental. Siempre se acusa a los sentidos y se cuestiona su capacidad, o incapacidad, de hacer una lectura rigurosa y certeza la realidad.
     Ciertamente que no lo hacen. Y yo, que no tengo vejaciones cientistas, no solo estoy agradecido sino que lo celebro con toda la algarabía de la que soy capaz. Lo celebro y recuerdo a Wilde, en su Dorian Gray:

Nada puede curar mejor el alma que los sentidos,
y nada puede curar mejor los sentidos que el alma.

     A veces ante la Belleza, esa que se me presenta como tan cierta e indubitable, casi intuyo como Vellmount y me pregunto si la verdadera deidad creadora, cargada de milagros y maravillosa no ha de ser el hombre y que Dios es parte de esa creación sublime y dinámica.


Carlos Alberto Tellería

02 agosto, 2010

como árboles...

integridad vellmount

[...]
después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser
si no por una vida al menos por un rato
o por un parpadeo

en cambio hay hombres que fui
y ya no soy ni puedo ser
y esto no siempre es un avance
a veces es una tristeza

[...]

Fragmento de Como Arboles
Mario*



*Benedetti, por supuesto.

31 julio, 2010

Manos, agua y fugacidad

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- Tellería, que triste y trágica me parecería esta foto alejada de la certeza de 5 o 6 amigos.

Carlos se ríe y dice:

- En verdad sabía que te iba a gustar, Hernán, en parte la hice pensando en vos. Me recordó aquella foto en la estación de servicio de Realico, cuando veníamos de Mendoza en 2007.
Los ojos de Vellmount parecen iluminarse, y en su rostro enigmático y sombrío se vislumbra un atisbo de sonrisa:

- Qué calorcito pasamos… la Chevrolet de Lambertucci… espléndidas vacaciones.

- Si mal no recuerdo, hablaste de fugacidad cuando viste la foto en blanco y negro.
- Así es Carlos, me resulta una evocación inevitable ante un río o ante cualquier masa de agua en movimiento. – Dijo Vellmount y agregó:
Esta foto, con la mano de un niño jugando con agua, tiene mucho de fugaz.
El agua escurriéndose vertiginosamente, filtrándose con una seguridad aterradora entre los apenas resquicios que separan la íntima proximidad de los dedos.
Una mano que se extiende en vano, en su intento de conservar un poquito de agua sin lograrlo, intento que tiene algo de ingenuo y mucho de desesperado.
Una mano que apenas se empapa, pero que cuya humedad más temprano que tarde será apenas otra fresca caricia perdida en la inmensa llanura del olvido.
¿Cómo hacer frente a la certeza ineludible del paso del tiempo? ¿Cómo, siquiera, mirar de refilón a la aniquiladora idea de la muerte? ¿Cómo tolerar la fugacidad de la vida y de los hombres?
Me son inevitables estas reflexiones. Muchas veces me sumerjo en solemnidad más acallada y parca. Y la felicidad se presenta remotísima, como apenas un esbozo de algo que jamás será.
Sin embargo todos estos tormentos filosóficos, tan ciertos y tan humanos, parecen perder su connotación drástica y terrible, se hacen tolerables cuando me siento con mis amigos a tomar unos mates. Inevitablemente tarde o temprano caeremos en las mismas disquisiciones, la muerte, la felicidad, la verdad, dios, el paso del tiempo, la tristeza… pero estas reflexiones pierden su carácter amenazador.
Es lógico: se tiene menos miedo cuando se está acompañado… y solo se está verdaderamente acompañado cuando se está entre amigos.
Sonrió ante el silencio de un Tellería conmovido y agregó:
- Tellería, que triste y trágica me parecería esta foto alejada de la certeza de 5 o 6 amigos.



Este diólogo fue sacado del Arte de la invisibilidad, crónicas atribuidas al Dr. Roberto Lambertucci... 

28 julio, 2010

Fotos de paisajes...

Fotos de paisajes_blog

Una foto de un paisaje invita a imaginar una historia o a revivirla, es una invitación que hace el fotógrafo/artista al observador para que complete la escena con un contenido emocional o afectivo que le es propio. Si uno por pereza o por comodidad se queda con la simple imagen, sin ejercer el acto creativo al que está invitado (que dicho sea de paso no solo corresponde al fotógrafo) es lógico que cualquier foto de un paisaje sea aburrida, estática y carente de vida.

Ahora, por ejemplo veo esta foto de uno de los accesos a Trenque Lauquen y no puedo evitar llenarme de nostalgia, porque me recuerda que he de partir. En este momento de mi vida ésta fotografía me llena de una nostalgia tan cierta, tan contundente como esta piedra que piso o como las espinas de aquella rosa que se clavaron en la tierna carne de mis yemas y llenaron mis manos de pequeños recuerdos carmesí.

Y no solo me connota porque pronto he de partir, siempre estamos partiendo. Sino que, no conforme con teñir de azul nostalgia el hoy (porque nostalgiamos en tonos de azul), se aventura en mi pasado. Y es así que por esta foto se convocan todas las partidas de mi vida. Se agolpan en mi memoria, en mi recuerdo y quieren volcarse, patentes y vigentes, en el hoy. Pero como son tantas y tan atolondradas se traban en la parte estrecha, en el umbral de mi alma… siento el nudo en la garganta que no calma con agua o con excusas… finalmente, ante el fracaso de la tarea de desatore… no puedo sino dejarme llorar.

Es increíble cuanto pesan las partidas con los años. Siempre se dice que uno termina por acostumbrarse, pero lejos estoy de hacerlo. En todos estos años no solo he revivido con cada partida la nostalgia y las incertidumbres de aquella primera partida, ya lejana, sino que hoy soy plenamente consciente (si es que se puede ser plenamente consciente) y esa conciencia, esa rigurosa y escrupulosa conciencia, carga kilos extra.

Y es lógico, o no se si lo sea, pero la partida me recuerda a los rostros con ojos empañados que se quedan detrás de esa lámina de vidrio helada que nos separa una terminal anónima de pueblo.

Sin embargo soy conciente de esa especie de naturaleza ambivalente que tienen los accesos, que quizás las emparentan remotamente con Jano.

Si bien es cierto que un acceso me recuerda la partida próxima y por ella a todas las partidas de mi vida, tiñendo e impregnando mi hoy y mi ayer del color y el olor de la nostalgia, también es cierto que me abren la puerta y la esperanza del regreso.

Porque estrictamente solo puede regresar quien se ha ido alguna vez. Quien nunca se fue no sabe de insomnios que llenan cientos de km. en el medio de la noche, no sabe de corazones que se aceleran al divisar un indicio familiar en el paisaje. No sabe de siluetas de árboles en la noche o de carteles perdidos, de peajes como oasis que son un preludio del destino. Quien no se fue no entiende de emociones que se encienden al vislumbrar, lejana y remota, una luz particular que nos dice con certeza que ya estamos en casa.

Y por supuesto la esperanza del regreso trae consigo el reencuentro con la gente que no se fue. Y eso, creanme emociona… y mucho.

Es inevitable que este regreso inminente, me recuerde otros regresos destacables… o sea todos y cada uno. Porque triunfante o fracasado, triste o feliz, siempre es mágico el mimo regreso.

Esta connotación circunstancial y ambigua, indudablemente me recuerda y consolida esa vieja teoría de Vellmount de los contrastes necesarios y solidarios que tantas veces expuso.

Y por medio de ella, todo Vellmount, el laberíntico y vasto Vellmount, se hace presente en mi recuerdo, ante esos ojos que miran desde adentro hacia adentro mismo.

Y junto con las palabras de Hernán llegan todos ellos: mis amigos. Ahora escucho sus risas, sus bromas, las poesías chuscas de Lescano, el rigor de cronista de Lambertucci que no pierde detalle, Fabricio confundiéndose con una silla de madera o una botella de cerveza a medio llenar, los chistes verdes y los derrapes de Gonzalito, entre tantos otros recuerdos y vivencias.

Y es así que de algo tan particular y cotidiano como partir o regresar, la misma foto, me pasea por la amistad haciendo pequeñísimas escalas en una filosofía de barrio.

Toda rama artística, en el culmen de su madurez, ofrece al observador la invitación a completar con trazos propios el esbozo del autor. Este siembra símbolos y señales dispersos en toda la obra, que son interpretados por el que observa o lee. Si éste no es distraído o un miserable, interpreta esos códigos, que primero le parecen ajenos y extraños. Sin embargo con las páginas o con la observación descubre las semejanzas con los propios símbolos, hasta que finalmente los encuentra suyos. Y es así que la obra cambia. Ya no es un capricho estricto y rígido de autor, es ahora el lector u observador quien escribe, pinta o retrata.

Es así que por esos fragmentos soltados intencionalmente, o no, el artista se convierte en puente, en medio hacia la creatividad, el recuerdo y la evocación.

Es por esto y otros tantos argumentos, no menos contundentes, que creo que la gente se confunde cuando dice que les resultan aburridas las fotos de paisajes. No han mirado con atención. O tal vez solo se detuvieron a mirar, pero no se permitieron ver y verse. Cada foto, incluyendo las de paisajes son una invitación a recordar y a evocar… a recordarse y evocarse… y eso jamás puede ser aburrido.


Este texto, que nunca fue libro, es de Carlos Alberto Tellería.

24 julio, 2010

El día que falló el método Tellería

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Carlos Alberto Tellería tenía la capacidad de captar de un solo golpe de vista la naturaleza espiritual de las personas. Este fotógrafo autodidacta había elevado casi a una disciplina científica aquello de la primera impresión.  
Se había entreverado varias veces con Vellmount en enriquecedoras, aunque laberínticas charlas sobre el asunto, muchas de las cuales terminaban en agudas discusiones. Muchas de ellas se plasmaron en un texto que no viene al caso. 
Lo cierto es que Tellería era capaz delinear, con cierta precisión, el alma de las personas por medio de una suma de rasgos, gestos, miradas y palabras.  
El artista llevaba esta virtud, o discapcidad según Vellmount,  más allá y en base a ese esbozo espiritual de la persona podía representarse una imagen mental que luego convertía en fotografía con resultados casi siempre maravillosos.
Vellmount solía decir que el proceso mental que desarrollaba Tellería era similar, casi un derivado, al que ejecuta espontáneamente un buen caricaturista:

-Un caricaturista tiene la virtud de extraer fácilmente de entre todo un conglomerado complejísimo de rasgos, aquellos que son particularísimos de la persona, esos pocos que verdaderamente lo definen como un ser único y diferente, los toma, los procesa y los exagera hasta el absurdo. El caso de Tellería es la versión espiritual de un caricaturista. Los primeros se centran en el cuerpo y allí se quedan. Carlos por medio del cuerpo intuye el alma. Tiene la horrorosa discapacidad de ver los rasgos espirituales que definen a la persona, los toma, los procesa y los exagera plasmándolos en una imagen colmada de detalles de ropa, gestos, poses, paisaje, luz, sombra que resaltan la particularidad del sujeto en cuestión.
Es así que Tellería antes de una sesión observaba a la persona en su cotidianidad, extraía esos rasgos con facilidad y sin que lo sepa comenzaba el proceso creativo. 
Inmediatamente definía ropa, gestos, poses y miradas y establecía las características fundamentales del escenario o paisaje potencial. Empezaba después la búsqueda de un lugar que más o menos encaje con lo imaginado. Para eso recorría la ciudad hasta dar con un lugar que se acomodaba. Primero sondaba los lugares que había imaginado como posibles, sin embargo no siempre encontraba lo que buscaba. Es así que seguía recorriendo la ciudad hasta dar con un paisaje que se acomode a la imagen mental.  
Finalizada la búsqueda, acordaba el día y la hora de la sesión.  
Casi siempre los resultados fueron más que satisfactorios.
En cierta ocasión le pidieron que retratara a unos niños. Lo cierto es que no pudo formarse esa imagen preliminar.  
Se esforzó enormemente en construir la fotografía adecuada para los niños, pero no pudo. Apenas lograba recrear escena de gente grande, con ropa, gestos y paisajes acordes. Intentó inútilmente injertar a los niños en estás imágenes,  obteniendo una especie de quimera entre grotesca y antiestética. 
Llegó la hora de las fotos.  
Fue la primera vez que llegó a la cita con la cabeza en blanco y hay que reconocerlo: estaba algo nervioso. 
Intentó ubicar a los niños e imponerles gestos usados en sesiones anteriores, con adultos. Los resultaron fueron a lo sumo regulares, y siempre resultaba intolerable ver a niños en actitudes de gente grande.
Fue así que luego de reflexionar un poco entrevió la respuesta y les dijo:
  
- Hagan como si no estuviese acá, olvídense de la cámara y hagan lo que estarían haciendo si estuviesen solos.
Los resultados empezaron a verse de inmediato. Los niños empezaron a jugar y adoptar posiciones propias de un niño. Las fotos empezaron a fluir y los resultados, esta vez novedosos incluso para el artista, fueron más que satisfactorios.
Vellmount explicaba este fenómeno:
- Tellería comprendió ese día que el método al que estaba acostumbrado solo podía aplicarse a los adultos que están, en cierta forma, definidos culturalmente y a lo sumo, uno encuentra unas pocas variantes en las que es posible encasillar a cada individuo. Uno puede plantearle una situación a representar, de nostalgia o de espera, y el individuo culturizado puede adoptar esa actitud pues le es familiar. De ahí a la hipocresía solo hay un paso. Quien conoce una actitud en detalle puede, en cierta forma, fingirla… y vaya que los adultos fingimos. 
Sin embargo, en los niños las cosas cambian. No hay una impronta cultural, o por lo menos todavía no es tan notoria, por lo cual no resulta tan sencillo encasillarlos. Son seres naturalmente desconsiderados, ególatras, interesados y egocéntricos que literalmente se cagan en lo que pasa a su alrededor…** para ellos el mundo entero pasa por ellos mismos sin que les importe en lo más mínimo el resto de los individuos. Por eso no tienen condicionamientos y pueden hacer cuantas monerías quieran sin el menor pudor… que dicho sea de paso es un concepto fundamentalmente aprendido. No hay expectativas sobre la otra persona, no se tiene noción de deseabilidad social, por lo cual los pequeños engendros son el estado más cercano a la libertad y a la espontaneidad. Si bien es cierto que es libertad, es una libertad parcial si uno se pone estricto, menos madura y ganada que la que potencialmente puede adquirir un adulto por medio de la renuncia a toda culturización opresiva y perniciosa, y por medio del crecimiento intelectual y espiritual. Sin embargo hay una gran diferencia: todos somos niños y libres, en cambio solo unos pocos adultos, dos o tres, logran recuperar su libertad.


** Cuando Vellmount habla de los niños refieriéndose a ellos como egolatras, egoístas, egocéntricos, etc. no lo hace con malas intenciones, nadie que ame más la niñez y a esos locos bajitos como Hernán. Simplemente intenta resaltar, con algo de humor, ironía y envidia, el desinterés majestuoso por otra cosa que no sea su existencia plena, existencia para ellos y por ellos... y para nadie más.


De las crónicas del dr. Roberto Lambertucci, conocidas y agrupadas bajo el nombre “el arte de la invisibilidad.